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martes, 31 de julio de 2018

No hay cielo que de impoluto azul dure cien años



MI VECINO «tiene» por mascota un elefante. Todas las tardes se engalana con sus mejores prendas para sacarlo a pasear por el vecindario. Yo, sobra decirlo, nunca he visto al elefante, pero le sigo la corriente para no entrar en discusiones innecesarias. Por ejemplo, la semana pasada me dijo:
—Le queda bonito, ¿no?
—Sí —le respondí.
—Usted también debería usar uno.
—Le parece.
—Claro, hombre, anímese.
Jamás supe de lo que estábamos hablando. Lamentablemente, no hay cielo que de impoluto azul dure cien años. Esta mañana mi vecino golpeó a la puerta.
—Mi elefante —dijo— se ha subido a su techo.
Sonreí y le contesté:
—Seguro que después se baja.
—No lo creo, dice que usted lo invitó a quedarse todo el tiempo que desee.
—Mire —suspiré antes de aventurarme entre espinas—, ahí arriba no hay ningún elefante, usted lo sabe, ¿no?
Mi vecino se puso blanco.
—Y yo que creía que éramos amigos —dijo, y comenzó a caminar de un lado para el otro—. ¡Ya sé lo que pasa! —gritó de repente—. ¿Cómo no me di cuenta antes?... Usted siempre quiso adueñarse de mi elefante. ¡Lo voy a denunciar! —Y girando sobre sí mismo se marchó a toda prisa.
—¡Uf! —bufé—, con las ganas que tengo de lidiar con un loco en la comisaría.
—¡Quédese tranquilo!, no lo va a denunciar, es pura espuma —dijo una voz desde el techo, justo antes de que éste se desplomara. Poco después, la misma voz, ya de cuerpo presente, gemía—: ¡Ay, ay, ay! ¡Maldito sea usted y su casa! ¡Ay, ay, ay!
—De cajón me como, no una, sino dos denuncias —murmuré totalmente resignado.
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sábado, 30 de junio de 2018

Espejos



EL HOMBRE se para frente al espejo, se corre hacia un lado y hacia otro, intensifica la mirada, como si esperase un milagro, y vuelve, como todas las noches, a bufar. De repente, la esposa entra y le pregunta:
—¿Estás bufando?
—Sí, querida; hacer el nudo de la corbata nunca va a ser uno de mis puntos fuertes —improvisa, da una última mirada al espejo, y agrega—: Ya tengo que irme.
—¡Ay!, ¿cuándo te van a cambiar de horario?
—Un día de éstos.
Ella extiende una mano y él se acerca, se abrazan y se besan.
—¡Un día de éstos! —repite, y se dirige hacia la puerta de calle, la abre y la cierra, pero no sale.
Cuando la mujer se retira al dormitorio, él, sigilosamente, hace lo propio al jardín y se transforma. Entre aleteo y aleteo, siente que aún no tiene corazón para confesarle la verdad, y, menos aún, para pedirle que se convierta.
Ella, entretanto, toma un libro escondido bajo la cama, y piensa que será la mujer más feliz del mundo cuando él se atreva a decirle la verdad, la convierta, y ya no deba fingir que es tan ciega como los espejos.
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martes, 27 de junio de 2017

La chica del paraguas



A LA HORA de la siesta, la ciudad era un horno. Y yo me estaba cocinando en la esquina de Lavalle y Belgrano, cuando vi que una chica venía caminando hacia mí con un paraguas abierto. Con este sol eso no tendría nada de extraño, si no fuera por el hecho de que llovía dentro del paraguas. Era una lluvia tenue, de esas que mojan al cabo de un rato.
—¿No sabés si ya pasó el 223? —me preguntó.
—Debe pasar en cualquier momento —demoré en responder.
La chica giró una perilla en el mango del paraguas y la lluvia se incrementó de manera considerable. Se la veía tan a gusto que dolía.
—¡Qué sol para esta esquina sin sombra! —dije chambonamente al tiempo que me secaba el sudor de la cara.
—Si no te importa mojarte… —me susurró la chica, haciéndome un lugar bajo el paraguas.
Y de repente oí mi nombre como un eco lejano, y sentí que me zamarreaban y que me palmeaban las mejillas. Era la impuntual de mi novia.
—¡Estás empapado!, ¿qué te pasó? —dijo.
—No le pregunté cómo se llamaba —atiné a contestar.
—¿Cómo se llamaba quién?
—¡La chica del paraguas! —exclamé, mientras la observaba ascender, completamente seca, al 223.

