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jueves, 21 de marzo de 2019

En el pasillo



LA MANO DE ALEX abandonó la tibieza de las frazadas para apagar el despertador. «Un día de estos, se decía, voy a apagar el reloj, me voy a hundir nuevamente entre las frazadas y voy a seguir durmiendo; pero, agregó en un suspiro, no hoy.» Alex ganaba una miseria en su trabajo y no podía darse el lujo de perder el premio por presentismo. Sin esa plata, tendría que elegir entre dejar de pagar la luz o el gas, o quedarse cuatro o cinco días sin comer. Así que Alex se levantó como todas las madrugadas y combatió los restos del sueño, que aún después de lavarse la cara le persistía, con un café bien cargado. Eran las cuatro y ya estaba listo para patear las cinco cuadras hasta la parada del colectivo. Constató que el gas estuviera cerrado y abrió la puerta que daba al largo pasillo común que llevaba a la calle. Entonces lo vio. Había un león acostado en el pasillo. Cerró la puerta con un golpe y el animal levantó la cabeza. Alex se preguntaba si aquello sería un sueño, si inconscientemente había cedido a su deseo de faltar al trabajo. «¡Imposible!», exclamó. Necesitaba la plata y la única manera que tienen los pobres de conseguirla es partiéndose el lomo. Morosamente, Alex volvió a abrir la puerta. Sólo una luz del grosor de un libro flaco. El león estaba mirando hacia la puerta y lo vio. Ambos se vieron, se miraron a los ojos y se quedaron perplejos por un instante. Alex volvió a cerrar la puerta. «¿Se habrá escapado de algún circo?», se preguntó, al tiempo que sacaba el celular del bolsillo de la campera. No tenía señal. Miró la hora, las 4:07. Ocho minutos para patear cinco cuadras. Nada mal si saliese ahora, sorteara al león y ganara la calle. «¡La plata, la maldita plata!», resopló. Alex no quería perder el premio y quedarse sin gas o sin luz, y menos aún quedarse sin comer durante una semana. No eran opciones admisibles. ¡No! Así que volvió a abrir la puerta y observó con detenimiento. La fiera en realidad más que un león parecía una parodia de león: descarnado, roñoso, macilento. Y aunque sintió algo parecido a la pena, fue por la pala que le habían prestado hacía meses, junto a otras herramientas, para elaborar la mezcla y revocar la pieza. Esta vez abrió la puerta de par en par. Sin ambages. Llevaba el bolso de trabajo al hombro y la pala en una mano. Había pensado llevar la pala en alto pero enseguida se dio cuenta de que eso habría sido poner en guardia al animal. Entretanto, el león lo miraba de reojo. Alex comprobó que había suficiente espacio para pasar, bien pegadito a la pared, por el flanco derecho del felino. «Parece inofensivo», se dijo, como para darse valor. Y en efecto el león era inofensivo pero el hambre y los malos tratos lo empujaban. Lo habían empujado primero a escaparse del circo, luego a correr en vano tras un perro, y ahora a este pasillo donde desfallecía con la panza soldada al lomo y la boca seca como un desierto. Alex dio un paso y luego otro. Se afirmó de espaldas a la pared. Dio otro paso y de repente, junto a las patas del león, se detuvo. Un escalofrío le transitó la piel como una corriente eléctrica. Entonces se imaginó el recibo de sueldo sin el importe por presentismo. Y volvió a dar un paso y luego otro. Ya casi había sorteado el flanco del león cuando oyó lo que parecía la sombra de un rugido. Como pudo, la bestia se puso de pie; y Alex apretó el paso sin ofrecerle la espalda. El león en verdad estaba a punto de dejarse caer de nuevo al piso, sin ánimo ya de matar por primera vez, cuando Alex instintivamente levantó la pala, y algo recóndito, como el eco de la sabana, se despertó de pronto en el león. Y dio un paso y luego otro, y sacando fuerza de donde no la había, saltó sobre Alex. La pala, entonces, descendió certera y mortalmente sobre la cabeza del animal. Tan certera como la garra del león que a la par le cortó la garganta. Mientras Alex se desangraba, miró al animal, le acarició la desvaída melena, y aún alcanzó a pensar que ambos habían sido víctimas, no el uno del otro, sino de otra cosa.
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El presente relato ha sido publicado en el número 15 de «La sirena varada» (páginas 70-72), que lleva adelante la Editorial Dreamers, de México. La misma puede descargarse desde la web de dicha editorial.
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domingo, 15 de julio de 2018

