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jueves, 21 de marzo de 2019

En el pasillo



LA MANO DE ALEX abandonó la tibieza de las frazadas para apagar el despertador. «Un día de estos, se decía, voy a apagar el reloj, me voy a hundir nuevamente entre las frazadas y voy a seguir durmiendo; pero, agregó en un suspiro, no hoy.» Alex ganaba una miseria en su trabajo y no podía darse el lujo de perder el premio por presentismo. Sin esa plata, tendría que elegir entre dejar de pagar la luz o el gas, o quedarse cuatro o cinco días sin comer. Así que Alex se levantó como todas las madrugadas y combatió los restos del sueño, que aún después de lavarse la cara le persistía, con un café bien cargado. Eran las cuatro y ya estaba listo para patear las cinco cuadras hasta la parada del colectivo. Constató que el gas estuviera cerrado y abrió la puerta que daba al largo pasillo común que llevaba a la calle. Entonces lo vio. Había un león acostado en el pasillo. Cerró la puerta con un golpe y el animal levantó la cabeza. Alex se preguntaba si aquello sería un sueño, si inconscientemente había cedido a su deseo de faltar al trabajo. «¡Imposible!», exclamó. Necesitaba la plata y la única manera que tienen los pobres de conseguirla es partiéndose el lomo. Morosamente, Alex volvió a abrir la puerta. Sólo una luz del grosor de un libro flaco. El león estaba mirando hacia la puerta y lo vio. Ambos se vieron, se miraron a los ojos y se quedaron perplejos por un instante. Alex volvió a cerrar la puerta. «¿Se habrá escapado de algún circo?», se preguntó, al tiempo que sacaba el celular del bolsillo de la campera. No tenía señal. Miró la hora, las 4:07. Ocho minutos para patear cinco cuadras. Nada mal si saliese ahora, sorteara al león y ganara la calle. «¡La plata, la maldita plata!», resopló. Alex no quería perder el premio y quedarse sin gas o sin luz, y menos aún quedarse sin comer durante una semana. No eran opciones admisibles. ¡No! Así que volvió a abrir la puerta y observó con detenimiento. La fiera en realidad más que un león parecía una parodia de león: descarnado, roñoso, macilento. Y aunque sintió algo parecido a la pena, fue por la pala que le habían prestado hacía meses, junto a otras herramientas, para elaborar la mezcla y revocar la pieza. Esta vez abrió la puerta de par en par. Sin ambages. Llevaba el bolso de trabajo al hombro y la pala en una mano. Había pensado llevar la pala en alto pero enseguida se dio cuenta de que eso habría sido poner en guardia al animal. Entretanto, el león lo miraba de reojo. Alex comprobó que había suficiente espacio para pasar, bien pegadito a la pared, por el flanco derecho del felino. «Parece inofensivo», se dijo, como para darse valor. Y en efecto el león era inofensivo pero el hambre y los malos tratos lo empujaban. Lo habían empujado primero a escaparse del circo, luego a correr en vano tras un perro, y ahora a este pasillo donde desfallecía con la panza soldada al lomo y la boca seca como un desierto. Alex dio un paso y luego otro. Se afirmó de espaldas a la pared. Dio otro paso y de repente, junto a las patas del león, se detuvo. Un escalofrío le transitó la piel como una corriente eléctrica. Entonces se imaginó el recibo de sueldo sin el importe por presentismo. Y volvió a dar un paso y luego otro. Ya casi había sorteado el flanco del león cuando oyó lo que parecía la sombra de un rugido. Como pudo, la bestia se puso de pie; y Alex apretó el paso sin ofrecerle la espalda. El león en verdad estaba a punto de dejarse caer de nuevo al piso, sin ánimo ya de matar por primera vez, cuando Alex instintivamente levantó la pala, y algo recóndito, como el eco de la sabana, se despertó de pronto en el león. Y dio un paso y luego otro, y sacando fuerza de donde no la había, saltó sobre Alex. La pala, entonces, descendió certera y mortalmente sobre la cabeza del animal. Tan certera como la garra del león que a la par le cortó la garganta. Mientras Alex se desangraba, miró al animal, le acarició la desvaída melena, y aún alcanzó a pensar que ambos habían sido víctimas, no el uno del otro, sino de otra cosa.
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El presente relato ha sido publicado en el número 15 de «La sirena varada» (páginas 70-72), que lleva adelante la Editorial Dreamers, de México. La misma puede descargarse desde la web de dicha editorial.
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miércoles, 5 de septiembre de 2018