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lunes, 12 de junio de 2017

La ordenanza



UNA MULTITUD se había reunido al pie de un par de edificios. No soy hombre de seguir los hábitos de las multitudes, pero me detuve y levanté la cabeza a imitación de mis congéneres. Un tipo, paraguas en mano, recorría sobre un alambre la distancia entre ambos edificios.
—¡Pobrecito! —exclamó una mujer a mi lado—. Ya llegó la policía.
—Sí, me temo que va a ir preso —dije.
—¿Ir preso?... ¡No! ¡Le van a cortar la cuerda!
—¿De qué está hablando usted?
—La ordenanza 9083, en su artículo 56, inciso C, dicta que: «Nadie usará los edificios para caminar sobre un alambre, so pena de cortársele, en pleno uso del mismo, el susodicho alambre».
—¡Eso es una locura!
—Así son nuestros concejales, caballero; siempre tan atentos a las necesidades de la comunidad. —Y levantando los brazos, agregó:— ¡Mire! ¡Qué rapidez cuando quieren!
Puse una mano en visera y observé que, efectivamente, uno de los policías se disponía a cortar el cable.
—¡Hay que hacer algo! —grité.
—¿Pero qué? —dijo la mujer mientras se persignaba.
Entonces la cuerda ganó el vacío y fue a parar, como un latigazo, sobre la cara del otro edificio; pero el hombre permaneció allí, flotando en el aire, riéndose de la autoridad, hasta que, tras hacernos una gentil reverencia, cerró el paraguas y se dejó caer lentamente hacia el cielo.
La multitud vitoreó al funambulista, yo invité a mi interlocutora a tomar un café, y, claro está, los concejales derogaron, aquel mismo día, la ordenanza 9083.

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lunes, 12 de diciembre de 2016

Sueño de una tarde de otoño



CUANDO empecé a trabajar con mi padre en el bote, conocí a muchos pasajeros extraños, pero ninguno como aquéllos de una tarde de otoño. Primero aparecieron un par de pingüinos que, muy educadamente, solicitaron nuestro servicio. Mi padre aceptó cruzarlos siempre que pudieran pagar el pasaje.
—¿Y por qué no nadan? —quise saber mientras subían.
—¡No molestes a los señores! —me reprendió mi padre.
—Señor y señora —intervino la pingüina—, y tu pregunta, jovencito, no molesta. Lo cierto es que ya estamos grandes para esos menesteres.
—¡Ah! —dije yo, pero no por la respuesta, sino porque apareció de repente un elefante.
—¿Cuánto cuesta el pasaje? —dijo.
—Cien pesos, aunque no creo que el bote aguante —juzgó mi padre.
—¿Tiene seguro? —dijo el elefante.
—No.
—Yo tampoco. —Y su risa sonó como una andanada de artillería. Luego, guiñándome un ojo, agregó—: ¡Perdón! Lo cierto es que soy más liviano que una hoja. —Y acto seguido se subió al bote.
A mitad del río, una fuerte brisa levantó al elefante por los aires, pero, de un salto que casi nos puso a todos a nadar, alcancé a sujetarlo por la trompa.
—¡Gracias, muchas gracias! —repetía él sin cesar, y los pingüinos y yo, para su tranquilidad, completamos el viaje subidos a su lomo.
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jueves, 10 de noviembre de 2016

