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miércoles, 28 de noviembre de 2018

Tras cuarenta días y cuarenta noches de lluvia



UN HOMBRE CALVO, que flotaba como un ahogado profesional, golpeó ayer a mi puerta. Supuse que la responsable era la corriente, aunque jamás existió corriente alguna en esta calle ni en ninguna otra. No respondí. A veces, pienso que tanta soledad me está volviendo loco; a veces, que debí de haberme ido con los demás…
Esta mañana, el hombre calvo regresó en compañía de una mujer, tres niños y un perro. Todos flotaban de maravillas. Rogué para que pasaran de largo, pero vinieron directamente hasta mi puerta. Y comenzaron a golpear.
—¡Vayan a la casa de al lado que tiene dos baños, tres cuartos para los chicos y hasta una cucha para el perro! —grité de repente, y los golpes cesaron.
Yo no creo en lo sobrenatural. La corriente —en la que sí creo, pese a que no existe—, por suerte, se llevó los cuerpos. Lo que verdaderamente me preocupa ahora son esas, veamos, una, dos, tres… diez familias que se acercan flotando derechito hacia mi puerta.
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miércoles, 31 de octubre de 2018

La carga



ANTE LA REPENTINA TEMPESTAD, el capitán ordena que aseguren la carga con cuerdas y que un hombre armado se sume al clérigo y la vigile. La misma consiste en una caja de tres metros de altura por uno cincuenta de ancho y de profundidad. Nadie sabe qué contiene. La abstraída presencia de aquel sacerdote, que camina alrededor de la caja mientras reza, no hace más que aumentar los rumores entre la tripulación. Algunos dicen que se trata de una reliquia sagrada; otros, de un artefacto demoníaco. Lo cierto es que hasta ahora había sido una travesía sin mayores contratiempos. Pero la tormenta ha puesto inusualmente nervioso al capitán, que maldice cada vez que las olas sacuden al barco y mojan su rostro. Bajo cubierta, entretanto, un marinero provisto con un fusil observa al religioso y le pregunta:
—Padre, ¿qué hay en la caja? —El hombre de fe se abstiene de responder y continúa rezando.
Entonces, el viento y las olas arrecian, y el barco no llega a escorar de milagro, pero las cuerdas se rompen o se sueltan y la caja cae hacia un costado. El clérigo se acerca y la ausculta.
—¡Gracias a Dios, continúa dormido! —exclama.
Y antes de que el marinero haga la pregunta obvia, una especie de rugido se impone en violencia a los truenos. Acto seguido, la caja se deshace en manos de aquel esperpento que mira al cura y al marinero y otra vez al cura.
—¿Dónde estamos? —quiere saber.
—En medio del mar, rumbo a Roma.
—¡Decidle a vuestra Excelencia que jamás volveré! —vocifera, y sacudiéndose de las alas los restos pétreos, mal camina hasta la cubierta y gana el cielo, que ya ha comenzado a despejarse.
Recién entonces se oye un disparo.
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sábado, 13 de octubre de 2018

Antes del mar



TODAS LAS TARDES, el anciano se sentaba frente al mar con una foto amarillenta, también de cara al mar, a su lado.
—Hace un poco de frío, Marta, pero el solcito está lindo, ¿no? —decía, y posaba una mano a forma de abrazo sobre la imagen.
A veces el viejo agarraba la foto y caminaba hasta el borde mismo del agua, porque según él, ella se lo pedía, y se quedaba allí, conversando con los recuerdos como un árbol conversa con los pájaros.
Yo, para descansar de mi hábito de correr, solía sentarme junto a la pareja. La primera vez que lo hice, el viejo se molestó y no me devolvió el saludo. Pero unos minutos después me dijo:
—Marta acaba de regañarme por maleducado. Disculpe usted. ¡Buenas tardes!
—¡Buenas tardes! —le volví a decir, sonriendo, y nos demoramos más de una hora charlando.
Cada tanto intervenía en la conversación Marta, que estaba al día con las noticias, ya que por las mañanas entre mate y mate el viejo le leía los diarios. Lo más curioso, no obstante, era que ella y yo coincidimos en nuestro gusto por Nino Bravo; gusto que, vale mencionarlo, heredé de mi abuela. Al cabo, cuando me puse de pie, el viejo me dijo:
—Marta quiere saber si mañana también puede detenerse un ratito a conversar… que a mí, dice, me hace bien.
Ese pedido desde la soledad me dio pena y no pude negarme.
Así, entre charla y charla, se nos fueron tres meses, hasta que el viernes pasado hallé al pobre viejo sin vida. Tenía una mano posada sobre la foto, pero en la foto, Marta, permítaseme la frase, brillaba por su ausencia. Entonces, perplejo, aparté la vista y descubrí a aquella pareja de jóvenes que, antes de meterse al mar, me saludaron afectuosamente.
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sábado, 1 de abril de 2017

