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sábado, 13 de abril de 2019

Elogio de la cordura



MI MUJER me despertó porque había escuchado ruidos en el desván. Sin dirigirle la mirada, le dije que seguramente eran producto de su imaginación, pero una retahíla de clacs, clacs, clacs se confabularon para desmentirme. No tuve más remedio que calzarme las pantuflas y seguir su concejo de hacerme con el palo de hockey del placar.
A poco de salir del dormitorio, caí en la cuenta de que nuestra casa carece de desván. Lo que, concatenadamente, me llevó a cuestionarme el uso de la palabra «nuestra», porque, aparte de vivir solo —y no practicar deporte alguno—, yo jamás tuve esposa. No obstante, al regresar a mi habitación, me preguntó por el origen de los ruidos. Tras observarla por vez primera, atiné a endilgárselos a una ventana mal cerrada, además de rezar en silencio para que ella fuese igual de consistente que aquel palo de hockey que aún persistía entre mis manos.
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El presente texto forma parte del libro «Brevedades. Antología argentina de cuentos re-breves» (Gardella, 2013, página 19).
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miércoles, 9 de agosto de 2017

Noche de naipes



—Treinta y dos —cacareé.
Y al tiempo que Felipe me respondía «Treinta y tres», entró un tipo corriendo al bar. Tenía la cara roja, los ojos saltones y la lengua afuera.  
—¡Cierren puertas y ventanas!... ¡Rápido!... ¡Por favor!... —vociferó.
—¡Cálmese, amigo! —le dijo Juan, el dueño del bar, mientras le tendía un vaso de ginebra—. Beba, y después cuéntenos qué le pasa.
El hombre narró que una especie de bestia lo había atacado y que venía tras él. Al Tata Brown se le escapó una sonrisita, y el tipo, sin mediar palabra, se desnudó el pecho. Tres surcos, como de garras, lo recorrían.
—Alguna que otra vez estuve con la Gladys... ¿Te acordás, Héctor? —me inquirió Marcos, guiñándome un ojo—. Te dejaba cada rasguñón la guacha…
—Me parece que nunca como éstos, Marquitos. ¡Mirá bien!
Marcos miró bien, se rascó la cabeza y silbó.
—¡Sí, tenés razón! Esto es otra cosa.
Entonces oímos un aullido, y Juan cerró la puerta.
—Ya es tarde —dijo.
Y tras un breve silencio, propuse llamar a la policía; pero el teléfono del boliche estaba roto, y un grupo de vejetes como nosotros no era precisamente partidario de los celulares. Avancé entonces con otras propuestas: curar al tipo, y echar cartas para determinar quién iría hasta la comisaría. Juan embebió una servilleta con aguardiente, se tomó un trago del pico de la botella, y después puso la servilleta sobre la herida del extraño. Por mi parte, mezclé las cartas, y no bien ofrecí el mazo para que tomaran una, Marcos dijo:
—¡Dejá! Voy yo.
Él era así, loquito pero valiente como un oso.
Por eso, cuando quince minutos después volvió al bar, blanco como un fantasma, para desplomarse frente a nosotros, supimos que algo andaba realmente mal. Felipe, que aún aferraba las cartas del treinta y tres en una mano, le tomó el pulso.
—Está muerto —lagrimeó.
—Y de miedo —añadió el borrachín de Lucas que, tambaleándose, se había acercado al grupo. Y aún dijo—: ¡Mírenle la cara! —antes de pedir un café doble con una pizca de coñac. Requerimiento que, lógicamente, cayó en saco roto.
—¿Y si esta vez sí echamos suerte? —dije para volver a romper el silencio.
Al poco, Felipe me entregó las cartas del envido y el dos de copas que lo expulsaba.
—¡Cuidame la mano hasta que regrese! —me dijo.
Jamás volví a saber de él. Me gusta pensar que aquella noche Felipe se marchó del pueblo, y que debe andar por ahí, en el bar de alguna gran ciudad, cantando envidos y trucos.
La cuestión era que sólo quedábamos cuatro parroquianos en el local, cuando propuse que aguardásemos, sin cometer ninguna otra osadía, la llegada del amanecer.
Entonces Juan marchó hasta la barra y sacó una escopeta.
—Nunca la usé —dijo—, pero esto se termina ya.
Poco después escuchamos un disparo, un gemido, como de perro apedreado, y un grito que sólo podía provenir de la boca de Juan, según dijo el Tata Brown. Íbamos a cerrar la puerta con llave y bajar la persiana, cuando la criatura entró como un torbellino sanguinolento en el bar. Y el Tata aún tuvo tiempo de exclamar «¡El chupacabras!», antes de que la bestia cayera sobre él. Entonces agarré una silla y se la partí al bicho en el lomo. Y luego otra, y otra. Y la bestia ya no volvió a levantarse.
—¡Bien hecho! —dijo el extraño, mientras apoyaba sobre mi hombro una mano que se transformó en garra.
Y de pronto me vi de espaldas al suelo, y sentí que me hendían el pecho como si fuera de papel. Y oí un disparo, y antes de desmayarme, alcancé a observar, como Juan, malherido, desde el vano de la puerta, remataba a la criatura.
Una semana después supe que los únicos sobrevivientes de aquella noche habíamos sido Lucas y yo. Pero la policía estaba interesada en conocer mi versión de los hechos, ya que habían desestimado la del borrachín.
—Ése se bebió hasta el perfume de la noche —dijo el comisario al tomarme la declaración, y entre risas, agregó—: ¡Chupacabras! ¡Lo único que nos faltaba!
Sonreí.
Desde entonces voy de pueblo en pueblo y de víctima en víctima, con el exborrachín de Lucas tras mis pasos. Lástima que, a diferencia de lo que sucede con los hombres lobos, para matar a un chupacabras no se requiera de algo tan romántico como una bala de plata.
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El presente relato ha sido publicado (páginas 88-90) en el número 2 de «La sirena varada, revista literaria bimestral», que lleva adelante la Editorial Dreamers, de México. La versión digital puede descargarse desde la web de dicha editorial.
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martes, 3 de enero de 2017