Tres hombres y un violonchelo



—¡PAPÁ, hay tres hombres en el living abrazados a un violonchelo! —dice mi hija al irrumpir como un torbellino en la biblioteca.
—Eso no es posible, Alicia, nosotros no tenemos instrumentos musicales —le respondo sin apartar la vista de mi lectura.
—¡Yo que sé!... ¡Lo habrán traído ellos!
Doy vuelta la página y acaricio a Georgie.
—Ya veo; de todos modos, no recuerdo haber invitado a nadie —de repente, alarmado, levanto la vista—. ¿Qué te dije sobre nunca abrir la puerta a extraños?
—¡Yo no le abrí la puerta a nadie, papá! —protesta Alicia con gesto ceñudo—. ¡Pero deberías preguntarles qué desean!
Georgie me mira y se reacomoda perezosamente en mi regazo.
—Dejame que termine este capítulo —le digo enseñándole un volumen respetable de páginas—, y después les pregunto.
Molesta, Alicia gira sobre sí misma y se marcha a grandes zancadas.
—¡Ay, estos niños de hoy! —exclamo, y tras retomar mi lectura, escucho las primeras notas de la Suite nº 1 en sol mayor de Bach.
—Georgie, lo que de verdad me desconcierta no es la música, ya sabemos lo vívida que puede llegar a ser la imaginación de mi hija; sino el hecho de por qué se habrá figurado que eran necesarios tres hombres para tocar un violonchelo.
—Cuestión de compatibilidades, mi estimado; según de qué humor esté el instrumento, lo toca uno o el otro o el otro —dice Georgie, todo sonrisa, antes de desaparecer por completo entre las páginas del libro.
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jueves, 27 de octubre de 2016

Blusas



INÉS se compró una blusa igual a la mía. Dijo que era pura coincidencia y que la iba a estrenar para la fiesta de cumpleaños de nuestra mejor amiga. Pese a que le señalé que esa prenda no se correspondía con su figura alta y distinguida —¡tanto como una jirafa!— ni que combinaba con el color de sus ojos —¡saltones y amarillentos!—, ella no se resignó.
—En vez de los hermanos, vamos a parecer las hermanas corsas —gruñí.
Inés me festejó la ocurrencia con una risita en falsete y me subrayó que las blusas no eran iguales.
—La tuya es verde y la mía es azul. —Y arqueando las cejas, agregó—: ¡Verde!, vos siempre tan ecológica.
—¡Hasta aquí llegamos! —exploté—. ¡Ponete en mi lugar! ¡A mí estas cosas me dan vergüenza! Así que, aunque yo compré antes que vos la blusa, no la voy a usar; ¿sabés por qué?... Porque no voy a ir al cumpleaños.
Inés se puso seria.
—A mí también estas cosas me dan vergüenza, pero no te preocupés; la que no va a ir al cumpleaños soy yo.
Entonces nos miramos largamente sin mover un pelo, hasta que, entre lágrimas, convenimos que unos trapos no iban a interponerse en nuestra amistad. Ninguna de las dos iría al cumpleaños.
Sobra decir que ambas concurrimos a la fiesta con nuestras respectivas blusas. Lo que no sobra decir es que a la cumpleañera la blusa verde azulada que vestía no sólo le quedaba mejor que a nosotras, sino que, además, la coincidencia le provocaba auténtica y malsana alegría.
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Foto © Autor desconocido
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viernes, 14 de octubre de 2016

