CUANDO
era chico me gustaba jugar a espadas y dragones. Una rama larga y casi recta
hacía las veces de espada y el viejo Spike, mi perro, interpretaba al malvado
dragón. Con sus grandes ojos tristes de cocker spaniel me miraba correr a su
alrededor, incitándolo a pelear, a lo que respondía con unos bostezos enormes
que yo tomaba por bocanadas de fuego de las que apenas lograba escapar. Pero si
había una parte de nuestras batallas que al viejo Spike le salía bien, era la
de hacerse el muerto. Cuando lo tocaba levemente en la cabeza con mi espada, se
ponía patas para arriba, sacaba la lengua y se quedaba… dormido. Un día, pese a
mis lágrimas, el dragón ya no quiso volver a ser el viejo Spike; y mi papá y yo
lo enterramos en el jardín, con la rama hecha trizas a su lado.
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