Litoral



En el número 262 de la revista «Litoral» (aquélla que naciera en tiempos de la generación del 27), dedicado a los trenes, ha aparecido publicado mi microrrelato «En la estación». La revista, que más que revista es un libro, hace un recorrido por la presencia del tren en el arte y la literatura. En palabras del director:
«Uno de los movimientos artísticos que surgieron en los años veinte propulsado por cineastas y documentalistas soviéticos fue el excentricismo y en su excéntrico manifiesto exclamaban: “Proponemos el estudio de las locomotoras… ¡Enseñaremos a querer la máquina!”.
Casi un siglo después esta revista con noventa años cumplidos se manifiesta de la misma manera, proponiendo un estudio de los ferrocarriles en el arte y la literatura, entendiendo que es la mejor manera de enseñar a querer la máquina…»
Agradezco a los editores de «Litoral» el haberme invitado a abordar (en la sección «Trenes fantásticos», página 206) el presente número. 


En la estación
A LAS TRES DE LA MAÑANA, una mujer salió del armario y me preguntó si faltaba mucho para que pasara el tren. Me quedé mudo, y ante mi descortesía, se metió de nuevo en el armario. No pude más que levantarme y abrir la puerta del mueble, correr para un lado y para otro las perchas, buscar en vano. A la madrugada siguiente, a la misma hora, la mujer reapareció y me hizo idéntica pregunta. En esta ocasión, tras observarla detenidamente —era pelirroja, de ojos grises, y tenía un lunar en el pómulo izquierdo—, atiné a decirle que no sabía, y volvió a marcharse. A la noche siguiente mudé el pijama por mi mejor traje y un ramo de flores. Puntualmente, la extraña salió del armario y formuló su acostumbrada consulta. Le reiteré que lo ignoraba, pero enseguida añadí que si yo fuera un tren, y ella aguardara mi paso, ni volando las vías lograrían retrasarme, y le entregué el ramo de rosas carmesí; entonces adornó su cabello con una de las flores y comenzamos a charlar. Durante varias semanas se continuaron nuestros encuentros al pie del armario: unas veces bailábamos; otras, organizábamos pícnics nocturnos; siempre reíamos. Una madrugada, imprevistamente, me reveló que su boleto vencía esa misma noche y que ya no volveríamos a vernos. Cabizbaja, me preguntó si la echaría de menos. Sonreí. Cuando la puerta del armario se cerró a nuestras espaldas aún alcanzamos a oír el silbato del tren en la lejanía.
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viernes, 20 de junio de 2014

