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lunes, 6 de diciembre de 2010

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Dovima con Elefantes, 1955


Si se tiene en cuenta que el tiempo en la red fluye distinto y que un año en la misma equivale como a quichicientos mil de la vida real; si además se tiene en cuenta que hay cientos, miles, decenas de miles de blogs que, como peces muertos, flotan en las aguas virtuales sin haber llegado nunca a madurar; si se considera que mantener una bitácora insume una cantidad de tiempo significativo cuando uno intenta llevarla adelante con cierto mínimo decoro; si, como digo, se tienen en cuenta todos estos asuntos cumplir dos añitos como cumple hoy El elefante funambulista, no resulta, al menos para su hacedor, poquita cosa.


Y aquí se impone agradecer sin dilaciones a todos aquellos que a lo largo de este tiempo han cometido la imprudencia de permitirse caer por el blog y haber dejado constancia de ello: no hay cosa más triste en la red que una bitácora sin comentarios; pero también a los muchos que sin renunciar a su invisibilidad suelen pasar.


De mi parte queda el compromiso de seguir en el camino mientras la cuerda aguante.


Foto © Richard Avedon, Dovima con Elefantes, 1955

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jueves, 4 de noviembre de 2010

De conspiraciones

Alexandra Catiere


«Enseñar a un niño no es llenar un vacío sino encender un fuego.»

Michel de Montaigne


Yo creía que la conspiración montada por los profesores de lengua y literatura para evitar que surjan nuevos lectores era algo doméstico, uno de los tantos males enquistados en el país. Ingenuo de mí. Parece que los alcances de esta mega operación se extienden allende las fronteras y causa estragos, por ejemplo, en España. Al menos, eso es lo que saco en conclusión al leer el artículo que seguidamente les comparto.


Prolepsis narrativa

Eduardo Jordá


Doy un repaso al libro de ejercicios de Lengua y Literatura de 1º de ESO que estudia mi hija. Veo un capítulo que me llama la atención sobre las técnicas del relato. Leo al azar: "Tiempo cronológico del relato", "tiempo interno de los personajes", "prolepsis narrativa"… Le pregunto a mi hija si entiende algo. Se encoge de hombros y me dice que no. Le pregunto si le interesa. Me dice que no. Pero ella sigue haciendo sus deberes, forcejeando con la prolepsis narrativa (también llamada prospección), y después con el tiempo "cronológico" de la narración, que es distinto faltaría más del tiempo "interno" de los personajes.


¿Nos hemos vuelto locos? Mi hija va a cumplir trece años y está estudiando temas sobre los que muchos escritores no sabrían dar una explicación razonada. Tengo cierta experiencia en talleres de narrativa, pero nunca he hablado de la prolepsis, también llamada prospección, y sólo en contadas ocasiones he comentado el tiempo "interno" de los personajes, y lo he hecho ante alumnos que tienen un gran interés en la narrativa y que además son magníficos lectores y saben escribir bien. Y no creo que ésta sea la situación de los estudiantes de ESO, a los que no imagino como lectores voraces con una gran capacidad expresiva. Una vez más nos equivocamos en los planteamientos educativos. ¿No sería mejor que los estudiantes leyeran un puñado de narraciones, aunque fueran de la serie Crepúsculo, antes de enseñarles el tiempo interior de los personajes? ¿Y no sería mejor que hicieran comentarios detenidos de lecturas, y luego resúmenes, y luego explicaciones orales de las tramas y de los personajes que han leído?


Nuestro sistema educativo tiene la pésima costumbre de construir la casa por el tejado. Le da demasiada importancia a los áridos temas abstractos, antes de intentar por todos los medios que los alumnos de ESO entiendan un texto narrativo, y aprecien y lo disfruten, y luego lo resuman y lo expliquen por escrito. Habría que recuperar las redacciones, para que el profesor enseñara el buen uso del vocabulario y la sintaxis, y después los alumnos deberían acostumbrarse a redactar con claridad y precisión (los profesores tendrían ahí una tarea gigantesca). Pero sólo así se podría conseguir que los alumnos supieran hacer un buen uso del lenguaje, cosa que les serviría por igual para ser médicos o ingenieros o mecánicos.


Nos quejamos del fracaso escolar, pero muchas veces este fracaso no es más que una consecuencia del fracaso del sistema educativo. Se puede fracasar por ser demasiado teórico. Se puede fracasar por despreciar lo evidente. Se puede fracasar por no saber dar los pasos adecuados desde lo más fácil a lo más difícil. Y no vamos por buen camino.


Fuente: Diario de Sevilla


Como experiencia personal debo decir que a excepción de una suplente, joven y motivada, nunca tuve buenas profesoras de literatura. La obsesión por enseñar cosas como las que describe el artículo, sumada a lecturas totalmente ajenas a los intereses de un adolescente, desmotivan incluso al más predispuesto. La citada suplente, en cambio, logró captar la atención hasta de los más revoltosos o indiferentes con un puñado de obras modernas que hacían pie en la ciencia ficción, el terror, la aventura. Vuelta la profesora titular, la apatía general recuperó sin concesiones su trono…


Por supuesto, que estimo, al margen de la chanza inicial del post, que no es culpa ―más allá de algún caso puntual― de los profesores que deben lidiar contra viento y marea sino de un sistema educativo que no toma en cuenta las capacidades cognitivas según el rango etario, que deja desamparados a los educadores, incapaz de romper con prácticas formativas obsoletas, etc., pero por encima de todo un problema de objetivos: ¿a qué se aspira realmente: a formar futuros lectores o a llenar un vacío?


