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jueves, 21 de marzo de 2019

En el pasillo



LA MANO DE ALEX abandonó la tibieza de las frazadas para apagar el despertador. «Un día de estos, se decía, voy a apagar el reloj, me voy a hundir nuevamente entre las frazadas y voy a seguir durmiendo; pero, agregó en un suspiro, no hoy.» Alex ganaba una miseria en su trabajo y no podía darse el lujo de perder el premio por presentismo. Sin esa plata, tendría que elegir entre dejar de pagar la luz o el gas, o quedarse cuatro o cinco días sin comer. Así que Alex se levantó como todas las madrugadas y combatió los restos del sueño, que aún después de lavarse la cara le persistía, con un café bien cargado. Eran las cuatro y ya estaba listo para patear las cinco cuadras hasta la parada del colectivo. Constató que el gas estuviera cerrado y abrió la puerta que daba al largo pasillo común que llevaba a la calle. Entonces lo vio. Había un león acostado en el pasillo. Cerró la puerta con un golpe y el animal levantó la cabeza. Alex se preguntaba si aquello sería un sueño, si inconscientemente había cedido a su deseo de faltar al trabajo. «¡Imposible!», exclamó. Necesitaba la plata y la única manera que tienen los pobres de conseguirla es partiéndose el lomo. Morosamente, Alex volvió a abrir la puerta. Sólo una luz del grosor de un libro flaco. El león estaba mirando hacia la puerta y lo vio. Ambos se vieron, se miraron a los ojos y se quedaron perplejos por un instante. Alex volvió a cerrar la puerta. «¿Se habrá escapado de algún circo?», se preguntó, al tiempo que sacaba el celular del bolsillo de la campera. No tenía señal. Miró la hora, las 4:07. Ocho minutos para patear cinco cuadras. Nada mal si saliese ahora, sorteara al león y ganara la calle. «¡La plata, la maldita plata!», resopló. Alex no quería perder el premio y quedarse sin gas o sin luz, y menos aún quedarse sin comer durante una semana. No eran opciones admisibles. ¡No! Así que volvió a abrir la puerta y observó con detenimiento. La fiera en realidad más que un león parecía una parodia de león: descarnado, roñoso, macilento. Y aunque sintió algo parecido a la pena, fue por la pala que le habían prestado hacía meses, junto a otras herramientas, para elaborar la mezcla y revocar la pieza. Esta vez abrió la puerta de par en par. Sin ambages. Llevaba el bolso de trabajo al hombro y la pala en una mano. Había pensado llevar la pala en alto pero enseguida se dio cuenta de que eso habría sido poner en guardia al animal. Entretanto, el león lo miraba de reojo. Alex comprobó que había suficiente espacio para pasar, bien pegadito a la pared, por el flanco derecho del felino. «Parece inofensivo», se dijo, como para darse valor. Y en efecto el león era inofensivo pero el hambre y los malos tratos lo empujaban. Lo habían empujado primero a escaparse del circo, luego a correr en vano tras un perro, y ahora a este pasillo donde desfallecía con la panza soldada al lomo y la boca seca como un desierto. Alex dio un paso y luego otro. Se afirmó de espaldas a la pared. Dio otro paso y de repente, junto a las patas del león, se detuvo. Un escalofrío le transitó la piel como una corriente eléctrica. Entonces se imaginó el recibo de sueldo sin el importe por presentismo. Y volvió a dar un paso y luego otro. Ya casi había sorteado el flanco del león cuando oyó lo que parecía la sombra de un rugido. Como pudo, la bestia se puso de pie; y Alex apretó el paso sin ofrecerle la espalda. El león en verdad estaba a punto de dejarse caer de nuevo al piso, sin ánimo ya de matar por primera vez, cuando Alex instintivamente levantó la pala, y algo recóndito, como el eco de la sabana, se despertó de pronto en el león. Y dio un paso y luego otro, y sacando fuerza de donde no la había, saltó sobre Alex. La pala, entonces, descendió certera y mortalmente sobre la cabeza del animal. Tan certera como la garra del león que a la par le cortó la garganta. Mientras Alex se desangraba, miró al animal, le acarició la desvaída melena, y aún alcanzó a pensar que ambos habían sido víctimas, no el uno del otro, sino de otra cosa.
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El presente relato ha sido publicado en el número 15 de «La sirena varada» (páginas 70-72), que lleva adelante la Editorial Dreamers, de México. La misma puede descargarse desde la web de dicha editorial.
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jueves, 27 de diciembre de 2018