Un regalo del cielo



Cuando el pájaro cayó muerto a sus pies, la idea le cruzó la mente como un relámpago. Así que lo recogió, miró la hora y apretó el paso hacia su casa. Apenas faltaban unos quince minutos para que Raquel llegara del trabajo. Sin mudarse de ropa, sacó la escalera del galpón y se subió al techo de la casa. Como al tanque de agua lo había lavado recientemente, no le ocasionó ningún problema desenroscar la tapa. Acto seguido, arrojó al pájaro dentro, a la vez que se preguntaba sobre cuál habría sido la causa de su muerte.
—¡Ojalá que una infección masiva! —dijo, y observó atentamente su lánguido descenso hasta el fondo.
Luego se cambió de ropa, puso una toalla limpia, a la que previamente humedeció, para lavar, y se sentó a mirar la televisión. Raquel llegó una hora más tarde de lo esperado. Nunca llegaba tarde los miércoles, pero se veía que los martes y los jueves ya no le alcanzaban. A veces ella se volvía insaciable. Seguramente, el otro lo habría comenzado a descubrir, no sin deleite. Pero tras veinte años de matrimonio, el deleite se vuelve rutina y la rutina un ejercicio que cansa.
—¿Ya te duchaste, Eduardo? —le preguntó Raquel desde la puerta del living.
—Hace rato, querida.
—Entonces me voy a bañar yo. Si querés, pedite una pizza. Hoy no tengo ganas de cocinar.
Eduardo asintió sonriendo y cambió de canal. Cuando Raquel hubo cerrado la puerta del baño, sigilosamente, él se acercó y pegó el oído a la misma. El rumor de la ducha no se hizo esperar.
—Tu piel, sucia por la traición, continuará sucia por el agua infecta —dijo en un susurro.
Y se quedó allí parado, pensando que mañana el otro obsequiaría sus labios a aquel cuerpo ilusoriamente limpio. Y al callarse el agua, volvió como un fantasma desencadenado al living. Y pidió no una, sino dos pizzas.
Esa noche, por primera vez en meses, pudo descansar como antaño. Recién en la oficina se planteó por cuánto tiempo iba a dejar a aquel pobre pájaro en el tanque de agua. Un día le parecía poco; un mes, demasiado. El agua podría enturbiarse debido a la descomposición y no quería generar sospechas.
—Con una semana bastará —se dijo finalmente.
Y por puro y repentino interés ornitológico se preguntó qué tipo de pájaro sería aquél que le estaba prestando tan loable servicio. Un gorrión definitivamente no era. Un jilguero, tampoco. Un corbatita, menos. Ahora que lo pensaba había algo de singular en él.
—Eduardo, ¿ya está listo el informe de costos? —la voz caudalosa de su jefe lo apartó de aquel pensamiento y lo devolvió de raíz al trabajo.
Durante toda la semana, Eduardo había acometido con fruición el ritual de pegar el oído a la puerta del baño. Y durante toda la semana había ido a ducharse a lo de un amigo de ley, de aquéllos que tienden la mano sin hacer preguntas.