El cuaderno



I

Papá dice que siempre les encuentro defectos a sus novias. Miente. Rocío, por ejemplo, me gustaba mucho. Pero nadie puede afirmar honestamente que su última noviecita no sea una auténtica creída. Cada vez que viene a casa se aparece, sonrisa fingida mediante, con algún regalito para mí. «¿Cómo se dice?», me apura entonces papá. «Gracias», respondo secamente y me refugio en mi cuarto. Para colmo, parece que el noviazgo con esta tipa va en serio.
—Ya te va a aceptar —le decía papá el otro día—. ¡Dale un poco más de tiempo!
—Hace seis meses que salimos… ¿cuánto tiempo más va a requerir la princesita?
Como papá se quedó callado, Victoria, que así se llama, se acurrucó a su lado y le susurró largamente al oído.
Al día siguiente supe que íbamos a pasar un fin de semana los tres juntos en la playa. Claro está que en un principio me rehusé, pero papá dijo que si yo aceptaba no iba a tener que esperar casi un año más, hasta cumplir los quince, para que me entregase el cuaderno que mamá había escrito para mí.

II

El viaje en coche me la pase con los auriculares puestos. Callada. Victoria, en cambio, parloteaba sin cesar, mientras papá sólo intervenía para asentir. Hacían planes, o mejor dicho, ella los hacía. .
A eso de las nueve, cuando la luna se duplicaba sobre la superficie del mar, arribamos a aquella casa solitaria. Lo primero que sentí al salir del auto fue la brisa fresca cargada de salitre. Cerré los ojos y respiré profundo, pero Victoria me zarandeó por un hombro y me dijo que lo ayudara a papá a entrar las valijas. Tras seis viajes al coche, el equipaje de la reina ya estaba en su cuarto. Entonces me mandó a que eligiera un dormitorio para mí… Había sólo uno más y era pequeño como un dedal.
Una hora después, cenamos. Ella no tocó su comida. Juro que si papá no la hubiera comprado en el camino, yo tampoco la habría probado, por más que en lugar de sándwiches de jamón y queso se hubiese tratado de un soberbio pollo con papas al horno.
Papá luego preparó café, pero yo, bostezando, me retiré a mi cuarto.

III

Podía oír el ir y venir de los pasos al ritmo de la música que sonaba en la sala. Por un instante me imaginé a papá bailando con Alejandra… No sé por qué me resulta imposible decirle mamá. Después de todo ella no tuvo la culpa de haberse enfermado.

IV

Como la boca se me puso seca, me desperté. Ya no se oían ni la música ni los pasos de baile. Me calcé las pantuflas y marché hacia la cocina. Desde el pasillo descubrí que Victoria estaba a horcajadas sobre papá, en el suelo. Me dio vergüenza ajena e iba a seguir mi camino rápidamente cuando noté que algo le ocurría a ella. Sus brazos y sus piernas se estaban volviendo más largos, al tiempo de que le nacían otros dos pares de extremidades, y de que sus ojos, ennegrecidos, se multiplicaban.
—¡Papá! —grité, pero él no reaccionó, en cambio, ella me miró, emitió una especie de risa, e inauguró sus colmillos recién paridos en el cuello de papá—. ¡Dejalo, dejalo! —vociferé entonces mientras le arrojaba cuanto objeto contundente hallaba a mano.
—¿Sabés que me dijo tu papá mientras bailábamos? —siseó tras erguir la cabeza—: que habíamos hecho el viaje de gusto, que vos, mocosa, jamás me ibas a aceptar… Pudo haber sido un buen marido, pero por tu culpa no va a pasar de ser una buena comida.
Y cuando se disponía a clavarle nuevamente los colmillos, sentí como si dos navajas me cortasen la espalda desde dentro. De inmediato, sobreponiéndome al dolor y al asombro, batí las alas que ahora poseía. Entonces, Victoria se lanzó, con los ojos encendidos de sombras, sobre mí; pero ágilmente logré volar fuera de su alcance. Furiosa, trepó por las paredes y el techo y comenzó a moverse en círculos. Pronto comprendí que estaba tejiendo a mi alrededor una gigantesca telaraña. Sabía que no podía dejar que terminase, así que tomé la iniciativa y rodamos por el piso hechas un amasijo de patas y alas.
A cada instante, el rigor de sus colmillos se aproximaba peligrosamente a mi cuello. Me sentía exhausta e ignoraba durante cuánto tiempo iba a poder contenerla. Entonces sus ojos se me volvieron espejos y observé que algo más había cambiado en mí. Acto seguido, clavé con certeza mi aguijón en medio de su oscura mirada.