El delicado asunto del tubo de dentífrico



UN DÍA mamá dijo que nuestra casa era un caos y que para revertir tal situación necesitábamos reglas claras. Que no hacer ruido al tomar la sopa, que no dejar entrar al perro a los dormitorios, que a las diez a la cama. Las reglas eran para todos y todos las obedecíamos a cara caída. Pero un día papá simplemente no pudo más. Agarró el tubo de dentífrico, lo apretó por la parte de arriba y nos alentó a que hiciéramos lo mismo. ¡Todo en presencia de mamá! Ella puso el grito en el cielo y, tras achacarle que era un mal ejemplo, le arrebató el tubo y el cepillo de las manos y vociferó:
—¡Acá nadie se lava los dientes si no acata las reglas!
Papá, imitándola en voz y movimientos, también vociferó:
—¡Las reglas, las reglas, todos deben obedecer las reglas o sucumbir!
Yo no sabía qué significaba sucumbir, supongo que Matías tampoco, pero a ambos nos causó tanta gracia que nos echamos a reír. Mamá se puso roja como un volcán en erupción y antes de que las palabras que mascullaba hallasen forma definitiva, papá nos dio un beso y se marchó a trabajar. Lo primero que mamá hizo entonces fue reacomodar el contenido del tubo apretándolo por debajo y observar que nos laváramos los dientes según las reglas. Lo segundo, fue una llamada telefónica.
Cuando a las siete y media papá volvió, no pudo entrar.
—¡Lo siento, cariño —le dijo mamá desde el primer piso y sacando la mitad del cuerpo fuera, al tiempo que meneaba una reluciente llave entre sus dedos—, pero la nueva regla es que quien desobedece las reglas se queda de patitas en la calle!
No sé qué me pasó entonces por la cabeza, pero cuando estaba a punto de lanzarme sobre mamá para darle un empujón, Matías apretó el tubo de dentífrico por arriba vaciando parte de su contenido sobre el parquet.
De la impresión, mamá se cayó por la ventana.
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miércoles, 12 de diciembre de 2018

Los árboles mueren de pie



CAMINO a paso de tortuga. No quiero ir al velorio pero Luciana insiste. «Era tu mejor amigo», dice. Y tiene razón. Hace una semana me había llamado para que nos reuniéramos a jugar al pool, como antes. Le dije que no podía, que tenía que levantarme temprano para llevar los chicos a la escuela. Mentí. Al colegio siempre los lleva Luciana. Me planto como una mula a una cuadra de la sala velatoria, y mi mujer dice: «No tengas miedo, voy a estar a tu lado». Ella está conmigo pero pudo haber estado con él. Hace veinte años jugamos unos partidos de pool que definirían nuestras vidas. Luciana nunca lo supo pero los dos andábamos atrás de ella. Nuestra amistad corría peligro. Dijimos: «El mejor de una serie a cinco partidos tiene vía libre con Luciana, el otro se hace a un lado». Sobra decir que estábamos medio borrachos, pero siempre fuimos tipos de palabra. Cuando metí la bola ocho, que ponía la serie tres a dos, él se quedó sereno e íntegro como un árbol, un poco emulando a la abuela de aquella obra que habíamos leído en el colegio «Los árboles mueren de pie». Luciana me tira del brazo. Yo me casé con ella, tuvimos tres hijos, somos felices. Él permaneció soltero. Y se distanció para no estorbar. El otro día me llamó para jugar al pool. «Un último partido», dijo. Le contesté que no podía. Mentí. Estaba enfermo y le restaban pocos días, supe después. Luciana me ayuda a traspasar el umbral. Pienso que si yo hubiese perdido la serie, me hubiera quedado soltero como él. Así la amábamos. Les damos nuestro pésame a los padres y nos acercamos al féretro. Lagrimeo. Luciana me consuela. Él me llamó para jugar al pool y yo le dije que no podía.
Mentí.
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jueves, 10 de mayo de 2018