Náufragos



A mi amado Duque
(25 de septiembre de 2011 – 1 de febrero de 2017)
CUANDO comenzaba a flaquear, vi el bote. Pensé que no había nadie a bordo, pero al tratar de subir un gruñido me contuvo. Un perro de respetables colmillos custodiaba el cuerpo de un hombre. Permanecí en el agua un rato más, hasta que el perro dejó de gruñir. Ya sobre lo seco, encontré varios bidones con agua; bebí con fruición, y el can apartó la cabeza del pecho de su amo. Vertí un poco en mi palma y se la ofrecí. Bebió con idéntica fruición; varias palmas. Luego me aproximé al hombre que, como supuse, estaba muerto. Acaricié la cabeza del perro y cubrí el cuerpo del difunto con una manta. Había en el bote algunas provisiones que tampoco dudé en compartir con mi nuevo amigo. Cuando éstas se acabaron, me las ingenié para pescar. A él le costó más que a mí acostumbrarse al sabor de la carne cruda. Podría decirse que pese a las circunstancias todo marchaba bien, a no ser por el hedor del cadáver. Una mañana, ya harta mi nariz, lo arrojé al mar. El perro me miró tristemente, bajó la cabeza y se lanzó tras su dueño. Cuando me rescataron, llevaba cinco días sin probar bocado.
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El presente texto ha recibido una mención en la primera propuesta anual del VI Certamen de relato corto para mesilla de noche, que organiza el sitio Esta noche te cuento.

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lunes, 12 de diciembre de 2016

Sueño de una tarde de otoño



CUANDO empecé a trabajar con mi padre en el bote, conocí a muchos pasajeros extraños, pero ninguno como aquéllos de una tarde de otoño. Primero aparecieron un par de pingüinos que, muy educadamente, solicitaron nuestro servicio. Mi padre aceptó cruzarlos siempre que pudieran pagar el pasaje.
—¿Y por qué no nadan? —quise saber mientras subían.
—¡No molestes a los señores! —me reprendió mi padre.
—Señor y señora —intervino la pingüina—, y tu pregunta, jovencito, no molesta. Lo cierto es que ya estamos grandes para esos menesteres.
—¡Ah! —dije yo, pero no por la respuesta, sino porque apareció de repente un elefante.
—¿Cuánto cuesta el pasaje? —dijo.
—Cien pesos, aunque no creo que el bote aguante —juzgó mi padre.
—¿Tiene seguro? —dijo el elefante.
—No.
—Yo tampoco. —Y su risa sonó como una andanada de artillería. Luego, guiñándome un ojo, agregó—: ¡Perdón! Lo cierto es que soy más liviano que una hoja. —Y acto seguido se subió al bote.
A mitad del río, una fuerte brisa levantó al elefante por los aires, pero, de un salto que casi nos puso a todos a nadar, alcancé a sujetarlo por la trompa.
—¡Gracias, muchas gracias! —repetía él sin cesar, y los pingüinos y yo, para su tranquilidad, completamos el viaje subidos a su lomo.
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jueves, 24 de noviembre de 2016

En una isla cualquiera



CAE la tarde, y Verónica encuentra otra botella en la playa. Dentro, como siempre, hay una carta. Mientras la extrae, anhela que esta vez vaya dirigida a alguna de las demás mujeres pero, al instante, reconoce la letra. Es de su esposo. Le cuenta que se siente solo, y que Carlitos la extraña y pide por ella. Verónica estruja el papel de igual manera que aquellas palabras estrujan algo en su pecho. Mira el horizonte como si fuera ciega, y luego escribe, en la misma hoja, que todavía no es tiempo, que tiene que ayudar a sus compañeras de infortunio, que algún día, pronto, marchará con ellos. Seguidamente, arroja la botella, cargada de mentiras, otra vez al mar. Y se acaricia las seis lunas de su vientre, sin saber si debe dar las gracias o maldecir por aquella noche de amor antes del naufragio.
Safe Creative #1611179847984

El presente texto llegó a las deliberaciones finales del pasado mes de octubre del «Microconcurso: La Microbiblioteca Esteve Paluzie».
Foto © Autor desconocido
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lunes, 9 de mayo de 2016