V

Cuando finalmente tuve el cuaderno entre mis manos, aguardé un largo rato antes de abrirlo. Temblaba. Sabía que aquellas palabras iban a cambiarme la vida; iban a revelarme la naturaleza de aquel yo extraño que nos había salvado a papá y a mí; pero, sobre todo, iban a permitirme, por primera vez, estar conectada de mujer a mujer con Alejandra…
Con mamá, desde entonces y para siempre.


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El presente relato ha sido publicado en el número 10 de «La sirena varada» (páginas 108-110), que lleva adelante la Editorial Dreamers, de México. La misma puede descargarse desde la web de dicha editorial.
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domingo, 15 de julio de 2018

Un regalo del cielo



Cuando el pájaro cayó muerto a sus pies, la idea le cruzó la mente como un relámpago. Así que lo recogió, miró la hora y apretó el paso hacia su casa. Apenas faltaban unos quince minutos para que Raquel llegara del trabajo. Sin mudarse de ropa, sacó la escalera del galpón y se subió al techo de la casa. Como al tanque de agua lo había lavado recientemente, no le ocasionó ningún problema desenroscar la tapa. Acto seguido, arrojó al pájaro dentro, a la vez que se preguntaba sobre cuál habría sido la causa de su muerte.
—¡Ojalá que una infección masiva! —dijo, y observó atentamente su lánguido descenso hasta el fondo.
Luego se cambió de ropa, puso una toalla limpia, a la que previamente humedeció, para lavar, y se sentó a mirar la televisión. Raquel llegó una hora más tarde de lo esperado. Nunca llegaba tarde los miércoles, pero se veía que los martes y los jueves ya no le alcanzaban. A veces ella se volvía insaciable. Seguramente, el otro lo habría comenzado a descubrir, no sin deleite. Pero tras veinte años de matrimonio, el deleite se vuelve rutina y la rutina un ejercicio que cansa.
—¿Ya te duchaste, Eduardo? —le preguntó Raquel desde la puerta del living.
—Hace rato, querida.
—Entonces me voy a bañar yo. Si querés, pedite una pizza. Hoy no tengo ganas de cocinar.
Eduardo asintió sonriendo y cambió de canal. Cuando Raquel hubo cerrado la puerta del baño, sigilosamente, él se acercó y pegó el oído a la misma. El rumor de la ducha no se hizo esperar.
—Tu piel, sucia por la traición, continuará sucia por el agua infecta —dijo en un susurro.
Y se quedó allí parado, pensando que mañana el otro obsequiaría sus labios a aquel cuerpo ilusoriamente limpio. Y al callarse el agua, volvió como un fantasma desencadenado al living. Y pidió no una, sino dos pizzas.
Esa noche, por primera vez en meses, pudo descansar como antaño. Recién en la oficina se planteó por cuánto tiempo iba a dejar a aquel pobre pájaro en el tanque de agua. Un día le parecía poco; un mes, demasiado. El agua podría enturbiarse debido a la descomposición y no quería generar sospechas.
—Con una semana bastará —se dijo finalmente.
Y por puro y repentino interés ornitológico se preguntó qué tipo de pájaro sería aquél que le estaba prestando tan loable servicio. Un gorrión definitivamente no era. Un jilguero, tampoco. Un corbatita, menos. Ahora que lo pensaba había algo de singular en él.
