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sábado, 13 de abril de 2019

Elogio de la cordura



MI MUJER me despertó porque había escuchado ruidos en el desván. Sin dirigirle la mirada, le dije que seguramente eran producto de su imaginación, pero una retahíla de clacs, clacs, clacs se confabularon para desmentirme. No tuve más remedio que calzarme las pantuflas y seguir su concejo de hacerme con el palo de hockey del placar.
A poco de salir del dormitorio, caí en la cuenta de que nuestra casa carece de desván. Lo que, concatenadamente, me llevó a cuestionarme el uso de la palabra «nuestra», porque, aparte de vivir solo —y no practicar deporte alguno—, yo jamás tuve esposa. No obstante, al regresar a mi habitación, me preguntó por el origen de los ruidos. Tras observarla por vez primera, atiné a endilgárselos a una ventana mal cerrada, además de rezar en silencio para que ella fuese igual de consistente que aquel palo de hockey que aún persistía entre mis manos.
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El presente texto forma parte del libro «Brevedades. Antología argentina de cuentos re-breves» (Gardella, 2013, página 19).
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jueves, 27 de diciembre de 2018

El delicado asunto del tubo de dentífrico



UN DÍA mamá dijo que nuestra casa era un caos y que para revertir tal situación necesitábamos reglas claras. Que no hacer ruido al tomar la sopa, que no dejar entrar al perro a los dormitorios, que a las diez a la cama. Las reglas eran para todos y todos las obedecíamos a cara caída. Pero un día papá simplemente no pudo más. Agarró el tubo de dentífrico, lo apretó por la parte de arriba y nos alentó a que hiciéramos lo mismo. ¡Todo en presencia de mamá! Ella puso el grito en el cielo y, tras achacarle que era un mal ejemplo, le arrebató el tubo y el cepillo de las manos y vociferó:
—¡Acá nadie se lava los dientes si no acata las reglas!
Papá, imitándola en voz y movimientos, también vociferó:
—¡Las reglas, las reglas, todos deben obedecer las reglas o sucumbir!
Yo no sabía qué significaba sucumbir, supongo que Matías tampoco, pero a ambos nos causó tanta gracia que nos echamos a reír. Mamá se puso roja como un volcán en erupción y antes de que las palabras que mascullaba hallasen forma definitiva, papá nos dio un beso y se marchó a trabajar. Lo primero que mamá hizo entonces fue reacomodar el contenido del tubo apretándolo por debajo y observar que nos laváramos los dientes según las reglas. Lo segundo, fue una llamada telefónica.
Cuando a las siete y media papá volvió, no pudo entrar.
—¡Lo siento, cariño —le dijo mamá desde el primer piso y sacando la mitad del cuerpo fuera, al tiempo que meneaba una reluciente llave entre sus dedos—, pero la nueva regla es que quien desobedece las reglas se queda de patitas en la calle!
No sé qué me pasó entonces por la cabeza, pero cuando estaba a punto de lanzarme sobre mamá para darle un empujón, Matías apretó el tubo de dentífrico por arriba vaciando parte de su contenido sobre el parquet.
De la impresión, mamá se cayó por la ventana.
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domingo, 10 de junio de 2018

El chal



—TÍA —le digo, sentándome a su lado y tomando entre las mías sus gélidas manos—, usted ya ha cumplido su ciclo vital. Porque no se porta bien y deja que la metan en el ataúd y la pongan linda para el velorio. ¡Hasta los primos de Chivilcoy prometieron que iban a venir a despedirla!
—Vos no entendés, por primera vez en mi vida soy parte de algo más grande que yo…
—Claro, el otro lado debe ser enorme.
—¡Y pensar que siempre fuiste mi sobrino preferido!
—Por eso mismo estoy aquí —el empleado de la funeraria me mira y me señala repetidamente el reloj—, y porque no quiero que pase vergüenza; imagínese qué va a decir la gente si falta a su propio funeral.
—Ya nada…
—¡Los fiambres de las salas 3 y 5 —vocifera otro empleado asomándose a la habitación— tampoco quieren entrar a sus ataúdes!
—… volverá a ser lo que fue.
Seguidamente, mi tía se levanta de la silla, me da un beso y se reúne en el pasillo con los otros difuntos. Intercambian unas palabras y alcanzo a escuchar que van a marchar hacia la plaza. Yo me quedo junto al ataúd, sin saber qué hacer, hasta que descubro su chal sobre el respaldo de la silla. Entonces lo agarro y salgo a la calle. Viva o muerta, no puedo permitir que mi tía se resfríe.
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jueves, 10 de mayo de 2018

