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jueves, 15 de noviembre de 2018

La niña y los cuerpos astrales



EL HOMBRE puede verse a sí mismo tendido en la calle. Recuerda un dolor en el pecho, como un nudo de espinas, y los árboles y las casas girando a su alrededor. Recuerda, también, el rigor de la vereda al recibir su cuerpo. Y los ojos entreabiertos a los que asomaba una niña. Y de repente la nada.
Y en este verse a sí mismo tendido en la calle, vuelve a asomar aquella niña, quien ahora se acuclilla a su lado parsimoniosamente. «Pobrecita, se va a asustar», piensa, al tiempo que la niña saca unas tijeras y corta la cuerda con la que el alma del hombre aún permanecía unida al cuerpo. Acto seguido, un túnel con una luz al final se abre. El hombre acepta su destino y comienza a adentrarse en la oscuridad. La niña, con una sonrisa de ceja a ceja, sujeta la cuerda que retiene el alma y, decidida, camina en sentido contrario. Al llegar a la esquina, una mujer, con voz firme pero no exenta de dulzura, le espeta:
—Cariño, ¿qué te he dicho al respecto?
La niña baja la cabeza, mueve un pie como si estuviera aplastando un insecto, y alega:
—¡Pero, mamá, es que este de verdad sí se parece a mi papi!
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Foto © Desconocido, Luz al final del túnel
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jueves, 24 de noviembre de 2016

En una isla cualquiera



CAE la tarde, y Verónica encuentra otra botella en la playa. Dentro, como siempre, hay una carta. Mientras la extrae, anhela que esta vez vaya dirigida a alguna de las demás mujeres pero, al instante, reconoce la letra. Es de su esposo. Le cuenta que se siente solo, y que Carlitos la extraña y pide por ella. Verónica estruja el papel de igual manera que aquellas palabras estrujan algo en su pecho. Mira el horizonte como si fuera ciega, y luego escribe, en la misma hoja, que todavía no es tiempo, que tiene que ayudar a sus compañeras de infortunio, que algún día, pronto, marchará con ellos. Seguidamente, arroja la botella, cargada de mentiras, otra vez al mar. Y se acaricia las seis lunas de su vientre, sin saber si debe dar las gracias o maldecir por aquella noche de amor antes del naufragio.
Safe Creative #1611179847984

El presente texto llegó a las deliberaciones finales del pasado mes de octubre del «Microconcurso: La Microbiblioteca Esteve Paluzie».
Foto © Autor desconocido
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martes, 26 de abril de 2016

Mejor hubiera sido sacar la basura



MI HERMANO Y YO habíamos salido a cazar con un rifle de balines. Acordamos que aquél que matase menos lagartijas tendría que sacar la basura durante un mes. Él falló todos los disparos. Yo, en cambio, acerté diez de diez. No obstante, cada vez que íbamos a recoger mis lagartijas, no hallábamos de ellas ni siquiera una gotita de sangre. Según mi hermano, la distancia y las condiciones atmosféricas, como el calor y la humedad, suelen producir ilusiones ópticas. Creo que esa explicación no se la creía ni él, pero le sirvió para justificar un empate y así no tener que sacar la basura.
Esa misma noche me desperté con un intenso dolor en los pies. Al correr las sábanas, descubrí que diez lagartijas traslúcidas me estaban mordisqueando los dedos. Hice de todo para quitármelas: patalear como si estuviera bailando un malambo, golpearlas con una enciclopedia, poner los pies en agua caliente, hasta que recordé haber visto en algunas series de tevé que la sal ahuyenta a los fantasmas. Desde entonces duermo con un salero y una caja de curitas sobre la mesa de luz. Pero lo peor de todo es que no le puedo demostrar a mi hermano que yo sí gané aquella tarde, porque cada vez que le pido que se quede en mi cuarto para ver las lagartijas, las muy sinvergüenzas no se aparecen.
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martes, 6 de enero de 2015

R.I.P.