Las maletas



—LLEVO una mujer dentro de la maleta —dijo el hombre al tomar asiento a mi lado en la estación ferroviaria.
—Y yo llevo en la mía un elefante —le respondí.
—No, en serio —insistió—, llevo una mujer, pero confieso que me hizo gracia lo del elefante.
—La mentira no figura entre mis pasatiempos —le previne secamente.
—¡Disculpe! Sólo que un elefante… por la cuestión del tamaño… usted me entiende, ¿no?
—Mi maleta adapta cualquier cosa a su tamaño —argüí.
El tipo se quedó pensativo.
—¿Y por qué lleva una mujer en su maleta? —quise saber.
—¡Para ahorrar!, pero no se preocupe, esta chica es contorsionista.
—¿Esta chica? Creí que se trataba de su mujer.
—¡Qué va! Sólo somos compañeros del circo —dijo, y atusándose el bigote, agregó—: Si su maleta es como dice, quizá pudiera hacernos un lugar.
—Mire —sonreí—, mejor le pago el boleto.
Los ojos de mi interlocutor brillaron con malicia.
—¡Sabía que bromeaba! —gruñó.
—¡Tanto como usted! —repliqué.
El hombre demudó su cara, se puso de pie y abrió la maleta. Para mi sorpresa, una bella joven salió de la misma. Sin vacilar, le di al tipo el dinero para los pasajes y me quedé conversando con la contorsionista. Había química. Entonces abrí mi maleta, saqué al elefante y la invité a entrar. Cuando el hombre regresó, el elefante le dijo:
—Llevo una pareja de tortolitos dentro de la maleta.
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martes, 6 de septiembre de 2016

La venganza es un plato que se sirve frío



—BUENAS TARDES, soy Javier Brizzi —dijo el tipo apenas abrí la puerta.
—¡Vaya! —sonreí—, yo me llamó igual.
—Sí, pero yo soy el auténtico —repuso el otro, y con paso firme traspasó el umbral.
—¡Oiga! —protesté mientras él se arrellanaba en mi sofá preferido—. Si esto es una especie de broma, es de muy mal…
—Le doy diez minutos para que se marche, caso contrario lo haré sacar por la fuerza pública.
—¿Está usted chiflado? —vociferé—, ¡yo de aquí no me muevo!
A poco un par de policías comprobaban, documento mediante, que el intruso se llamaba Javier Brizzi; yo, en cambio, no podía encontrar mi DNI. Comenzaba a preocuparme cuando llegó mi mujer.
—¡Adriana, haceme el favor de decirles a estos caballeros quién soy yo! —rugimos al unísono ambos Javieres.
La mirada de Adriana se paseó por mi cara y por la del impostor, hasta que, al tomar conciencia de la situación, me sonrió de manera casi imperceptible.
—No sé quién es este señor —dijo, y entregándose a los brazos del otro, agregó—: ¡Pero éste es Javier Brizzi, mi marido!
—Supongo que ella nunca acabó de perdonarme —atiné a murmurar mientras me sacaban de la casa.

miércoles, 22 de junio de 2016

La parada



UN TIPO va y viene delante de mi ventana, situación que no sería llamativa si yo no viviera en un décimo piso.  De repente el tipo se detiene, mira hacia adentro y golpea en el cristal. Me hago el distraído, pero su insistencia me derrota.
—¿Ya pasó el ómnibus? —me pregunta.
—Mudaron la parada hace un mes —le respondo como para sacármelo de encima.
—No puede ser, el viernes tomé aquí mismo el de las once y cuarto.
Iba a asegurarle que se habría confundido con la parada del edificio de la otra cuadra, cuando una mujer nos interpela:
—Caballeros, ¿ésta es la parada del 218?
—Sí, señora —le responde el otro, sonriendo.
—¿Ya pasó?
—Mire usted, eso es precisamente lo que le preguntaba al señor.
Los dos me miran como si yo fuera una especie de profeta.
—Creo que… —y me quedo con el «no» en la boca al descubrir que se aproxima el 218.
—¡Adiós y gracias! —me dice sardónicamente el hombre tras subir al ómnibus, en cambio, la mujer no me dice nada. «Mal educada», susurro.
Y cuando me dispongo a cerrar la ventana, una chica punk, dos policías y una monja me preguntan casi al unísono:
—¿Ésta es la parada del 218?
—Sí —les digo, resignadamente—. Pero recién acaba de pasar.
—¡Ay, qué pena! —suspira la monjita—, ya no me dan las piernas ni para estar de pie.
Los policías me miran con gesto ceñudo y no me queda más remedio que sacar una silla a la cornisa.
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domingo, 10 de mayo de 2015

