A mi amado Duque
(25
de septiembre de 2011 – 1 de febrero de 2017)
CUANDO
comenzaba a flaquear, vi el bote. Pensé que no había nadie a bordo, pero al
tratar de subir un gruñido me contuvo. Un perro de respetables colmillos
custodiaba el cuerpo de un hombre. Permanecí en el agua un rato más, hasta que
el perro dejó de gruñir. Ya sobre lo seco, encontré varios bidones con agua;
bebí con fruición, y el can apartó la cabeza del pecho de su amo. Vertí un poco
en mi palma y se la ofrecí. Bebió con idéntica fruición; varias palmas. Luego
me aproximé al hombre que, como supuse, estaba muerto. Acaricié la cabeza del
perro y cubrí el cuerpo del difunto con una
manta. Había en el bote algunas provisiones que tampoco dudé en compartir con
mi nuevo amigo. Cuando éstas se acabaron, me las ingenié para pescar. A él le
costó más que a mí acostumbrarse al sabor de la carne cruda. Podría decirse que
pese a las circunstancias todo marchaba bien, a no ser por el hedor del
cadáver. Una mañana, ya harta mi nariz, lo arrojé al mar. El perro me miró
tristemente, bajó la cabeza y se lanzó tras su dueño. Cuando me rescataron,
llevaba cinco días sin probar bocado.
El presente texto ha recibido una mención en la primera propuesta anual del VI Certamen de relato corto para mesilla de noche, que organiza el sitio Esta noche te cuento.
.