LLEVABA cinco años en la isla cuando apareció el niño. Era de noche y tuve miedo, porque el mar, esa misma mañana, había regurgitado su cuerpo. Pero al contemplarlo, trémulo y lloroso, supe lo que tenía que hacer. Me acerqué y le conté un cuento: «Los músicos de Bremen». Sonrió. Desde entonces no he parado de contarle historias de los hermanos Grimm, pero también de Dickens, Poe o Guy de Maupassant. No obstante, cada tanto, él prefiere que nos acompañemos en silencio. Esas noches quisiera llevarlo al sitio donde lo sepulté… Lamentablemente, el recuerdo de la soledad me lo impide.
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El presente texto obtuvo una mención en el II Certamen de Microrrelatos "Realidad Ilusoria", organizado por Miguel Ángel Page.
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jueves, 11 de septiembre de 2014

Tras el accidente



LA NIÑA se sienta en el umbral de la puerta y mira a la gente pasar, lee, se suena la nariz. Su madre seguramente no ha de demorarse. Si tan solo le hubiera confiado la llave de la casa como lo hacen las otras madres con sus hijos. Pero no. «Todavía sos muy pequeña», le ha dicho, en su momento, entre grave y jovial. A veces la niña piensa que su madre la percibe como mucho más chica de lo que ella realmente es. ¡Si ya hace los mandados sola! Y se tiende la cama y se prepara el desayuno… «No es justo», murmura, de a ratos, hasta que se queda dormida. Y sueña que su mamá no la quiere más, que la ha abandonado. Tiembla y llora. Entonces la madre la zamarrea suavemente de los hombros. «¡Mamá!», grita la niña y la abraza. «¡Perdoname, tesoro, no pude seguirte antes; los médicos no me dejaban!», se disculpa la madre, mientras le seca las mejillas, y agrega: «Ésta ya no es nuestra casa». Y tomadas de la mano se pierden por la calle, bajo el círculo de la luna, sin la compañía de sus sombras.
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El presente texto ha recibido en el mes de agosto próximo pasado una mención en el IV Certamen de relato corto para mesilla de noche que organiza el sitio Esta noche te cuento.
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miércoles, 26 de marzo de 2014

Entre palada y palada



DE PRONTO te hallas en medio de una planicie nevada. Estás confundido y no sabes qué hacer, hasta que descubres, a tu izquierda y a tu derecha, sendos rastros de pisadas. Caminas durante horas siguiendo el de la izquierda, hasta que percibes, reconfortado, a dos hombres en la lejanía. Corres, y al llegar a su lado, les hablas y les gritas y haces grandes ademanes, pero ellos no pueden verte ni oírte. Entonces te callas, y observas cómo cavan un hoyo, y arrojan un cuerpo, del que no te habías percatado antes, en su interior. Acto seguido, uno de los hombres se jacta de lo bien que habían planificado el crimen. El otro asiente con la cabeza y convida a su compañero con un cigarrillo. Te arrimas a la fosa, y descubres en el rostro de aquel desgraciado, tu propio rostro. Al instante, te desvaneces, y al volver en ti, ves que los hombres continúan fumando distraídamente. Tanteas el piso y hallas una piedra. Deprisa sales de la fosa y se la estrellas en la nuca a uno y en la sien al otro. Luego, entre palada y palada, te preguntas adónde te habría llevado el rastro de la derecha.
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El presente texto ha recibido en el mes de enero pasado una mención en el IV Certamen de relato corto para mesilla de noche que organiza el sitio Esta noche te cuento.
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sábado, 22 de junio de 2013

Aliento final



CAE EL SOL. Las bisagras del enrejado se quejan con voz de sombra. Abraham lleva la mente en blanco; sabe que sólo está cumpliendo con su deber pero hay en el mismo un dolor de hijo que lo flagela. Con pequeños pasos atraviesa el largo pasillo hasta el recinto donde él yace. A poco desliza la tapa del féretro y apoya la estaca sobre el pecho inerme. Le tiemblan las manos al observar aquel rostro macilento y adusto. De repente Stoker abre los ojos, aferra la estaca y le espeta:
—Esta es la razón última de tu existencia, mi querido Van Helsing.
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miércoles, 14 de marzo de 2012

Alunaciones



LO INTUYO sobre el tapial con la luna como telón de fondo. Pensé que la bendita bala había sido definitiva pero volví a equivocarme. Sabe que me caigo de sueño. Lo sabe y desglosa calmadamente su silueta de la luna. ¿Para qué echarle llave a la puerta? A veces me arrepiento de lo que hice, otras veces lo celebro. Ella se lo merecía. ¡Tantas humillaciones, tantos menosprecios, tantos años de inefable e infinita frialdad...! ¡Ah!, ya estás aquí: adiviné el peso de tus ojos en la espalda. Disculpá que no te ofrezca un plato envenenado, se me acabó la leche. ¿Te quedás mudo? Claro, ya sé, te reservás para luego, para cuando cierre la mirada. ¿Tenés una puta idea de hace cuánto tiempo no me permitís dormir...? No seas cínico, no sonrías. O sí, me vale..., maullá cuanto quieras..., al fin que la luna rodará hacia otros cielos y a mí aún me quedan cigarros.