El viejo y la arena



UN HOMBRE hace footing en la playa cuando se topa con un viejo pescador que ha lanzado el sedal de su caña en la arena.
—Abuelo —dice el corredor esbozando media sonrisa—, ¿están picando?
—Todavía no, hijo —responde el viejo, arrellanándose sobre su cobija.
El hombre sonríe abiertamente.
—Tal vez debería intentarlo en el mar.
—Tal vez… pero de acá nunca me voy con las manos vacías —arguye el viejo, y mientras el hombre se aleja, añade—: ¡Hijo, aunque pensés que me falta algún tornillo, andá con cuidado; estas arenas suelen ser peligrosas!
—Claro, abuelo; ¿será que son movedizas? —dice el corredor soltando una carcajada.
El viejo, cariacontecido, se pone de pie pero sin salirse de su cobija; y, a la par que siente que un pez ha picado, contempla cómo una aleta surca vertiginosamente la arena tras los pasos del hombre que aún ríe.
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domingo, 28 de diciembre de 2014

Sesenta y siete



BEATRIZ se despierta muerta de frío y le pide a Víctor que se levante y ponga otra frazada. Éste se finge dormido, pero la mujer lo zamarrea y le dice que no se haga el sota, que mañana cumple años y que está deprimida. El hombre bufa, va hasta el placar y vuelve con la primera frazada que encuentra. Cuando se dispone a extenderla sobre la cama, Beatriz, cejijunta, alega:
―Ésa no, querido; que la fragata me hace soñar con naufragios. Mejor la que tiene cuadritos.
El marido esta vez no bufa, inspira; y marcha nuevamente hasta el placar. Retira una, dos, tres frazadas, hasta que da con la de a cuadritos. Mientras la tiende sobre la cama, Beatriz dice:
―Sabés que recién caigo en la cuenta de que al ser los cuadritos blancos y negros la frazada parece un tablero de ajedrez.
―¿Y? ―se atreve a preguntar el hombre.
―Que ahora que lo sé, seguramente voy a soñar con que juego al ajedrez, y para jugar al ajedrez hay que pensar y yo no quiero pensar mientras sueño. Mejor buscá una que no tenga motivos.
Víctor regresa con tres frazadas monocromas y dice:
―Éstas las usamos siempre y nunca te han hecho soñar…
Beatriz mira y remira, tamborilea con los dedos sobre su boca; al fin exclama:
―¡Querido, la verdad es que ya no tengo frío!
El hombre guarda las frazadas, se acuesta, y, antes de apagar la luz, sonríe. Mañana le va a pedir al repostero que, por primera vez, le ponga a la torta tantas velitas como años cumple su mujer.
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viernes, 10 de octubre de 2014

Spoiler



BEATRIZ se halla plenamente metida en la trama de la novela cuando una voz le rezonga:
―Vieja, a ver si aflojamos con la lectura y apagás la luz.
―Ya va, Víctor, cinco minutitos y termino.
―Eso mismo me dijiste hace media hora. No estarás leyendo esa novela para amas de casa… «Cincuenta sombras de Grey». ¡A tu edad! ―dice el anciano y ríe.
―No seas ridículo. Ya sabés que a mí me gustan las de detectives.
―Ah, yo no sé ―dice Víctor, y le arranca el libro de las manos; al devolvérselo, pondera―: Buena historia, pésima resolución…
―¡Si la leíste, no me contés nada! ―protesta Beatriz.
―… mirá vos que esa flacucha y desabrida del ama de llaves iba a ser la asesina del destornillador. ¡Por Dios!
Beatriz dice «¡Ay!», cierra el libro, se levanta. Cuando retorna, Víctor, socarrón, le inquiere:
―Vieja, ¿estás chinchuda?
―Para nada, querido ―le responde la mujer y, mientras deposita algo sobre la mesita de luz, agrega―: Te saqué un destornillador de la caja de herramientas; como vos nunca tenés tiempo para ajustar las bisagras de la ventana del living… ¿Te molesta?
―Al contrario, querida; me ahorrás trabajo ―dice Víctor, y traga saliva, y se emboza, y no duerme.
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domingo, 27 de enero de 2013