Al cabo, cerró la llave de paso, abrió todas las canillas del baño y apretó el botón del inodoro. Cuando el agua se agotó, volvió a subirse al techo de la casa y retiró del tanque de agua al pájaro. El pobrecito parecía una pasa de uva, pero estaba más entero de lo que se había imaginado; quizás lo habría tenido que dejar más tiempo, pero como era un convencido de que nunca se debe cambiar de plan sobre la marcha, desistió de tal posibilidad. Así que colocó al pájaro dentro de una bolsa de consorcio y lo sacó a la calle. Poco después, le echó dos baldazos de agua con cloro al tanque. Ya era hora de volver a bañarse en casa.
Eduardo cerró los ojos y abrió la llave de la regadera. El agua corría por su cuerpo como una seda, hasta que algo, aleve, le golpeó la cara. Instintivamente, se apartó de la lluvia y abrió los ojos. Una especie de diminutos insectos alados estaban saliendo por los orificios de la regadera. Trató de cerrarla, pero la llave no giraba. Acto seguido, capturó a uno de los bichos y lo miró con detenimiento. No eran insectos, como había creído en un primer momento, sino pajaritos. Brevísimas copias del pájaro que él había arrojado al tanque. Entonces sintió como uno de aquellos alados lo picaba. Y luego otro y otro. Eran como picaduras de mosquitos. En pocos instantes, los pájaros habían inundado la habitación; precipitándose, cada tanto, como oleadas de kamikazes sobre él. Agitando los brazos, corrió hacia la puerta, pero estaba trabada. Para colmo, su cuerpo había comenzado a llenarse de ronchas. Entonces se envolvió con varias toallas y se tiró al suelo en posición fetal. Y se largó a llorar, como un chico, hasta perder el conocimiento.
—Eduardo, ¿qué te pasó? —quiso saber Raquel cuando lo halló en el baño.
—Los pájaros, los malditos pájaros, me picaron; ¡mirá! —dijo Eduardo, pasándose, sin suerte, las manos por el cuerpo en busca de ronchas.
—¿De qué estás hablando? —dijo Raquel mientras lo ayudaba a levantarse—. Mejor vení, ponete algo, y vamos a la cocina que te preparo un té.
Eduardo aprisionaba la taza entre ambas manos, cuando le confesó a Raquel lo que había hecho y por qué. Ella se dirigió hacia la puerta y, antes de salir de la cocina y de su vida, dijo:
—Jamás te puse los cuernos.
Unos días después, incapaz de volver a usar la ducha de su casa, Eduardo reincidió en la de su amigo.
—Éste es el único remedio que me queda hasta que venda la casa —se dijo, justo antes de que abriera la ducha y observara con espanto como un diminuto pájaro, cual punta de lanza, salía por uno de los orificios de la regadera.
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El presente relato ha sido publicado en el número 8 de «La sirena varada» (páginas 42-45), que lleva adelante la Editorial Dreamers, de México. La misma puede descargarse desde la web de dicha editorial.