—Eduardo, ¿ya está listo el informe de costos? —la voz caudalosa de su jefe lo apartó de aquel pensamiento y lo devolvió de raíz al trabajo.
Durante toda la semana, Eduardo había acometido con fruición el ritual de pegar el oído a la puerta del baño. Y durante toda la semana había ido a ducharse a lo de un amigo de ley, de aquéllos que tienden la mano sin hacer preguntas.
Al cabo, cerró la llave de paso, abrió todas las canillas del baño y apretó el botón del inodoro. Cuando el agua se agotó, volvió a subirse al techo de la casa y retiró del tanque de agua al pájaro. El pobrecito parecía una pasa de uva, pero estaba más entero de lo que se había imaginado; quizás lo habría tenido que dejar más tiempo, pero como era un convencido de que nunca se debe cambiar de plan sobre la marcha, desistió de tal posibilidad. Así que colocó al pájaro dentro de una bolsa de consorcio y lo sacó a la calle. Poco después, le echó dos baldazos de agua con cloro al tanque. Ya era hora de volver a bañarse en casa.
Eduardo cerró los ojos y abrió la llave de la regadera. El agua corría por su cuerpo como una seda, hasta que algo, aleve, le golpeó la cara. Instintivamente, se apartó de la lluvia y abrió los ojos. Una especie de diminutos insectos alados estaban saliendo por los orificios de la regadera. Trató de cerrarla, pero la llave no giraba. Acto seguido, capturó a uno de los bichos y lo miró con detenimiento. No eran insectos, como había creído en un primer momento, sino pajaritos. Brevísimas copias del pájaro que él había arrojado al tanque. Entonces sintió como uno de aquellos alados lo picaba. Y luego otro y otro. Eran como picaduras de mosquitos. En pocos instantes, los pájaros habían inundado la habitación; precipitándose, cada tanto, como oleadas de kamikazes sobre él. Agitando los brazos, corrió hacia la puerta, pero estaba trabada. Para colmo, su cuerpo había comenzado a llenarse de ronchas. Entonces se envolvió con varias toallas y se tiró al suelo en posición fetal. Y se largó a llorar, como un chico, hasta perder el conocimiento.
—Eduardo, ¿qué te pasó? —quiso saber Raquel cuando lo halló en el baño.
—Los pájaros, los malditos pájaros, me picaron; ¡mirá! —dijo Eduardo, pasándose, sin suerte, las manos por el cuerpo en busca de ronchas.
—¿De qué estás hablando? —dijo Raquel mientras lo ayudaba a levantarse—. Mejor vení, ponete algo, y vamos a la cocina que te preparo un té.
Eduardo aprisionaba la taza entre ambas manos, cuando le confesó a Raquel lo que había hecho y por qué. Ella se dirigió hacia la puerta y, antes de salir de la cocina y de su vida, dijo:
—Jamás te puse los cuernos.
Unos días después, incapaz de volver a usar la ducha de su casa, Eduardo reincidió en la de su amigo.
—Éste es el único remedio que me queda hasta que venda la casa —se dijo, justo antes de que abriera la ducha y observara con espanto como un diminuto pájaro, cual punta de lanza, salía por uno de los orificios de la regadera.
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El presente relato ha sido publicado en el número 8 de «La sirena varada» (páginas 42-45), que lleva adelante la Editorial Dreamers, de México. La misma puede descargarse desde la web de dicha editorial.