Fábula para los días sin sol



EL MAGO extrajo una trompa larga y gris de la chistera, la trompa de un elefante. Atónito, intentó sacar al resto del paquidermo pero comprobó que este se resistía. Entonces, sin soltar el apéndice nasal, se asomó a la boca del sombrero e increpó al animal para que saliese.
—Lo siento —dijo el elefante—, al ver su mano le tendí la trompa porque creí que me estaba saludando. Pero entienda usted que me resulta imposible complacerlo.
—¿Por qué?
—Mire, por lo que olfateo, ahí afuera hay mucha gente y me da vergüenza aparecerme así, de improviso, tan despeinado y sin corbata.
—¡Esas cosas no le importan a los niños!
—¿Niños? Nunca vi uno. ¿Cómo son?
—Son como el resto de la gente aunque pequeñitos de cuerpo.
El elefante se quedó pensativo.
—Sin embargo los niños tienen una particularidad... aunque de seguro a usted eso no le interesa.
—¿Cuál? —dijo el paquidermo con los ojillos redondos como monedas.
—Los niños, a diferencia de sus mayores, creen que se puede sacar cualquier cosa de una chistera, incluso un elefante. ¿Pero sabe qué pasa cuando, por ejemplo, dicho elefante se niega a salir?
—No.
—Dejan de creer en la magia.
—¡No me diga!
—Sí le digo. Aunque mejor no lo entretengo más... Sólo una última cosa, ¿no vio al conejo por ahí?
—Señor mago, habiendo un elefante aquí pregunta usted por un conejo. ¡Vamos, vuelva a jalarme de la trompa que me muero por conocer a esos niños!
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martes, 21 de agosto de 2012

Motivaciones



—¿SABE cuál es para mí su mejor obra, Georges? —pregunta el inspector mientras mueve la reina.
—No sabría decirle… Tal vez “Los sótanos del Majestic” o “Entre los flamencos” —valora Simenon tras realizar un enroque largo—. La verdad, he escrito tantas…
Maigret decide dejar de lado la suficiencia de la frase y se apronta a despejar un flanco con su único alfil. Sonríe:
—Hace poco leí que “El hombre en la calle” es para García Márquez un cuento magistral. Coincido. Aunque reconozco que lo mío pasa por lo extraliterario.
—Ojalá recordara ese cuento para revelar sus motivaciones —titubea el escritor mientras procura una defensa.
—Ah, mi querido Georges, la cosa es bien sencilla: tras resolver ese crimen, Monsieur Stephan Strevzki, el hombre en la calle, me enseñó a jugar al ajedrez —concluye el inspector Maigret al tiempo que, a lomos de un caballo, da por terminada la partida.

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Ha dicho Raúl Brasca del presente texto: Apenas leí los micros que me envió Ficticia supe que el primer premio sería “Motivaciones”, no por un mérito en particular sino porque sumaba varios méritos. [...] Es uno de los micros que llega más lejos a partir de la referencia intertextual. Presenta una situación particular entre un autor y su personaje que pide ser resuelta. Pero también es un diálogo entre dos historias, la explícita contada en el presente de la narración y la implícita en la referencia que el personaje mencionado hace de otro personaje con el que compartió un cuento. De este modo la trama gana en complejidad. Sin embargo, está expuesta con la mayor economía de palabras y con la mayor claridad. El final es impecable y tiene verdadera gracia. “Motivaciones” sobresale en el conjunto como la mejor alianza entre perfección, complejidad y eficacia.
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