Pociones



A VECES papá volvía a casa y a veces no. Mamá decía que necesitaba ayuda para ponerlo otra vez en vereda. No podía imaginarme a papá caminando por la calzada: él era un hombre prudente, que respetaba el tránsito. La cuestión es que mamá me hizo poner la ropa de salir y me dijo que íbamos a lo de una bruja. Yo no quería ir, pero, como papá me había dicho que debía cuidar de mamá cuando él no estuviese, la acompañé sin chistar. La verdad es que tenía miedo. Las brujas te pueden convertir en sapo y yo no conozco a ninguna princesa. Pero resultó ser una señora que, además de amable, era tan bonita como mamá. Hasta me dio un gnomo de plástico para que jugase mientras ellas conversaban. Mamá le dijo que estaba segura de que había otra, que le preparase uno de sus brebajes, que ya no podía seguir así. La bruja se retiró hasta una mesa llena de botellitas y comenzó a verter nerviosamente el contenido de algunas en una copa. Mamá seguía absorta sus movimientos. Entonces papá se asomó por la puerta que daba al resto de la casa y se puso blanco como un conejo. Yo iba a saludarlo, pero se llevó un dedo a la boca, y volvió a cerrar la puerta. Cuando la bruja terminó de llenar un frasquito con la poción, dijo:
—Ponéselo en el café o en el mate, cuando haya luna nueva.
Mamá asintió, le pagó, y luego me llamó a su lado. Yo le devolví el gnomo a la bruja, pero ella dijo que podía quedármelo, y me dio un beso relindo, como los que hacía tanto que mamá no me daba.
Entonces supe qué tipo de poción había ido a buscar papá.
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sábado, 1 de abril de 2017

Náufragos



A mi amado Duque
(25 de septiembre de 2011 – 1 de febrero de 2017)
CUANDO comenzaba a flaquear, vi el bote. Pensé que no había nadie a bordo, pero al tratar de subir un gruñido me contuvo. Un perro de respetables colmillos custodiaba el cuerpo de un hombre. Permanecí en el agua un rato más, hasta que el perro dejó de gruñir. Ya sobre lo seco, encontré varios bidones con agua; bebí con fruición, y el can apartó la cabeza del pecho de su amo. Vertí un poco en mi palma y se la ofrecí. Bebió con idéntica fruición; varias palmas. Luego me aproximé al hombre que, como supuse, estaba muerto. Acaricié la cabeza del perro y cubrí el cuerpo del difunto con una manta. Había en el bote algunas provisiones que tampoco dudé en compartir con mi nuevo amigo. Cuando éstas se acabaron, me las ingenié para pescar. A él le costó más que a mí acostumbrarse al sabor de la carne cruda. Podría decirse que pese a las circunstancias todo marchaba bien, a no ser por el hedor del cadáver. Una mañana, ya harta mi nariz, lo arrojé al mar. El perro me miró tristemente, bajó la cabeza y se lanzó tras su dueño. Cuando me rescataron, llevaba cinco días sin probar bocado.
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El presente texto ha recibido una mención en la primera propuesta anual del VI Certamen de relato corto para mesilla de noche, que organiza el sitio Esta noche te cuento.