Pociones



A VECES papá volvía a casa y a veces no. Mamá decía que necesitaba ayuda para ponerlo otra vez en vereda. No podía imaginarme a papá caminando por la calzada: él era un hombre prudente, que respetaba el tránsito. La cuestión es que mamá me hizo poner la ropa de salir y me dijo que íbamos a lo de una bruja. Yo no quería ir, pero, como papá me había dicho que debía cuidar de mamá cuando él no estuviese, la acompañé sin chistar. La verdad es que tenía miedo. Las brujas te pueden convertir en sapo y yo no conozco a ninguna princesa. Pero resultó ser una señora que, además de amable, era tan bonita como mamá. Hasta me dio un gnomo de plástico para que jugase mientras ellas conversaban. Mamá le dijo que estaba segura de que había otra, que le preparase uno de sus brebajes, que ya no podía seguir así. La bruja se retiró hasta una mesa llena de botellitas y comenzó a verter nerviosamente el contenido de algunas en una copa. Mamá seguía absorta sus movimientos. Entonces papá se asomó por la puerta que daba al resto de la casa y se puso blanco como un conejo. Yo iba a saludarlo, pero se llevó un dedo a la boca, y volvió a cerrar la puerta. Cuando la bruja terminó de llenar un frasquito con la poción, dijo:
—Ponéselo en el café o en el mate, cuando haya luna nueva.
Mamá asintió, le pagó, y luego me llamó a su lado. Yo le devolví el gnomo a la bruja, pero ella dijo que podía quedármelo, y me dio un beso relindo, como los que hacía tanto que mamá no me daba.
Entonces supe qué tipo de poción había ido a buscar papá.
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martes, 6 de febrero de 2018

No son horas



A LAS TRES de la mañana, Juan se despierta con ganas de comer un huevo frito. Así que va hasta la cocina, pone el sartén a calentar y saca un huevo de la heladera. Luego llena una jarra con agua para comprobar que éste no flote. Afortunadamente, el huevo se queda dormido en el fondo y Juan procede a cascarlo. Pero sobre el sartén no cae un huevo, sino un pequeño libro. Juan retira el sartén del fuego, y, tras redimir al libro del aceite, husmea sus páginas. Contiene un único texto, breve, de esos que algunos llaman microrrelato. El mismo comienza con la frase: «A las tres de la mañana, Juan se despierta con ganas de comer un huevo frito». Entonces Juan cierra el libro y vuelve a la cama. Aquellas no son horas para comer huevos fritos, y menos aún para demorarse en relecturas.
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El presente texto resultó ganador del pasado mes de noviembre del II Concurso de microrrelatos «La Radio En Colectivo/Valencia Escribe».
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lunes, 27 de noviembre de 2017