Arte: Alexandra Catiere

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domingo, 6 de diciembre de 2009

Soplando una velita


Hace exactamente un año nacía El elefante funambulista, andanza bloguera que un servidor —sin remedio culpable de ínfulas literarias— ideó para dar a conocer sus pequeños textos. Mucha agua ha pasado bajo el puente desde entonces, pero las ganas de aprender y crecer continúan intactas... Dada la ocasión, quiero aprovecharla para agradecer a todos aquéllos que con sus comentarios han contribuido a dar vida a esta bitácora: sin su participación el sentido de la misma, el ciclo de la comunicación se hallaría incompleto. Espero seguir contando con ustedes.


Para finalizar, he de dejarles un texto de Julio Torri, uno de los pioneros del microrrelato, que evoca magistral y poéticamente la aventura en que estamos inmersos.


Literatura


EL NOVELISTA, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores.


La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica, sobrenatural.


Julio Torri


sábado, 6 de diciembre de 2008

Primeras palabras


La presente constituye mi primera incursión en el mundo de los blogs, ya no como lector, comentarista, voyeaur, sino en calidad de «propietario» de uno de estos dichosos rincones de expresión que nos ha regalado la tecnología.


En particular éste será un sitio dedicado a lo que se ha dado en llamar microrrelatos, minificciones, microficciones, hiperbreves, cuentos breves, cuentos mínimos, cuentos relámpagos, etc.; hay casi tantos nombres como «especialistas» dedicados a «definir» este género. Por mi parte, me decanto por dos términos, los de minificciones y microrrelatos, optando, ya en cuestión de gustos, por el primero. Y claro está que aquí podrán, quienes tengan la insalubre vocación de hacerlo, leer las minificciones garabateadas por un servidor. Lo cual, no destierra de ninguna manera la posibilidad de aderezar, cuando lo crea conveniente, la cosa con relatos más largos. Así como comentarios, reseñas, opiniones, consideraciones y otros brebajes sobre los más diversos temas; ya que la intención es que la base la constituya la ficción pero abriendo las puertas a todo lo que sea de mi interés. Por eso, no se extrañen, por ejemplo, de post sobre animación -cada uno tiene sus vicios-.


Desde ya que todas las opiniones y críticas serán bienvenidas en el necesario marco de respeto que cualquier juego de ida y vuelta demanda para sí. Agradeceré de sobremanera que me hagan notar errores, faltas de ortografía, o cualquier otro dislate por el estilo, ya que soy un mero aprendiz; un albañil de las palabras que recién está aprendiendo a mezclarlas. Y ya se sabe, no es fácil hallar la medida justa de arena, cal, cemento, agua para levantar cuentos y que no se tumben a la primera lectura.


Además, al iniciar esta bitácora asumo el compromiso con sus potenciales lectores -y sobretodo conmigo mismo- de postear, al menos, una vez a la semana; salvo, claro, causas de fuerza mayor -dejando excluida a la pereza como una de dichas causas, ¡rayos!-.


Y como la curiosidad es la virtud de los niños que algunos incautos se olvidan de desterrar de adultos, puede surgir la cuestión de ¿por qué «El elefante funambulista»? Bueno, primero, sencillamente, porque me gustan los elefantes; animal noble e inteligente si los hay. Y segundo, por lo fantástico, lo paradojal y lo sorprendente que resultaría ver a un paquidermo con toda su graciosa voluminosidad haciendo equilibrios sobre un hilo. Sería una maravilla, y como yo comparto la idea de que «el hombre vive para maravillarse», adelante, pues, me otorgo licencia para intentarlo desde el título. Además, creo que todos, en algún momento, hemos tenido la experiencia vital de sentirnos como en una cuerda floja: donde el mirar hacia abajo no constituye otra posibilidad más que una invitación al suicidio y donde desandar el camino que nos ha desanudado allí resulta un imposible… Por lo tanto, lo único que nos queda en tal circunstancia es salvar nuestro bien más preciado, la dignidad; entregándonos al desafío del abismo con la solitaria certeza que empuñamos: la pértiga con que se balancea la fe en nosotros mismos. Y quién sabe, después de todo, quizás y sólo quizás, al llegar a la seguridad de la plataforma, recibamos el aplauso emocionado del público que nos ha prestado su cordial atención. Aunque claro, habrá también quien derrame profundas lágrimas por aquello de lo que los hemos privado…


Por último, decir que me han quedado muchas cosas en el tintero que no acierto a esbozar en este momento; pero tengo la esperanza de que el tiempo en su devenir me otorgue la oportunidad y el oficio para poder decirlas. Cuento con ustedes para escucharme -jeje, para leerme, digo-.

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