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sábado, 18 de febrero de 2017

Ropa de estación



CON LA LLEGADA de los primeros fríos, te dirigís al armario y buscás en el segundo cajón aquel pulóver verde con filigranas de ositos.  Ponés el pulóver sobre la cama y sacás de otro cajón un par de medias gruesas de lana. Luego abrís la puerta con luna y pasás percha tras percha, hasta que das, debajo del guardapolvo, con la camisa leñadora que tanto le agrada. Finalmente, cuando la muda de ropa está completa, apagás la luz y salís de la habitación esbozando una leve sonrisa.
Durante días y más días la ropa persiste allí, intacta; como intacta persiste tu esperanza de que un día ya no la encuentres sobre la cama… Y que lo de la curva no haya sido más que un largo y triste sueño de invierno.
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jueves, 27 de octubre de 2016

Blusas



INÉS se compró una blusa igual a la mía. Dijo que era pura coincidencia y que la iba a estrenar para la fiesta de cumpleaños de nuestra mejor amiga. Pese a que le señalé que esa prenda no se correspondía con su figura alta y distinguida —¡tanto como una jirafa!— ni que combinaba con el color de sus ojos —¡saltones y amarillentos!—, ella no se resignó.
—En vez de los hermanos, vamos a parecer las hermanas corsas —gruñí.
Inés me festejó la ocurrencia con una risita en falsete y me subrayó que las blusas no eran iguales.
—La tuya es verde y la mía es azul. —Y arqueando las cejas, agregó—: ¡Verde!, vos siempre tan ecológica.
—¡Hasta aquí llegamos! —exploté—. ¡Ponete en mi lugar! ¡A mí estas cosas me dan vergüenza! Así que, aunque yo compré antes que vos la blusa, no la voy a usar; ¿sabés por qué?... Porque no voy a ir al cumpleaños.
Inés se puso seria.
—A mí también estas cosas me dan vergüenza, pero no te preocupés; la que no va a ir al cumpleaños soy yo.
Entonces nos miramos largamente sin mover un pelo, hasta que, entre lágrimas, convenimos que unos trapos no iban a interponerse en nuestra amistad. Ninguna de las dos iría al cumpleaños.
Sobra decir que ambas concurrimos a la fiesta con nuestras respectivas blusas. Lo que no sobra decir es que a la cumpleañera la blusa verde azulada que vestía no sólo le quedaba mejor que a nosotras, sino que, además, la coincidencia le provocaba auténtica y malsana alegría.
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Foto © Autor desconocido
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martes, 6 de septiembre de 2016

La venganza es un plato que se sirve frío



—BUENAS TARDES, soy Javier Brizzi —dijo el tipo apenas abrí la puerta.
—¡Vaya! —sonreí—, yo me llamó igual.
—Sí, pero yo soy el auténtico —repuso el otro, y con paso firme traspasó el umbral.
—¡Oiga! —protesté mientras él se arrellanaba en mi sofá preferido—. Si esto es una especie de broma, es de muy mal…
—Le doy diez minutos para que se marche, caso contrario lo haré sacar por la fuerza pública.
—¿Está usted chiflado? —vociferé—, ¡yo de aquí no me muevo!
A poco un par de policías comprobaban, documento mediante, que el intruso se llamaba Javier Brizzi; yo, en cambio, no podía encontrar mi DNI. Comenzaba a preocuparme cuando llegó mi mujer.
—¡Adriana, haceme el favor de decirles a estos caballeros quién soy yo! —rugimos al unísono ambos Javieres.
La mirada de Adriana se paseó por mi cara y por la del impostor, hasta que, al tomar conciencia de la situación, me sonrió de manera casi imperceptible.
—No sé quién es este señor —dijo, y entregándose a los brazos del otro, agregó—: ¡Pero éste es Javier Brizzi, mi marido!
—Supongo que ella nunca acabó de perdonarme —atiné a murmurar mientras me sacaban de la casa.