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miércoles, 12 de octubre de 2011

El reparador



HACÍA un rato largo que la esperaba. Aún no me creía que semejante beldad hubiese aceptado mi invitación, cuando una joven delgada como un espárrago, ojerosa y con un pucho entre los labios, se sentó frente a mí. Llevaba el vestido rojo y el clavel blanco prometidos.
―Se me hizo tarde, nene. ¿Hay drama?
Sólo atisbé a negar con la cabeza. Deduje que la mujer de mis sueños me había engañado. ¿O estaría en algún rincón del local riéndose a mis costillas? La busqué con la mirada.
―¿Pasa algo? ―dijo el espárrago, perdón, la muchacha, tras enterrarme en una bocanada de humo.
―No, no pasa nada ―respondí, y entregado a las circunstancias, agregué―: ¿Ordenamos?
La velada aconteció exigua en palabras, porque la joven tenía sus mandíbulas obscenamente dispuestas a terminar con su delgadez aquella misma noche. No pude probar bocado.
Cuando ella iba por su quinta porción de torta de chocolate con frutillas, un hombre singular ―no sabría decir por qué― se le acercó y le pidió que lo acompañase. A poco descubrí que el mismo tipo le señalaba a la que era mi cita original, la mesa en que me hallaba.
En medio de una animosa conversación, el susodicho, como un mozo más, nos trajo una botella de champaña “cortesía de la casa”.
Desbordado, me excusé un instante con la dama, y fui tras él.
―Los sueños, sueños son ―dijo, y guiñándome un ojo, acotó―: Pero para su fortuna, cuando se estropean, aún persiste gente como yo.
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domingo, 18 de septiembre de 2011

A los pies de mi cama



UN DESCONOCIDO comenzó a sentarse todas las noches a los pies de mi cama. Al principio creí que era un fantasma, pero los menudos restos de tierra que dejaba sobre la colcha, aludían a otro origen... Tardé una semana en juntar valor para hablarle. Como él era tímido, demoró otra en responder. Dijo que no sabía nada de sí mismo ni cómo llegaba cada noche hasta mí, pero que le placía verme dormir. Le dije que tendríamos que buscarle un nombre, y le elegí el de Virgilio, como mi papá. Tanto me acostumbré a su presencia que pronto se me hizo imposible conciliar el sueño sin el velo de su mirada.
Un día, tonta de mí, le comenté a mi mejor amiga lo de Virgilio. Ella se lo dijo a su mamá, y ésta, a la mía. Mamá ignoró los terrones que desmenuzaba en mis manos, y sin peros me llevó al siquiatra. El tipo trató de meterme en la cabeza que sufría de alucinaciones edípicas y no sé qué otras yerbas. Ante su fracaso, apeló a otro método: «Mirá piba, ¿sabés qué? Virgilio, sí existe, pero lo secuestré y lo recluí bajo siete llaves. Así que no vas a verlo nunca más, ¿entendiste?». Estuve semanas sin dormir, ni siquiera los sedantes que el alienista me aplicaba con fruición surtían efecto.
Una noche, mientras lloraba, Virgilio volvió a sentarse a los pies de mi cama.
―Repudio la violencia pero temía por vos ―dijo, y descubrí sus manos manchadas de sangre.

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viernes, 12 de agosto de 2011

En la niebla y con patente de corso


La revista cultural El Corso de agosto ha tenido la gentileza de publicar el texto En la niebla de un servidor. A los que no conocen el microcuento, los invito a leerlo; a los que sí, a que vuelvan a disfrutarlo (o padecerlo, según se mire); y a todos, a que le echen un vistazo a la revista.


Clic sobre la imagen para ver a pantalla completa.

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miércoles, 27 de julio de 2011

De trincheras y de esferas

La Esfera Cultural n3
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En el número 3 de la revista La Esfera Cultural, edición digital y en papel, han publicado mi microrrelato En una maldita trinchera, ilustrado especialmente para la ocasión. Pueden hallarlo en la página 21.


Muchas gracias a la ilustradora y a La esfera por su trabajo y selección.

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viernes, 17 de junio de 2011

Lazos

Habitación vacía



LE PROMETIÓ al niño que lo esperaría. Ahora, tras la muerte del pequeño, todas las noches los padres escuchan un débil lloro proveniente de su habitación. Ignoran que un amigo imaginario jamás rompe su palabra.



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