Versus



MAMÁ dice que tengo pájaros en la cabeza, pero no es cierto. Tengo patitos; patitos de goma que juegan conmigo en la bañera, en los charcos o en el lavamanos. Creía que nadie más que yo podía verlos, hasta que, el otro día, Esteban metió la mano en mi cabeza y me sacó a uno de ellos. Dejé que jugara con él y, cuando le pedí que me lo devolviera, se negó. Entonces le dije a mamá que me daba miedo que a Esteban se le echara a volar mi patito. Ella cerró la notebook, y le ordenó, a la vez que le guiñaba un ojo:
—¡Regresale a tu hermana el patito!
Y al contrario de lo que yo esperaba, él ni siquiera protestó. Pero de repente, mamá, bajo la influencia de su condición de escritora realista, me dijo:
—Cariño, ¿entendés que lo de pajaritos en la cabeza…
—¡Patitos, yo tengo patitos!
—… bueno, patitos, es sólo una metáfora?... Amén de que si fueran de goma, ¡no podrían estar vivos!
—Sí, mamá —le respondí, apretando las manos, mientras Esteban se jactaba del huevo que había puesto mi patito.
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martes, 14 de noviembre de 2017

Capitalismo salvaje



EN NUESTRA CIUDAD llueve durante todo el año, por eso no es de extrañar que una de las profesiones más prósperas fuera la de paragüero. Y digo fuera, porque desde que doña Gertrudis entrara al negocio, todos nos hemos visto forzados a bajar las persianas. Es que no hay manera de competir contra sus paraguas con arcoíris incluido.
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jueves, 26 de octubre de 2017

Patitos



EL PATITO era de goma, estaba sucio y tenía los ojos despintados. Sin saber por qué lo recogió del montón de basura y se lo llevó a su casa. Y lo lavó y le pintó los ojos. Al otro día, al sonar el despertador, sintió como unas manos lo agarraban del cuello, lo conducían fuera de la casa y lo dejaban quién sabe dónde. Se sentía sucio y no podía ver. Entonces quiso pedir ayuda, pero lo único que consiguió articular fue un triste y solitario «¡Cuac!».
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miércoles, 11 de octubre de 2017

Nocturno



CUANDO se largó a llover, buscó algún reparo; pero las casas, pegadas hombro con hombro, carecían de cualquier gesto amable. Entonces descubrió que había un paraguas en medio de la calle. De tres zancadas llegó hasta él, lo abrió y volvió sobre sus pasos. Era un buen paraguas, como los de antes, con asta y mango de madera. Agradeció su suerte y caminó sin apuro. Poco le importaba que ahora lloviera a cántaros: bajo aquel paraguas la lluvia le parecía una cosa lejana, que sucedía en otra parte. Al cabo de unas cuadras notó que un hombre caminaba a la par de él, pero en la vereda de enfrente, y que no llevaba paraguas. Apretó el paso, y el otro hizo lo mismo. Aminoró la marcha, y el otro volvió a imitarlo. Bufando, se detuvo y se acercó al cordón de la vereda. El otro también se acercó. Y de repente se sintió intimidado por aquella mirada aviesa y sin fondo. Aun así, se cargó de valor.
—¿Qué quiere? —le dijo.
—No se trata de lo que yo quiera, sino de lo que usted me va a tener que pedir —le respondió el otro, y desapareció al amparo de un relámpago.
Poco después, al llegar a su casa, el hombre intentó, primero, cerrar el paraguas, y luego, como no lo conseguía, dejarlo en la calle. Mas ahora el mango era una mano que oprimía con creciente fuerza a la suya. Azorado, apartó la vista, y volvió a ver al otro, en la vereda de enfrente, jugando con un bisturí entre los dedos de su única mano.
Entonces, dejó de llover.
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viernes, 29 de septiembre de 2017