miércoles, 13 de enero de 2016

Algo así



ERA LA HORA en que el mar baja y los cangrejos salen de sus escondites, cuando casi me tropiezo con un tipo enterrado en la arena hasta el cuello. Me acuclillé a su lado. Él le agradeció a Dios por mi aparición salvadora, pero al comprobar que yo no hacía nada, primero me injurió, y luego me prometió riquezas inimaginables. «Lo siento —le dije mientras me apartaba del paso de los cangrejos—, pero considere usted que, con seguridad, jamás tendré otra ocasión de ver algo así».
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El presente texto resultó 1º finalista del III Certamen de microrrelato “Realidad Ilusoria”, que organiza anualmente Miguel Ángel Page.
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martes, 7 de abril de 2015

Amanecer



HAY una mujer muerta sobre la arena, allí donde el mar y la playa se disputan los límites. Tendrá unos veinte años, y pese a las lesiones, aún es dolorosamente bella. Por pudor, he cubierto su desnudez con la manta que abrigaba mis hombros; pero he dejado al descubierto su cabeza…
Ávidos como leones, los ojos le persisten hacia el levante.
Quizás debería llamar a la policía. Quizás… pero me rehúso a que, además de todo, la priven de su último amanecer.
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domingo, 28 de diciembre de 2014

Sesenta y siete



BEATRIZ se despierta muerta de frío y le pide a Víctor que se levante y ponga otra frazada. Éste se finge dormido, pero la mujer lo zamarrea y le dice que no se haga el sota, que mañana cumple años y que está deprimida. El hombre bufa, va hasta el placar y vuelve con la primera frazada que encuentra. Cuando se dispone a extenderla sobre la cama, Beatriz, cejijunta, alega:
―Ésa no, querido; que la fragata me hace soñar con naufragios. Mejor la que tiene cuadritos.
El marido esta vez no bufa, inspira; y marcha nuevamente hasta el placar. Retira una, dos, tres frazadas, hasta que da con la de a cuadritos. Mientras la tiende sobre la cama, Beatriz dice:
―Sabés que recién caigo en la cuenta de que al ser los cuadritos blancos y negros la frazada parece un tablero de ajedrez.
―¿Y? ―se atreve a preguntar el hombre.
―Que ahora que lo sé, seguramente voy a soñar con que juego al ajedrez, y para jugar al ajedrez hay que pensar y yo no quiero pensar mientras sueño. Mejor buscá una que no tenga motivos.
Víctor regresa con tres frazadas monocromas y dice:
―Éstas las usamos siempre y nunca te han hecho soñar…
Beatriz mira y remira, tamborilea con los dedos sobre su boca; al fin exclama:
―¡Querido, la verdad es que ya no tengo frío!
El hombre guarda las frazadas, se acuesta, y, antes de apagar la luz, sonríe. Mañana le va a pedir al repostero que, por primera vez, le ponga a la torta tantas velitas como años cumple su mujer.
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viernes, 10 de octubre de 2014

Spoiler



BEATRIZ se halla plenamente metida en la trama de la novela cuando una voz le rezonga:
―Vieja, a ver si aflojamos con la lectura y apagás la luz.
―Ya va, Víctor, cinco minutitos y termino.
―Eso mismo me dijiste hace media hora. No estarás leyendo esa novela para amas de casa… «Cincuenta sombras de Grey». ¡A tu edad! ―dice el anciano y ríe.
―No seas ridículo. Ya sabés que a mí me gustan las de detectives.
―Ah, yo no sé ―dice Víctor, y le arranca el libro de las manos; al devolvérselo, pondera―: Buena historia, pésima resolución…
―¡Si la leíste, no me contés nada! ―protesta Beatriz.
―… mirá vos que esa flacucha y desabrida del ama de llaves iba a ser la asesina del destornillador. ¡Por Dios!
Beatriz dice «¡Ay!», cierra el libro, se levanta. Cuando retorna, Víctor, socarrón, le inquiere:
―Vieja, ¿estás chinchuda?
―Para nada, querido ―le responde la mujer y, mientras deposita algo sobre la mesita de luz, agrega―: Te saqué un destornillador de la caja de herramientas; como vos nunca tenés tiempo para ajustar las bisagras de la ventana del living… ¿Te molesta?
―Al contrario, querida; me ahorrás trabajo ―dice Víctor, y traga saliva, y se emboza, y no duerme.
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viernes, 6 de diciembre de 2013