Sentirse a gusto



ESTA MAÑANA el espejo del baño me informó que, pegadita a la mía, sobre la mejilla derecha, se me había instalado una segunda nariz. Como si aquel espejo estuviese descompuesto, apelé al resto de los que había en casa para que lo refutasen. Ninguno lo hizo. Furioso me sujeté la nueva nariz y tiré con todas mis fuerzas. No pude contener el grito. «¿Cómo se había incrustado tan firmemente en mi rostro?; ¿de dónde había venido?; ¿por qué tuvo que meterse conmigo?», me acosaban éstas y otras inquisiciones cuando vi que, empujada por la otra, mi nariz se desplazaba hacia la izquierda. A poco revalidé que, en efecto, la nariz foránea estaba desalojando impunemente de su lugar a la mía. Media hora le bastó para conseguirlo; al cabo de la cual la que fuese mi nariz se desprendió como una hoja. Alcancé a manotearla en el aire y, pese a lo vergonzante de su resistencia, la envolví amorosamente en un paño. En ese instante llamaron a la puerta.
La mirilla me reveló a una mujer que cubría su cara con un velo. Sin abrir, le pregunté qué deseaba.
—Vengo para hablar con mi nariz —dijo.
—No sé a qué se refiere —respondí.
—¡Por favor, no mienta; sé que está aquí! Mire —extrajo un papel de su cartera—, me dejó una carta en la que dice que ha hallado un rostro donde sentirse realmente a gusto y que, en caso de ponerme nostálgica, podía visitarla en esta dirección.
Me quedé mudo.
—¿No me diga que no llegó? ¿Y si le pasó algo? La calle es tan insegura para una nariz sola... ¡Ay, Dios mío, me muero!
—No, no se muera frente a mi puerta —dije mientras abría.
Al verme, vociferó:
—¡Ésa es mi nariz!
—Era —repliqué.
Cuando dejó de insultarme, le exigió a su nariz que volviese con ella, pero la susodicha se negó enfáticamente. Tuve miedo de que la mujer se decidiese por métodos violentos. Entonces me acordé de la nariz en el paño y le sugerí que se la probase.
—Siempre me habían dicho que mi exnariz era algo masculina —dijo mientras se estudiaba en el espejo.
—Siempre me habían dicho que mi exnariz era algo femenina —dije casi al mismo tiempo.
Nos reímos largamente y, aunque parezca mentira, en aquel momento recién comenzaba para nosotros la parte más importante de esta historia.
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Lectura en La Voz Silenciosa:

 

 En Google Books como parte de la antología Con un par de narices (edición de La Esfera Cultural).
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miércoles, 17 de julio de 2013

«Sin vacante», en la voz de Mar G. Mena




¡Gracias Puck por engalanar los microrrelatos de «De antología» con tu bella voz!
Sin vacante
REFLEXIONABA sobre dejarlo todo cuando hallé a un tipo pendiendo de la rama de un árbol. Se veía tan sereno y hermoso que le solicité permiso para ocupar un sitio a su lado. «Como guste», dijo, y no tardamos en hacernos amigos. Lo único que me molestaba era su extrema generosidad: con el devenir de los días el árbol se pobló de tanta gente que ya no pudimos compartir soledades. Decidí marcharme en busca de mi propio árbol, con la idea de admitir como máximo, y sólo para evitar que me tilden de egoísta, a uno o dos huéspedes. Pero pronto descubrí que ya no quedaban en el mundo árboles sin ahorcados.
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martes, 14 de mayo de 2013