Revelación



EN EL ANDÉN tomé asiento al lado de un hombre con una maleta. Hacía calor y el tren venía con demora. De repente, el hombre dejó la maleta sobre el banco y me pidió que se la guardase durante un instante. Asentí. Cinco minutos después, llegó el tren. Me puse de pie, caminé hasta la escalerilla del convoy y volví sobre mis pasos, varias veces. Por último, abordé el tren maleta en mano. Abandonarla hubiera sido una descortesía de mi parte; pero ahora me hallaba ante el problema de qué hacer para regresársela.  Entonces oí un «¡Cuac, cuac!» que provenía de su interior. Y luego otro y otro. Disimuladamente miré a los demás pasajeros, pero nadie parecía haberse percatado del asunto, pese a que los «¡Cuac, cuac!» iban in crescendo. Acto seguido, abrí la maleta y la voz cesó. Dentro había una muda de ropa, un cepillo de dientes y un patito de goma. Tomé al patito y lo apreté, pero no emitió ningún sonido. Acalorado, me aflojé la corbata y abrí la ventanilla. El patito me miró, dijo «¡Cuac, Cuac!», y salió volando. Tras cerrar la maleta, me hundí en mi asiento. Poco después el hombre de la maleta se sentó a mi lado.
—¡Gracias por guardármela! —dijo.
Iba a comentarle sobre mi indiscreción, cuando sacó el patito de goma de un bolsillo y lo volvió a la maleta. Al observar mi cara, dijo:
—No se preocupe, si no la hubiese abierto, nunca lo hubiera podido encontrar.
Coincidimos; y pensé en preguntarle cómo había abordado el tren, pero un último «¡Cuac, cuac!», para mi sorpresa, me reveló el misterio.
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jueves, 24 de agosto de 2017

Volubles



COMO todos los domingos, vas al supermercado. Sacás la lista y comenzás a llenar el carrito: yerba, azúcar, café, almendras, espaguetis… De pronto mirás el carrito y descubrís un patito de goma entre la mercadería. Te rascás la cabeza y lo dejás junto a las latas de tomates. Proseguís: papel higiénico, jabón tocador, champú…, y volvés a descubrir al patito dentro del carrito. Lo agarrás y lo observás detenidamente, parece un muñeco de lo más común, pero se te eriza la piel al notar cierto brillo en sus ojos. Sin dilaciones, lo abandonás junto a las cremas de enjuague. Y comenzás a tararear una canción. Ya en la zona de productos cárnicos, metés en el carrito una colita de cuadril y medio kilo de bola de lomo, y te sorprendés suspirando al comprobar que no hay aves…; pero cuando te vas a regalar una tira de asado para celebrarlo, otra vez el patito se encarama entre la mercadería del carrito. Te pasás una mano por la boca y dejás al patito encerrado entre las carnes congeladas. «¡Ojalá que nadie me haya visto!», murmurás, y aunque aún te faltan bastantes productos que tachar de la lista, enfilás hacia la caja registradora. Pensás que lo mejor es aprovechar la ventaja táctica, y un instante después te reprochás por pensar de manera tan ridícula. Dudás entre volver o continuar con la huida, cuando la cajera te espeta:
—¡Lo siento, pero no puede llevarse el patito!... No tiene código de barras.
Entonces se te sube la sangre a la cabeza: como consumidor, no soportás que te nieguen tus derechos.
—¿Qué? —gritás—. ¿Usted me está tomando el pelo? ¿Cómo se atreve? —y le largás una perorata interminable.
Enseguida acude el gerente, quien, para congraciarse con el resto de la clientela, te obsequia el patito. Sonreís. Pero al llegar al auto, el patito se baja del carrito y retorna al supermercado.
—¡Disculpe! —se voltea a decirte—, pero a mí también me cabe cambiar de opinión.
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Foto © Autor desconocido
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martes, 27 de junio de 2017

La chica del paraguas



A LA HORA de la siesta, la ciudad era un horno. Y yo me estaba cocinando en la esquina de Lavalle y Belgrano, cuando vi que una chica venía caminando hacia mí con un paraguas abierto. Con este sol eso no tendría nada de extraño, si no fuera por el hecho de que llovía dentro del paraguas. Era una lluvia tenue, de esas que mojan al cabo de un rato.
—¿No sabés si ya pasó el 223? —me preguntó.
—Debe pasar en cualquier momento —demoré en responder.
La chica giró una perilla en el mango del paraguas y la lluvia se incrementó de manera considerable. Se la veía tan a gusto que dolía.
—¡Qué sol para esta esquina sin sombra! —dije chambonamente al tiempo que me secaba el sudor de la cara.
—Si no te importa mojarte… —me susurró la chica, haciéndome un lugar bajo el paraguas.
Y de repente oí mi nombre como un eco lejano, y sentí que me zamarreaban y que me palmeaban las mejillas. Era la impuntual de mi novia.
—¡Estás empapado!, ¿qué te pasó? —dijo.
—No le pregunté cómo se llamaba —atiné a contestar.
—¿Cómo se llamaba quién?
—¡La chica del paraguas! —exclamé, mientras la observaba ascender, completamente seca, al 223.