Páramo



A LA EDAD DE 83 AÑOS, Ezequiel Delgado está decidido a cometer un asesinato. Ignora de dónde le viene este oscuro deseo, pero sabe que no podrá descansar hasta que lo convierta en realidad. Para elegir a su víctima, ha hecho una lista de faltas, vicios y miserias; anotando junto a estos, según corresponda, el nombre de familiares y amigos de su misma generación. A la hora de sumar, el hermano de su esposa ostenta nueve puntos. El siguiente paso consiste en determinar el modus operandi del crimen. Por el reuma, descarta cualquier acción violenta. «Lo mejor será usar veneno —dice, y agrega entusiasmado—: Sí, veneno en el mate». Se levanta y llama por teléfono. Lo atiende la hija de su cuñado. Cuando le pide que le diga a Víctor que lo espera para compartir unos mates, la mujer lo insulta y corta. El viejo se queda pensativo, hasta que al fin se palmea la frente. «¡Mi cuñado se murió de un síncope el año pasado!», vocifera, al tiempo que una inquietud le recorre la piel como una serpiente. Vuelve a sentarse y repasa los nombres de sus otros candidatos. Pedro, Marta, Hilario… todos están muertos; incluso, Isabel, su esposa, que suma dos infidelidades, lo abandonó irreparablemente hace un par de semanas. Entonces, mientras se seca los ojos, se da cuenta de que ha incurrido en un pecado de omisión. Toma la lista y escribe —una y otra vez—: «Ezequiel Delgado». Sonríe. Y se va hasta la cocina para poner la pava a calentar.
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Hace exactamente un lustro nacía «El elefante funambulista». ¡¿Cómo ha crecido la criatura?!
   
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jueves, 17 de octubre de 2013

Capitán de mar y guerra



DE CHICO me gustaba encarnar al capitán de un submarino. Mi nave consistía en una vieja cama plegable que mamá me dejaba usar a condición de que no hiciera demasiado ruido a la hora de la telenovela. Una vez a bordo, desparramaba sobre el colchón partes de electrodomésticos inservibles: la pequeña bobina de un secador de pelo devenía en el motor diesel del submarino; el dial de una radio, en sonar; el cooler de una computadora, en el mecanismo propulsor… Como armamento, unas pilas hacían las veces de torpedos. Al divisar a los barcos enemigos —algunas cajas de fósforos—, las pilas se deslizaban rápidamente a través del océano de baldosas. Pero mi puntería no siempre era buena, y a cada fallo seguía una obligada inmersión y el estruendo de un sinnúmero de cargas de profundidad. Entonces mamá decía «Más bajito», y yo apagaba los motores y hacía silencio; hasta que sobrevenía el crujir del acero mientras el submarino se abismaba más y más. Recuerdo que en una ocasión me preguntó qué representaba ese sonido. Con aire trágico le respondí que era un canto fúnebre, ya que nos hundíamos sin remedio. Se acercó sonriente y, al tiempo que me tomaba en sus brazos, dijo «Yo te salvo». Enfadado, alegué que eso le restaba seriedad al juego y volví al submarino. Nunca supuse que años después, hostigado por el crujir auténtico del acero, iba a rogar por aquellos brazos salvadores de mamá.
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miércoles, 25 de septiembre de 2013