De antología

Cuentos largos
¡Cuentos largos! ¡Tan largos! ¡De una página! ¡Ay, el día en que los hombres sepamos todos agrandar una chispa hasta el sol que un hombre les dé concentrado en una chispa; el día en que nos demos cuenta de que nada tiene tamaño, y que, por lo tanto, basta lo suficiente; el día en que comprendamos que nada vale por sus dimensiones —y así acaba el ridículo que vio Micromega y que yo veo cada día—; y que un libro puede reducirse a la mano de una hormiga porque puede amplificarlo la idea y hacerlo el universo!
Juan Ramón Jiménez
Si bien la minificción moderna nació a principios del siglo veinte, los primeros en llamar la atención sobre el género, y de alguna manera darle entidad, fueron Borges y Bioy al publicar, en 1953, su ya mítica antología Cuentos breves y extraordinarios. Luego Edmundo Valadés nos regalaría en 1970 su propio compendio: El libro de la imaginación. Un par de décadas más tarde, en 1990, Antonio Fernández Ferrer, con su La mano de la hormiga. Los cuentos más breves del mundo y de las literaturas hispánicas, le daría finalmente cabida al género en España. Desde entonces se han editado un sinnúmero de antologías dedicadas al microrrelato, atendiendo a los más diversos criterios de selección, pero casi siempre apoyadas en «autores consagrados» y con cierto afán historicista (salvo en el caso de las antologías devenidas de concursos —que revisten otro carácter, como el de la Microbiblioteca). Sin embargo, y creo no equivocarme al afirmarlo, hasta el momento no se había realizado una antología que reuniera a aquellos microrrelatistas (o al menos un buen puñado de ellos) que comenzaron a publicar sus minitextos en bitácoras personales a partir de la segunda mitad de la década pasada; dando origen a lo que algunos han definido como «generación blogger». Y nótese que dije «hasta el momento» porque el próximo 18 de mayo se presentará en Madrid De antología. La logia del microrrelato, una propuesta de la Editorial Talentura que le da voz en papel a dicha generación. Desde este punto de vista estamos en presencia de una antología que apuesta por el presente pero, sobre todo, por el futuro.
La edición, que estuvo a cargo de Rosana Alonso y Manu Espada, reúne a 69 microrrelatistas —muchos de ellos amigos del Elefante—, entre los que se halla, inexplicablemente, un servidor. Cabe acotar que todo lo referente al libro, como el listado de los autores, minisemblanzas y noticias varias, puede consultarse en «De antología», la bitácora que Talentura ha dispuesto para tal fin. Allí, entre otras 68, además podrán echarle un ojo a mi peculiar biografía.
Y como no podía ser de otra manera, la antología cuenta, por amabilidad de José Luis García, con un interesante booktrailer:


Por último decir que, previamente a la presentación de De antología, la excelente escritora Susana Camps, también de mano de Talentura, hará lo propio con su Viaje imaginario al Archipiélago de las Extinta. Una verdadera fiesta del microrrelato por partida doble.
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martes, 30 de abril de 2013

ENTS

Hace unos días me llegaron los libros del II Certamen de relato corto… para mesilla de noche. ¡Da gusto releer los textos en tan antiguo e inverosímil formato! El susodicho, intitulado Esta noche te sueño, se compone de 48 microhistorias —entre ellas la de un servidor— seleccionadas a lo largo de nueve meses y más de 1200 minis. Felicitaciones a todos los que la integran y especialmente a Jams por la iniciativa y su buen hacer. Sin más, les dejo la versión digital. ¡Disfrútenla!



jueves, 4 de octubre de 2012

La Microbiblioteca, antología



Hace pocos días, La Microbiblioteca efectuó la entrega de premios correspondientes al concurso que organizara desde octubre de 2011 hasta mayo de 2012. Ahora dicha institución acaba de publicar una antología (en papel y online) que contiene la totalidad de los textos ganadores y finalistas. Tengo la fortuna de que entre estos últimos figuren dos micros de mi autoría: «Un elefante sobre la cabeza» y «El vaso de leche».
Si las matemáticas no me fallan, el volumen reúne 69 textos pertenecientes a alrededor de 40 autores que constituyen una muestra interesante de lo que, quizás, ya podría llamarse la nueva ola de microrrelatistas (aunque se echan de menos muchos nombres, por supuesto).
Desde aquí felicito y dejo manifiesta mi alegría de compartir páginas con tantos amigos y conocidos como Mar Horno (ganadora de la categoría castellano con su soberbio «Los suicidas»), Susana Camps, Víctor Lorenzo, Esteban Dublín, Marina de la Fuente, Mónica Brasca, David Moreno, y un largo etcétera.
Queda hecha, pues, la invitación para que degusten la antología; no sin antes recordarles que La Microbiblioteca ya ha lanzado la II edición de su concurso. Suerte para todos.

jueves, 8 de marzo de 2012

Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia.