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lunes, 12 de junio de 2017

La ordenanza



UNA MULTITUD se había reunido al pie de un par de edificios. No soy hombre de seguir los hábitos de las multitudes, pero me detuve y levanté la cabeza a imitación de mis congéneres. Un tipo, paraguas en mano, recorría sobre un alambre la distancia entre ambos edificios.
—¡Pobrecito! —exclamó una mujer a mi lado—. Ya llegó la policía.
—Sí, me temo que va a ir preso —dije.
—¿Ir preso?... ¡No! ¡Le van a cortar la cuerda!
—¿De qué está hablando usted?
—La ordenanza 9083, en su artículo 56, inciso C, dicta que: «Nadie usará los edificios para caminar sobre un alambre, so pena de cortársele, en pleno uso del mismo, el susodicho alambre».
—¡Eso es una locura!
—Así son nuestros concejales, caballero; siempre tan atentos a las necesidades de la comunidad. —Y levantando los brazos, agregó:— ¡Mire! ¡Qué rapidez cuando quieren!
Puse una mano en visera y observé que, efectivamente, uno de los policías se disponía a cortar el cable.
—¡Hay que hacer algo! —grité.
—¿Pero qué? —dijo la mujer mientras se persignaba.
Entonces la cuerda ganó el vacío y fue a parar, como un latigazo, sobre la cara del otro edificio; pero el hombre permaneció allí, flotando en el aire, riéndose de la autoridad, hasta que, tras hacernos una gentil reverencia, cerró el paraguas y se dejó caer lentamente hacia el cielo.
La multitud vitoreó al funambulista, yo invité a mi interlocutora a tomar un café, y, claro está, los concejales derogaron, aquel mismo día, la ordenanza 9083.

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jueves, 24 de noviembre de 2016

En una isla cualquiera



CAE la tarde, y Verónica encuentra otra botella en la playa. Dentro, como siempre, hay una carta. Mientras la extrae, anhela que esta vez vaya dirigida a alguna de las demás mujeres pero, al instante, reconoce la letra. Es de su esposo. Le cuenta que se siente solo, y que Carlitos la extraña y pide por ella. Verónica estruja el papel de igual manera que aquellas palabras estrujan algo en su pecho. Mira el horizonte como si fuera ciega, y luego escribe, en la misma hoja, que todavía no es tiempo, que tiene que ayudar a sus compañeras de infortunio, que algún día, pronto, marchará con ellos. Seguidamente, arroja la botella, cargada de mentiras, otra vez al mar. Y se acaricia las seis lunas de su vientre, sin saber si debe dar las gracias o maldecir por aquella noche de amor antes del naufragio.
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El presente texto llegó a las deliberaciones finales del pasado mes de octubre del «Microconcurso: La Microbiblioteca Esteve Paluzie».
Foto © Autor desconocido
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viernes, 14 de octubre de 2016