La rama



CUANDO era chico me gustaba jugar a espadas y dragones. Una rama larga y casi recta hacía las veces de espada y el viejo Spike, mi perro, interpretaba al malvado dragón. Con sus grandes ojos tristes de cocker spaniel me miraba correr a su alrededor, incitándolo a pelear, a lo que respondía con unos bostezos enormes que yo tomaba por bocanadas de fuego de las que apenas lograba escapar. Pero si había una parte de nuestras batallas que al viejo Spike le salía bien, era la de hacerse el muerto. Cuando lo tocaba levemente en la cabeza con mi espada, se ponía patas para arriba, sacaba la lengua y se quedaba… dormido. Un día, pese a mis lágrimas, el dragón ya no quiso volver a ser el viejo Spike; y mi papá y yo lo enterramos en el jardín, con la rama hecha trizas a su lado.
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domingo, 1 de septiembre de 2013

El arte de pender



EL SUICIDA vio en el segundo capítulo de un documental que, aquellos que eligen ahorcarse, terminan en ocasiones en vez de muertos, con las piernas rotas por atar la cuerda a un sostén inadecuado. Decidido a eludir tal circunstancia, recorrió la casa y, tras desechar el ventilador de techo, la claraboya del baño y el tablero de básquet en el patio —firme pero demasiado expuesto a las miradas de los vecinos—, halló en la buhardilla una viga capaz de resistir los músculos de un titán.
Como era de esperarse, el suicida abandonó este mundo con las piernas sanas, pero se hubiese ahorrado los cuatro días, nueve horas y veintiocho minutos que le demandó el proceso de no haberse perdido el primer capítulo del mencionado documental, aquel que discurría sobre la importancia de un buen nudo de horca.
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martes, 20 de agosto de 2013

Vitrinas



ENCIENDE un cigarrillo y observa como Laura descansa libre de ese gesto adusto que la acompañaba desde que la conoció. Fueron largos meses de no desistir en el cortejo, de hacerle notar que aún era una mujer completa, y que bajo ninguna circunstancia tenemos el derecho de cerrarle las puertas al corazón. Tan persuasivas habían sido sus palabras que llegó a sentir que, incluso él, finalmente hallaría en el amor la fuerza para derrotarse a sí mismo. Pero al vislumbrar recostada sobre la mesita de luz la pierna ortopédica, apaga con premura el cigarrillo y se viste. Luego observa a Laura por última vez y, mientras se abomina en silencio, recoge la pierna que llenará otra vitrina de su sala.
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jueves, 25 de abril de 2013

Oportunidades



COMO resulté ser idéntico a un magnate, me secuestraron por error. No obstante, la familia pagó el rescate sin chistar y me recibieron con los brazos abiertos tras la liberación. Pensé que aquel hombre tal vez había fallecido en un accidente y nadie lo sabía. Ambos hechos, concluí, habían coincidido fortuitamente. Me apena decir que rogué para que su cuerpo jamás apareciera. Pero la conciencia pudo conmigo, y una noche, tras hacer el amor, le confesé a la esposa que yo no era quién ella creía. Sonrió y me dijo:
―Lo que vos ignorás, es que ya no soportábamos al original.
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miércoles, 6 de marzo de 2013

De la invulnerabilidad de ciertos muros



CUANDO comenzó el asedio de nuestra ciudad, nos reímos al ver cómo las catapultas del enemigo tensaban sus músculos repetida e inútilmente. Pensábamos que pronto se cansarían. Desde entonces han pasado un par de años y ante cada nuevo ataque ya nadie esboza siquiera una sonrisa.
Algunos valientes caballeros le piden al rey desentumecer espadas y almas a campo abierto, solo para sumarle a este encierro la lobreguez de las mazmorras.
Otros, menos estúpidos, preferimos observar con relativa esperanza cómo el enemigo progresa en la construcción de una descomunal catapulta.
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viernes, 1 de febrero de 2013

La cita



ÉL la esperó una hora, un día, una semana, un mes, un año, un lustro, una década, un siglo; cuando finalmente ella llegó, él sólo se limitó a decirle: «Lo siento, pero no puedo amar a alguien que sea tan impuntual», y se marchó.
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