El vaso de leche



SE HABÍA hecho con el vaso de leche que alguien dejó a medio tomar en la mesa de una cafetería. A poco, acuclillado en la soledad del callejón, vio emerger de la leche un submarino.
Tras refregarse los ojos, el submarino no sólo persistía, sino que, seguidamente, descubrió al capitán y a otros marineros en la vela del mismo. Aquél, provisto de un megáfono, le solicitó detalles sobre el mar donde se encontraban.
Al informarse de lo del vaso de leche, el capitán dijo que por lo menos no habían ido a parar, como la última vez, al suplicio tropical de una sopa. Luego le dio las gracias y ordenó una pronta inmersión.
Él, con el vaso entre ambas manitos, se quedó largamente como una estatua. Recién al volvérsele el estómago chicharra, se atrevió, no sin pena de que los hombrecitos todavía anduvieran por ahí, a beber la leche.
Safe Creative #1604307350920

El presente texto llegó a las deliberaciones finales del mes de marzo, ¡pero del año 2012!, del «Microconcurso La Microbiblioteca».

miércoles, 13 de enero de 2016

Algo así



ERA LA HORA en que el mar baja y los cangrejos salen de sus escondites, cuando casi me tropiezo con un tipo enterrado en la arena hasta el cuello. Me acuclillé a su lado. Él le agradeció a Dios por mi aparición salvadora, pero al comprobar que yo no hacía nada, primero me injurió, y luego me prometió riquezas inimaginables. «Lo siento —le dije mientras me apartaba del paso de los cangrejos—, pero considere usted que, con seguridad, jamás tendré otra ocasión de ver algo así».
Safe Creative #1601136242921

El presente texto resultó 1º finalista del III Certamen de microrrelato “Realidad Ilusoria”, que organiza anualmente Miguel Ángel Page.
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martes, 7 de abril de 2015

Amanecer



HAY una mujer muerta sobre la arena, allí donde el mar y la playa se disputan los límites. Tendrá unos veinte años, y pese a las lesiones, aún es dolorosamente bella. Por pudor, he cubierto su desnudez con la manta que abrigaba mis hombros; pero he dejado al descubierto su cabeza…
Ávidos como leones, los ojos le persisten hacia el levante.
Quizás debería llamar a la policía. Quizás… pero me rehúso a que, además de todo, la priven de su último amanecer.
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lunes, 23 de febrero de 2015

Suspirar de alivio



A AQUELLAS primeras gotas sobre el espejo supuse que las había salpicado yo mismo, como de costumbre, mientras me cepillaba los dientes. Pero a aquellas otras que habían comenzado a mojarme la cabeza y el torso, no podía, obviamente, atribuirles dicho origen. Entonces levanté la vista hacia el cielo raso. Una muchedumbre de nubes grises y negras lo enmascaraba por completo. Atónito, y con el cepillo aún entre los dientes, me refregué los ojos. Al abrirlos, las nubes no sólo permanecían allí, sino que ahora dejaban caer una cortina de agua tenaz y gélida. Me enjuagué la boca y salí del baño escoltado por la lluvia. A medio camino de la puerta de calle, me sorprendió una letanía de relámpagos y truenos. Corrí el trecho que me faltaba, introduje la llave en la cerradura y procuré, una y otra vez, hacerla girar. Pero la llave se rompió, y al arrojarla al piso me percaté de que el agua me llegaba hasta las rodillas; y subía y subía. Desesperado, busqué el auxilio de las ventanas del living, el comedor, la cocina…
Una hora después, mientras me encontraba haciendo la plancha a escasos centímetros de las nubes, la lluvia cesó tan inesperadamente como había comenzado. Suspiré de alivio. Lo que aún no sabía era que el agua iba a demorarse una semana en bajar.
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domingo, 7 de diciembre de 2014

El mar espera



PESE a que el trasatlántico se halla a más de tres mil metros de profundidad, ni una sola gota de agua moja el interior del camarote 115. Y no se trata de que esté herméticamente cerrado, ya que sir Malcolm Whitaker, como todas las mañanas desde que zarparon de Southampton, lo abandona para tomar, por así decirlo, un poco de agua fresca sobre cubierta. El caso es que al abrir la puerta del camarote, el mar, tímido y respetuoso, permanece afuera.
Cuando el hombre regresa, la señora Whitaker le pregunta si ha vuelto a charlar con el capitán, si ha visto delfines escoltando a la embarcación, o si se ha dignado a pedirles a los pequeños que corretean por los pasillos que la visiten. Sir Malcolm Whitaker la besa tiernamente y satisface todas sus inquietudes, salvo la última. Pero esta mañana algo ha cambiado. El hombre, aún junto a la puerta, insta a los chiquillos a que entren; años se ha demorado en persuadirlos de que aquella mujer inmaculada es buena. Entonces la señora Whitaker adivina con sus manos las caritas de los niños muertos, y moja con sus lágrimas el piso del camarote.
El mar lentamente la acompaña.
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El presente texto ha resultado ganador del mes de noviembre próximo pasado (juntamente con otros dos micros) en el IV Certamen de relato corto para mesilla de noche que organiza el sitio Esta noche te cuento.
Foto: Camarote del RMS Titanic
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jueves, 17 de octubre de 2013