Las maletas



—LLEVO una mujer dentro de la maleta —dijo el hombre al tomar asiento a mi lado en la estación ferroviaria.
—Y yo llevo en la mía un elefante —le respondí.
—No, en serio —insistió—, llevo una mujer, pero confieso que me hizo gracia lo del elefante.
—La mentira no figura entre mis pasatiempos —le previne secamente.
—¡Disculpe! Sólo que un elefante… por la cuestión del tamaño… usted me entiende, ¿no?
—Mi maleta adapta cualquier cosa a su tamaño —argüí.
El tipo se quedó pensativo.
—¿Y por qué lleva una mujer en su maleta? —quise saber.
—¡Para ahorrar!, pero no se preocupe, esta chica es contorsionista.
—¿Esta chica? Creí que se trataba de su mujer.
—¡Qué va! Sólo somos compañeros del circo —dijo, y atusándose el bigote, agregó—: Si su maleta es como dice, quizá pudiera hacernos un lugar.
—Mire —sonreí—, mejor le pago el boleto.
Los ojos de mi interlocutor brillaron con malicia.
—¡Sabía que bromeaba! —gruñó.
—¡Tanto como usted! —repliqué.
El hombre demudó su cara, se puso de pie y abrió la maleta. Para mi sorpresa, una bella joven salió de la misma. Sin vacilar, le di al tipo el dinero para los pasajes y me quedé conversando con la contorsionista. Había química. Entonces abrí mi maleta, saqué al elefante y la invité a entrar. Cuando el hombre regresó, el elefante le dijo:
—Llevo una pareja de tortolitos dentro de la maleta.
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martes, 5 de julio de 2016

Como ayer



HACE TRES MESES que su padre murió, y recién ahora ha conseguido reunir fuerzas para volver a la que por casi treinta años también fuera su casa. Tras abrir de par en par las ventanas del living y del comedor, se queda de pie en el umbral de la cocina. Sobre la mesa parece aguardarlo la vetusta radio de su padre. Al arrimarse a ella, le crece el recuerdo de su viejo tomando mate y canturreando los tangos que todas las mañanas escuchaba religiosamente por Radio Splendid; mientras él, apenas un purrete, lo acompañaba tomando la leche. Entonces enciende la radio. Y los acordes de «La cumparsita», el tango preferido de su padre, colman, como ayer, cada rincón de la cocina. Poco importa que el cable de la radio esté desconectado.
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Como ayer, leído por Juan Morán, durante la emisión del programa Wonderland (a partir del minuto 33) del pasado 20 de febrero.


Como ayer, leído por Ana Vidal, durante la emisión del programa número 20 de Soles en el ocaso (a partir del minuto 51) del pasado 16 de marzo.

Gracias a ambos por sus lecturas.
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viernes, 20 de mayo de 2016

Ésa es la cuestión



MI MUJER habla, habla y habla. De su mamá, de la nueva novela mexicana, del novio casi adolescente de la vecina. Cosas que ni me van ni me vienen. A veces me gustaría que la tecla «Mute» del control remoto del televisor sirviese también para ella. De hecho, la he probado en varias ocasiones; pero los milagros no existen. Al menos eso es lo que creía hasta esta noche. Como el viejo control se había roto, compré uno nuevo. El vendedor me aseguró que era universal. ¡Y tenía razón!
A escasos segundos de que comenzara el «superclásico», mi mujer no se dignaba a darme una tregua; entonces le apunté disimuladamente con el flamante control remoto…
¡Qué delicia mirar el partido sin oír su cantinela! Sin embargo, ella, como yo no le respondía ni siquiera con mis habituales monosílabos, se paró delante de la pantalla. Comprendí que me estaba gritando al observar su cara colorada y su enorme boca abierta. Cuando le pedí amablemente que se corriese, se abalanzó sobre el control como una fiera.
Forcejeamos durante unos minutos, hasta que sin querer apreté el botón de apagado y ella se cayó redonda al piso. ¡Por una vez pude ver el partido como Dios manda! Ahora, de cuclillas a su lado, me siento todo un Hamlet: «Encender o no encender a mi mujer, ésa es la cuestión».
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domingo, 21 de junio de 2015