Foto © Autor desconocido
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miércoles, 14 de marzo de 2018

Noche de chicas



Son las nueve. Ana tendría que estar ahora cenando con sus amigas y no en el living de su casa. Pero Claudia, Mónica y Cintia se la pasan hablando de sus novios. «¡Por favor!», bufa, y se arrellana en el sofá. Luego toma un sorbo de té helado, enciende la televisión y recorre parsimoniosamente los canales de cine. «Romántica…, romántica…, romántica…», bosteza, pero no se da por vencida. Al cabo encuentra algo como la gente. Una de terror.
La actriz que aparece en primer plano tiene la típica carita inocente de la chica a la cual le van a suceder mil cosas. Por lo pronto corre como una desquiciada. «Debe estar huyendo de las pláticas de sus amigas», piensa Ana, y mordisquea una galletita. La presunta protagonista llega ante una puerta y golpea. Casi al mismo tiempo golpean a la puerta de Ana. Ana se levanta y abre.
 —¿Qué desea…? —alcanza a decir antes de que una mujer le dé un empujón, entre y cierre la puerta con llave. 
La cara de la intrusa le resulta familiar. Mira la tele y se sorprende al descubrir que es la actriz de la película, pero se sorprende aún más al verse a sí misma como quien acaba de abrir la puerta en la pantalla.
—No estamos a salvo… me persigue un loco asesino… —dice la mujer, y tomándola a Ana por los brazos, añade—: ¿Tenés teléfono?
—Sí —responde Ana, y le señala la mesita esquinera.
La actriz marca el 911, y a la vez que exclama «¡No atiende nadie!», embisten salvajemente contra la puerta. Ana tiembla y comprueba que su yo cinematográfico también tiembla.
—Si vamos a morir juntas, mejor nos presentamos: soy Karen —dice la perseguida y le tiende la mano.
Los golpes a la puerta se congregan en la cabeza de Ana como un nudo de truenos. Para colmo advierte que en la tele las bisagras comienzan a ceder. Entonces le estrecha la mano a Karen y la arrastra hacia la cocina.
—Ana, me llamo Ana —dice, y abre el primer cajón de la mesada.
Saca una cuchilla y un hacha de cocina. Ella se queda con el hacha y le facilita la cuchilla a Karen. Luego se colocan a ambos lados de la puerta. Por unos instantes se estudian, hasta que Ana le espeta:
—¿Cuál es tu verdadero nombre?
—Karen, ya te dije.
—Me refiero a tu nombre en la vida real, no al de tu personaje.
—No entiendo…
Ana desiste. «Ya habrá tiempo para que aclare las cosas», piensa, y, acto seguido, se pregunta qué hubiera pasado si hubiese puesto la pausa antes de abrir la puerta. La idea de haber podido contemplar a la otra pausada, con los nudillos golpeando el aire, la divierte. Pero la idea subsiguiente que le nace no le parece tan simpática. Quizás ella misma se hubiese quedado pausada, con el control remoto en la mano, como una suerte de estatua en homenaje al susodicho aparatito.
 —¡Mirá en la que te he metido! —Karen la saca de sus pensamientos—. ¡Perdoname!
—La película que estaba mirando era tan mala, que aun esto me resulta mejor —le responde Ana.
Y de repente ambas se estremecen al escuchar los infames golpes a la puerta de la cocina.
—¡Ésta no va a resistir tanto como la de la calle! —exclama Ana.
Karen asiente y se pasa la cuchilla de una mano a la otra. Entretanto Ana observa su propio reflejo en el hacha y piensa que lucía francamente bien en la pantalla. Incluso mejor que Karen.
Entonces un nuevo golpe hace saltar con violencia la cerradura y el lunático entra. «¡Qué desilusión! —piensa Ana—. Me lo imaginaba mucho más corpulento, de facciones angulosas y dueño de una mirada animal.»
El tipo arroja al piso a Ana de un empujón y confronta a Karen. Karen se mueve como un felino, esquivando el cuchillo de su atacante, a la vez que contraataca con una fiereza inusitada. Así salen de la cocina. Ana se pone de pie y los sigue. Cada uno sujeta ahora los brazos del otro y trata de desarmarlo. En la tele la escena se duplica. Y es en la tele donde Ana observa como Karen desembaraza su brazo armado y apuñala al agresor. Una y otra vez. Entonces Ana corre hacia ella y le atenaza la muñeca.
—¡Basta! —le dice.
 Y procura detener la sangre del moribundo con un retazo de su vestido. El tipo balbucea y Ana acerca el oído.
—¡Cuidado! —le oye decir—. Es una psicópata.
Ana levanta la vista y ve cómo Karen lame la sangre de la cuchilla. En la tele se suceden los primeros planos, tensos, tanto de ella como de Karen. Cuando el hombre expira, la cámara, a ras del piso, se centra unos instantes en él. Y se ven las piernas de ambas mujeres a un lado y al otro del difunto. Las piernas se mueven, se acercan, se entrelazan. Hasta que unas gotas de sangre comienzan a manchar el rostro del hombre. Ana sólo siente la cuchillada cuando mira de refilón la tele. Anda unos pasos y se sienta en el sofá. Karen vuelve a lamer la sangre de la cuchilla.
—Deliciosa —dice, y se abalanza sobre Ana.
Pero Ana empuña el control remoto y apaga la televisión. La cuchilla cae justo a su lado. Se está desangrando y no tiene fuerzas ni para ir hasta el teléfono. No obstante logra alcanzar el vaso y sorber un poco del té helado. Y piensa, sólo por un momento, que mejor hubiera sido pasar otra noche de chicas oyendo a sus amigas parlotear sobre sus novios. Luego sonríe. De lo único que verdaderamente se lamenta es de no haber visto si su nombre aparecía en los créditos.
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El presente relato ha sido publicado en el primer Anuario de «La sirena varada, revista literaria bimestral» (páginas 152 a 154), que lleva adelante la Editorial Dreamers, de México. La misma puede descargarse desde la web de dicha editorial.
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miércoles, 9 de agosto de 2017