Alfonso Pedraza (compilador)
México, Ficticia, 2012.
119 pp.

El pasado 8 de febrero se presentó en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México el libro Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia, como parte de los festejos por los diez años de funcionamiento del taller de minificciones de La Marina de Ficticia. De dicha presentación participaron, además del creador del taller, Alfonso Pedraza, todos los ficticianos que han fungido como Coordinadores a lo largo de este tiempo.
«Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia, representa una década de trabajos del Taller de Minicuento de www.ficticia.com, conocido como La Marina. Estos textos han sido elegidos, primero, por un importante número de especialistas y escritores del mundo hispanoamericano de la minificción y, segundo, por los propios ficticianos, de entre 25 mil obras publicadas y trabajadas en red, lo que las ubica como los cien relatos brevísimos más populares de Ficticia, el portal de internet con mayor antigüedad dedicado al cuento contemporáneo en español. En este libro se dan cita 47 microrrelatistas de México, España, Argentina, Colombia y Francia que, con piezas de apenas unas cuantas líneas, son el mejor ejemplo del porqué la narrativa corta o ultracorta se ha ganado un lugar de privilegio en la literatura del siglo XXI».
Texto de la contratapa de Cien fictimínimos.
Entre los 47 autores mencionados se hallan la imponderable Lucía Díaz (presente Coordinadora y merced a la cual ha llegado hasta mis manos el libro), Elisa de Armas, José Manuel Ortiz Soto y Mónica Ortelli, además de un tal Gabriel Bevilaqua que ha tenido la fortuna de participar con cuatro textos (Despertares, Sin retiro, A la sombra de un sueño en flor y La sombra del alquimista).
En este punto, y pese a ser parte interesada, creo no equivocarme al asegurar que mucha de la buena minificción que se ha escrito, en la pasada década y en lo que va de la actual, ha salido de La Marina. Estos cien microrrelatos al menos así parecieran confirmarlo. Textos hilados al rumor de las aguas marineras cuya mayor riqueza deviene de la variedad de voces narrativas, de estilos y de enfoques. En suma, de la imaginación puesta al servicio de lo breve.
Para terminar, valga una pequeña muestra en la que me he tomado la libertad de incluirme.
 


Nota: los textos reproducidos son propiedad exclusiva de sus respectivos autores.
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miércoles, 27 de julio de 2011

De trincheras y de esferas

La Esfera Cultural n3
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En el número 3 de la revista La Esfera Cultural, edición digital y en papel, han publicado mi microrrelato En una maldita trinchera, ilustrado especialmente para la ocasión. Pueden hallarlo en la página 21.


Muchas gracias a la ilustradora y a La esfera por su trabajo y selección.

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lunes, 6 de junio de 2011

Una jornada con patente de corso

La jornada semanal, portada 848



Como manera de adherir a los festejos de los diez años del Taller de minificciones de Ficticia, el diario La Jornada de México, en su suplemento dominical La Jornada Semanal, ha publicado un verdadero festín de textos de ficticianos. Entre los mismos se encuentran reconocidos blogueros y amigos como Elisa de Armas, José Manuel Ortiz Soto, Patricia Nasello, Amélie Olaiz... y un servidor. No dejen de pasar a leer, les aseguro que degustarán suculentas joyitas.

Por otra parte acabo de recibir de la redacción de la revista El Corso, organizadora del I Premio de Microrrelatos El Corso, el siguiente mail:

«El jurado compuesto por el equipo y colaboradores de El Corso han estimado que, su cuento "Abracadabra", ha sido el mejor y el más original de todos los presentados, ¡¡¡Enhorabuena!!!».

¡Albricias!




Muchas gracias a todos: al Taller, al Doc Pedraza, al diario La Jornada, a la revista El Corso, y, por supuesto, a los lectores, sin los cuales no tendría ningún sentido hilvanar letras.
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