El precio



LA NAVE abandonó el cañón en el patio de nuestra casa. Parecía antiguo y medía unos dos metros de longitud. Mamá, papá y el abuelo se pusieron a discutir sobre si era francés o alemán, si lo habrían usado en Waterloo, o si valdría lo suficiente como para liquidar la hipoteca. A mi tía, en cambio, se le había dado por colocarle margaritas en la boca. Yo no podía entender cómo no se enfocaban en lo que era realmente importante: ¡la nave alienígena! Harto de tanta discusión bizantina me retiré a ver la tele. Recién a la noche volví al patio. Mi tía permanecía junto al cañón pero ataviada con un traje ceñido y un casco. Se alegró de verme y me pidió que la ayudara. Me dijo que siempre había soñado con ser una mujer bala y que había llegado el momento de concretar su sueño. Razoné que aquello suponía demasiados riesgos, pero me entusiasmaba la idea. Al punto que, casi a la medianoche, disparé el cañón. Mi tía cortaba dichosamente el perfil de la luna cuando la nave alienígena la abdujo. No obstante, lo más extraordinario es que nadie en mi familia, excepto yo, la recuerda.
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El presente texto ha recibido una mención en la segunda propuesta anual del IV Certamen de relato corto para mesilla de noche que organiza el sitio Esta noche te cuento.
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sábado, 30 de mayo de 2015

La pianista



I
A Juana le gusta tocar el piano todos los días, salvo los domingos. Los domingos ella se ausenta sin dar explicaciones y la casa se queda muda como un salón de clases en verano. Entonces cierro los ojos y sueño con que Juana toca el piano;  pero no es lo mismo: hay que oír cómo desafina. Ella dice que no es su culpa, que en los sueños los pianos se vuelven increíblemente distraídos.
II
El piano de Juana es un piano de cola, de los que se usan en las grandes orquestas o como aquellos que aparecen en las películas en blanco y negro. Juana dice que quería ser pianista desde que estaba en la panza de mamá; y también dice que algún día vamos a tocar a cuatro manos, pero que para eso falta mucho.
III
Esta mañana le conté a mamá sobre Juana.  Y mamá me dijo que quién me había hablado sobre ella; que Juana nos había abandonado el mismo día que yo nací, un domingo; y que, recalcó, nosotros nunca tuvimos un piano. Entonces Juana me guiñó un ojo e hizo danzar tempestuosamente sus delgadas manos sobre las teclas. Y por un instante, sólo por un mínimo instante, mamá se olvidó de sus labores y levantó la cabeza.
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El presente texto llegó a las deliberaciones finales del pasado mes de abril del «IV Microconcurso La Microbiblioteca».
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domingo, 28 de diciembre de 2014

Sesenta y siete



BEATRIZ se despierta muerta de frío y le pide a Víctor que se levante y ponga otra frazada. Éste se finge dormido, pero la mujer lo zamarrea y le dice que no se haga el sota, que mañana cumple años y que está deprimida. El hombre bufa, va hasta el placar y vuelve con la primera frazada que encuentra. Cuando se dispone a extenderla sobre la cama, Beatriz, cejijunta, alega:
―Ésa no, querido; que la fragata me hace soñar con naufragios. Mejor la que tiene cuadritos.
El marido esta vez no bufa, inspira; y marcha nuevamente hasta el placar. Retira una, dos, tres frazadas, hasta que da con la de a cuadritos. Mientras la tiende sobre la cama, Beatriz dice:
―Sabés que recién caigo en la cuenta de que al ser los cuadritos blancos y negros la frazada parece un tablero de ajedrez.
―¿Y? ―se atreve a preguntar el hombre.
―Que ahora que lo sé, seguramente voy a soñar con que juego al ajedrez, y para jugar al ajedrez hay que pensar y yo no quiero pensar mientras sueño. Mejor buscá una que no tenga motivos.
Víctor regresa con tres frazadas monocromas y dice:
―Éstas las usamos siempre y nunca te han hecho soñar…
Beatriz mira y remira, tamborilea con los dedos sobre su boca; al fin exclama:
―¡Querido, la verdad es que ya no tengo frío!
El hombre guarda las frazadas, se acuesta, y, antes de apagar la luz, sonríe. Mañana le va a pedir al repostero que, por primera vez, le ponga a la torta tantas velitas como años cumple su mujer.
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