Noche de naipes



—Treinta y dos —cacareé.
Y al tiempo que Felipe me respondía «Treinta y tres», entró un tipo corriendo al bar. Tenía la cara roja, los ojos saltones y la lengua afuera.  
—¡Cierren puertas y ventanas!... ¡Rápido!... ¡Por favor!... —vociferó.
—¡Cálmese, amigo! —le dijo Juan, el dueño del bar, mientras le tendía un vaso de ginebra—. Beba, y después cuéntenos qué le pasa.
El hombre narró que una especie de bestia lo había atacado y que venía tras él. Al Tata Brown se le escapó una sonrisita, y el tipo, sin mediar palabra, se desnudó el pecho. Tres surcos, como de garras, lo recorrían.
—Alguna que otra vez estuve con la Gladys... ¿Te acordás, Héctor? —me inquirió Marcos, guiñándome un ojo—. Te dejaba cada rasguñón la guacha…
—Me parece que nunca como éstos, Marquitos. ¡Mirá bien!
Marcos miró bien, se rascó la cabeza y silbó.
—¡Sí, tenés razón! Esto es otra cosa.
Entonces oímos un aullido, y Juan cerró la puerta.
—Ya es tarde —dijo.
Y tras un breve silencio, propuse llamar a la policía; pero el teléfono del boliche estaba roto, y un grupo de vejetes como nosotros no era precisamente partidario de los celulares. Avancé entonces con otras propuestas: curar al tipo, y echar cartas para determinar quién iría hasta la comisaría. Juan embebió una servilleta con aguardiente, se tomó un trago del pico de la botella, y después puso la servilleta sobre la herida del extraño. Por mi parte, mezclé las cartas, y no bien ofrecí el mazo para que tomaran una, Marcos dijo:
—¡Dejá! Voy yo.
Él era así, loquito pero valiente como un oso.
Por eso, cuando quince minutos después volvió al bar, blanco como un fantasma, para desplomarse frente a nosotros, supimos que algo andaba realmente mal. Felipe, que aún aferraba las cartas del treinta y tres en una mano, le tomó el pulso.
—Está muerto —lagrimeó.
—Y de miedo —añadió el borrachín de Lucas que, tambaleándose, se había acercado al grupo. Y aún dijo—: ¡Mírenle la cara! —antes de pedir un café doble con una pizca de coñac. Requerimiento que, lógicamente, cayó en saco roto.
—¿Y si esta vez sí echamos suerte? —dije para volver a romper el silencio.
Al poco, Felipe me entregó las cartas del envido y el dos de copas que lo expulsaba.
—¡Cuidame la mano hasta que regrese! —me dijo.
Jamás volví a saber de él. Me gusta pensar que aquella noche Felipe se marchó del pueblo, y que debe andar por ahí, en el bar de alguna gran ciudad, cantando envidos y trucos.
La cuestión era que sólo quedábamos cuatro parroquianos en el local, cuando propuse que aguardásemos, sin cometer ninguna otra osadía, la llegada del amanecer.
Entonces Juan marchó hasta la barra y sacó una escopeta.
—Nunca la usé —dijo—, pero esto se termina ya.
Poco después escuchamos un disparo, un gemido, como de perro apedreado, y un grito que sólo podía provenir de la boca de Juan, según dijo el Tata Brown. Íbamos a cerrar la puerta con llave y bajar la persiana, cuando la criatura entró como un torbellino sanguinolento en el bar. Y el Tata aún tuvo tiempo de exclamar «¡El chupacabras!», antes de que la bestia cayera sobre él. Entonces agarré una silla y se la partí al bicho en el lomo. Y luego otra, y otra. Y la bestia ya no volvió a levantarse.
—¡Bien hecho! —dijo el extraño, mientras apoyaba sobre mi hombro una mano que se transformó en garra.
Y de pronto me vi de espaldas al suelo, y sentí que me hendían el pecho como si fuera de papel. Y oí un disparo, y antes de desmayarme, alcancé a observar, como Juan, malherido, desde el vano de la puerta, remataba a la criatura.
Una semana después supe que los únicos sobrevivientes de aquella noche habíamos sido Lucas y yo. Pero la policía estaba interesada en conocer mi versión de los hechos, ya que habían desestimado la del borrachín.
—Ése se bebió hasta el perfume de la noche —dijo el comisario al tomarme la declaración, y entre risas, agregó—: ¡Chupacabras! ¡Lo único que nos faltaba!
Sonreí.
Desde entonces voy de pueblo en pueblo y de víctima en víctima, con el exborrachín de Lucas tras mis pasos. Lástima que, a diferencia de lo que sucede con los hombres lobos, para matar a un chupacabras no se requiera de algo tan romántico como una bala de plata.
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El presente relato ha sido publicado (páginas 88-90) en el número 2 de «La sirena varada, revista literaria bimestral», que lleva adelante la Editorial Dreamers, de México. La versión digital puede descargarse desde la web de dicha editorial.
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