Capitán de mar y guerra



DE CHICO me gustaba encarnar al capitán de un submarino. Mi nave consistía en una vieja cama plegable que mamá me dejaba usar a condición de que no hiciera demasiado ruido a la hora de la telenovela. Una vez a bordo, desparramaba sobre el colchón partes de electrodomésticos inservibles: la pequeña bobina de un secador de pelo devenía en el motor diesel del submarino; el dial de una radio, en sonar; el cooler de una computadora, en el mecanismo propulsor… Como armamento, unas pilas hacían las veces de torpedos. Al divisar a los barcos enemigos —algunas cajas de fósforos—, las pilas se deslizaban rápidamente a través del océano de baldosas. Pero mi puntería no siempre era buena, y a cada fallo seguía una obligada inmersión y el estruendo de un sinnúmero de cargas de profundidad. Entonces mamá decía «Más bajito», y yo apagaba los motores y hacía silencio; hasta que sobrevenía el crujir del acero mientras el submarino se abismaba más y más. Recuerdo que en una ocasión me preguntó qué representaba ese sonido. Con aire trágico le respondí que era un canto fúnebre, ya que nos hundíamos sin remedio. Se acercó sonriente y, al tiempo que me tomaba en sus brazos, dijo «Yo te salvo». Enfadado, alegué que eso le restaba seriedad al juego y volví al submarino. Nunca supuse que años después, hostigado por el crujir auténtico del acero, iba a rogar por aquellos brazos salvadores de mamá.
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lunes, 6 de mayo de 2013

Ocasos



TRAS recorrer la línea costera descubrí que el mejor sitio para levantar una choza era una ensenada al otro lado de la isla. Reuní lo poco que salvé del naufragio y, en parte para ahorrar tiempo, en parte por mi afán exploratorio, escogí acortar camino por su interior.
Desde entonces pasaron varias semanas. La selva se ha vuelto rotunda e impenetrable y, toda vez que pienso en desandar el camino, lo único que hallo al mirar atrás es un desierto que se prolonga hasta donde muere el sol.
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martes, 27 de noviembre de 2012

Estrabón de Alejandría



EN UN ANTIGUO MANUSCRITO se cuenta que el sabio Estrabón de Alejandría, preocupado por las duras condiciones de trabajo de los remeros del Nilo, diseñó un artefacto que, según se lo describe, correspondería a una primitiva máquina de vapor. Durante la exposición del prototipo, al comprobar que la tarea que antes realizaban docenas de hombres se volvía del todo prescindible, los remeros destrozaron e incendiaron la embarcación.
El sabio Estrabón, autoexiliado en algún pueblo recóndito del Alto Egipto, murió a los pocos meses ―y conforme sugiere entrelíneas el manuscrito― de tristeza.
H. G. Bevaqua, Historia de las invenciones fuera de época, Toulouse, 1972
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jueves, 6 de septiembre de 2012

Sueño de una noche de verano



AL ABRIR la ventana del dormitorio para que ingrese aire fresco le llaman la atención las cortinas del departamento de enfrente. “Son azules como las aguas del mar”, dice, mientras una mujer joven y curvilínea las descorre un par de palmos. El hombre se alegra de no haber encendido la luz cuando instantes después la muchacha se aleja de la ventana, se desviste y comienza a peinarse parsimoniosamente en la cama. Tras un largo rato la mujer se levanta, abre los vidrios de la ventana y se queda de pie entre las cortinas que una imprevista racha de viento agita como si fueran olas. Su rostro ovalado se vela y se desvela en ese vaivén azul. Al fin el aire se amansa y ella mira hacia el departamento del hombre, sonríe y comienza a cantar. Su voz se le antoja a él poblada de madréporas, hipocampos y delfines. Absorto comienza a bracear.
Cuando la sirena enloquecida de una ambulancia ahoga momentáneamente aquel dulce canto, al hombre le parece distinguir —justo antes de llegar al fondo del mar— la cola de un pez entre las cortinas.
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El presente texto ha recibido en el mes de agosto pasado una mención en el 2º Certamen de relato corto... para mesilla de noche que organiza el sitio Esta noche te cuento.
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jueves, 21 de junio de 2012