Foto © Autor desconocido
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miércoles, 9 de agosto de 2017

Noche de naipes



—Treinta y dos —cacareé.
Y al tiempo que Felipe me respondía «Treinta y tres», entró un tipo corriendo al bar. Tenía la cara roja, los ojos saltones y la lengua afuera.  
—¡Cierren puertas y ventanas!... ¡Rápido!... ¡Por favor!... —vociferó.
—¡Cálmese, amigo! —le dijo Juan, el dueño del bar, mientras le tendía un vaso de ginebra—. Beba, y después cuéntenos qué le pasa.
El hombre narró que una especie de bestia lo había atacado y que venía tras él. Al Tata Brown se le escapó una sonrisita, y el tipo, sin mediar palabra, se desnudó el pecho. Tres surcos, como de garras, lo recorrían.
—Alguna que otra vez estuve con la Gladys... ¿Te acordás, Héctor? —me inquirió Marcos, guiñándome un ojo—. Te dejaba cada rasguñón la guacha…
—Me parece que nunca como éstos, Marquitos. ¡Mirá bien!
Marcos miró bien, se rascó la cabeza y silbó.
—¡Sí, tenés razón! Esto es otra cosa.
Entonces oímos un aullido, y Juan cerró la puerta.
—Ya es tarde —dijo.
Y tras un breve silencio, propuse llamar a la policía; pero el teléfono del boliche estaba roto, y un grupo de vejetes como nosotros no era precisamente partidario de los celulares. Avancé entonces con otras propuestas: curar al tipo, y echar cartas para determinar quién iría hasta la comisaría. Juan embebió una servilleta con aguardiente, se tomó un trago del pico de la botella, y después puso la servilleta sobre la herida del extraño. Por mi parte, mezclé las cartas, y no bien ofrecí el mazo para que tomaran una, Marcos dijo:
—¡Dejá! Voy yo.
Él era así, loquito pero valiente como un oso.
Por eso, cuando quince minutos después volvió al bar, blanco como un fantasma, para desplomarse frente a nosotros, supimos que algo andaba realmente mal. Felipe, que aún aferraba las cartas del treinta y tres en una mano, le tomó el pulso.
—Está muerto —lagrimeó.
—Y de miedo —añadió el borrachín de Lucas que, tambaleándose, se había acercado al grupo. Y aún dijo—: ¡Mírenle la cara! —antes de pedir un café doble con una pizca de coñac. Requerimiento que, lógicamente, cayó en saco roto.
—¿Y si esta vez sí echamos suerte? —dije para volver a romper el silencio.
Al poco, Felipe me entregó las cartas del envido y el dos de copas que lo expulsaba.
—¡Cuidame la mano hasta que regrese! —me dijo.
Jamás volví a saber de él. Me gusta pensar que aquella noche Felipe se marchó del pueblo, y que debe andar por ahí, en el bar de alguna gran ciudad, cantando envidos y trucos.
La cuestión era que sólo quedábamos cuatro parroquianos en el local, cuando propuse que aguardásemos, sin cometer ninguna otra osadía, la llegada del amanecer.
Entonces Juan marchó hasta la barra y sacó una escopeta.
—Nunca la usé —dijo—, pero esto se termina ya.
Poco después escuchamos un disparo, un gemido, como de perro apedreado, y un grito que sólo podía provenir de la boca de Juan, según dijo el Tata Brown. Íbamos a cerrar la puerta con llave y bajar la persiana, cuando la criatura entró como un torbellino sanguinolento en el bar. Y el Tata aún tuvo tiempo de exclamar «¡El chupacabras!», antes de que la bestia cayera sobre él. Entonces agarré una silla y se la partí al bicho en el lomo. Y luego otra, y otra. Y la bestia ya no volvió a levantarse.
—¡Bien hecho! —dijo el extraño, mientras apoyaba sobre mi hombro una mano que se transformó en garra.
Y de pronto me vi de espaldas al suelo, y sentí que me hendían el pecho como si fuera de papel. Y oí un disparo, y antes de desmayarme, alcancé a observar, como Juan, malherido, desde el vano de la puerta, remataba a la criatura.
Una semana después supe que los únicos sobrevivientes de aquella noche habíamos sido Lucas y yo. Pero la policía estaba interesada en conocer mi versión de los hechos, ya que habían desestimado la del borrachín.
—Ése se bebió hasta el perfume de la noche —dijo el comisario al tomarme la declaración, y entre risas, agregó—: ¡Chupacabras! ¡Lo único que nos faltaba!
Sonreí.
Desde entonces voy de pueblo en pueblo y de víctima en víctima, con el exborrachín de Lucas tras mis pasos. Lástima que, a diferencia de lo que sucede con los hombres lobos, para matar a un chupacabras no se requiera de algo tan romántico como una bala de plata.
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El presente relato ha sido publicado (páginas 88-90) en el número 2 de «La sirena varada, revista literaria bimestral», que lleva adelante la Editorial Dreamers, de México. La versión digital puede descargarse desde la web de dicha editorial.
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