Tradiciones



TOMÁBAMOS el té en la playa cuando mi señora dijo que había una caracola en el bolsillo izquierdo de mi saco y que allí dentro vivía una mujercita con la que sería feliz. Aquello me pareció tan absurdo que me quedé en silencio. No obstante ella se puso de pie, me dio un beso de despedida y se dirigió mansamente hacia el mar, donde la esperaba un octópodo gigante. Como buen caballero, iba a rescatarla en cuanto terminara mi taza, pero al contemplar a la linda y diminuta pelirroja, recordé que nunca hasta entonces había contradicho a mi esposa, por lo cual preferí —en defensa de nuestras costumbres— evitar el precedente.

jueves, 31 de mayo de 2012

La sirenita



LA SIRENITA, de largos cabellos que le llegan casi hasta la punta de la cola, juega con las cuentas de sus collares mientras observa al niño. Parado junto al castillo de arena a medio terminar, este le devuelve la mirada con la boca llena de silencio y el corazón sin riendas. De improviso, la sirenita le señala la caracola —en la que minutos antes el pequeño descargara todo el viento de sus pulmones— y le tiende las manos con las palmas hacia el cielo. Él comprende y le cede la caracola. Ella ríe y vuelve al mar. Cuando finalmente la pierde de vista, el chico se tumba sobre la arena y solloza. Entonces una niña, de largos cabellos que le llegan casi hasta los pies, le pregunta si puede ayudarlo a terminar el castillo.
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domingo, 22 de enero de 2012

Al garete


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CAMINABA pesadamente bajo el tórrido sol cuando apareció el barco. “Hombre en la arena”, gritó uno de los marineros. Poco después el capitán me pedía que lo acompañase a tomar el té. Indagó por la denominación de mi buque, sus características y las causas de la tragedia.
Nunca he sido partidario de la mentira pero decirle que me había caído de un camello durante una sorpresiva tormenta de arena me pareció descortés e inadecuado. No quería que el oficial creyese que le estaba tomando el pelo ni que el sol me había asado las neuronas. Gracias a Dios se tragó como un niño mis explicaciones.
Esa misma tarde, mientras paseaba por cubierta, adquirí noción de que me hallaba a bordo de un antiguo HMS. Discurría sobre las posibles implicancias de tal hecho cuando a lo lejos divisé un brillo en la arena. Al establecer que se trataba de un periscopio, dos veloces surcos ya se abrían paso en el desierto. No tuve tiempo de dar aviso. El primer impacto me sacudió desde el último de los huesos hasta el alma; el segundo, me arrojó por la borda.
Al disiparse el humo, sujeto a algún resto, descubrí el oasis. Por desgracia la corriente mar adentro era demasiado intensa en esa zona del desierto.

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lunes, 2 de enero de 2012

Splash



LLEVABA días perdido en el desierto cuando descubrió a la sirena sobre el promontorio. Sabía que se trataba de una ilusión, pero no pudo resistir el caminar hacia ella.
—Tengo sed —dijo la ninfa.
—No puedo darte mi agua. Tú eres sólo un espejismo —respondió él.
—Si no lo haces, jamás volveré a ver a mis padres.
El hombre, tras advertir la nostalgia y el rumor de olas diminutas en los ojos del prodigio, le ofreció la cantimplora con su última ración de vida.
La sirena bebió calmosamente, luego dijo:
—Más de cien hombres pasaron por aquí antes que tú, pero eres el primero que ha compartido su agua con un espejismo. Al hacerlo, se ha roto la maldición que me aprisionaba. —Y mientras saltaba del promontorio, agregó—: A diferencia de ellos, mereces vivir.
El chapuzón de la sirena, cuyo canto ese día se escuchó desde el lejano mar en todo el desierto, lo salpicó con el agua fresca y pura del oasis recién nacido.
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viernes, 12 de agosto de 2011

En la niebla y con patente de corso


La revista cultural El Corso de agosto ha tenido la gentileza de publicar el texto En la niebla de un servidor. A los que no conocen el microcuento, los invito a leerlo; a los que sí, a que vuelvan a disfrutarlo (o padecerlo, según se mire); y a todos, a que le echen un vistazo a la revista.


Clic sobre la imagen para ver a pantalla completa.

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