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jueves, 12 de abril de 2018

«Cuentos decimonónicos de fantasmas»



CUANDO entró a la biblioteca, el hombre descubrió que una mano flotaba en el aire con un libro abierto. Iba de una esquina a otra de la habitación, y aproximadamente cada dos rondas, una página se daba vuelta sola. El hombre tosió, y la mano dejó caer el libro, se elevó aún más en el aire y se dirigió hacia una pared, donde se estampó ruidosamente. Acto seguido, se deslizó hacia la puerta y salió del cuarto. El hombre, entretanto, recogió el libro y se prestó a sus palabras. Poco después, la mano volvió, pero ya no era una, sino dos. Él disimuló no verlas y continuó con la lectura. Ellas se limitaron a quedarse quietas, como mariposas dormidas en el aire. Al cabo del primer cuento, el hombre se incorporó y sirvió dos copas de coñac. Bebió de una y le ofreció la otra a aquellas manos finas, que delicadamente se frotaron entre sí, antes de agarrar la copa. Entonces una mujer traslúcida se dejó ver.
—Tengo miedo —dijo.
—¡Ahora, yo también! —exclamó el hombre, tras notar que una de sus manos comenzaba a desvanecerse.
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domingo, 16 de abril de 2017

El precio



LAS PUERTAS y ventanas de la casa están abiertas de par en par. Los muebles lucen impecables, la mesa está puesta, el hogar encendido. Pero nadie responde a nuestras voces. Nieva y un viento helado se levanta.
—¡Entremos! —le digo a Paula.
Atravesamos el umbral y un golpe de viento cierra puertas y ventanas.
—¿Qué habrá pasado con los dueños de la casa? —me pregunta, y se queda con la mirada absorta en el fuego.
—No lo sé —respondo, y le señalo seducido los manjares sobre la mesa.
Como y bebo bestialmente. Paula me observa angustiada sin probar bocado.
—¡Marchémonos! —exclama de pronto, la mirada vuelta al fuego.
—¿Estás loca, mujer? —le grito desconociéndome, y agitando la copa furiosamente, ordeno—: ¡Más vino!
Paula toma la jarra, finge que me va a servir, pero corre hacia el hogar y la vierte sobre el fuego. De golpe, todas las puertas y ventanas se abren. Con pavor observo que los muebles están derruidos, la mesa vacía, el hogar colmado de cenizas sin tiempo.
Y caen los últimos copos de nieve y el viento cesa.
Ella me toma de la mano y me conduce fuera de la casa. Mientras recobro el aliento, siento cómo la mano de Paula se hace cada vez más blanda, y cuando la casa desaparece, me hallo aferrado a un recuerdo y al aire.
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jueves, 24 de noviembre de 2016

En una isla cualquiera



CAE la tarde, y Verónica encuentra otra botella en la playa. Dentro, como siempre, hay una carta. Mientras la extrae, anhela que esta vez vaya dirigida a alguna de las demás mujeres pero, al instante, reconoce la letra. Es de su esposo. Le cuenta que se siente solo, y que Carlitos la extraña y pide por ella. Verónica estruja el papel de igual manera que aquellas palabras estrujan algo en su pecho. Mira el horizonte como si fuera ciega, y luego escribe, en la misma hoja, que todavía no es tiempo, que tiene que ayudar a sus compañeras de infortunio, que algún día, pronto, marchará con ellos. Seguidamente, arroja la botella, cargada de mentiras, otra vez al mar. Y se acaricia las seis lunas de su vientre, sin saber si debe dar las gracias o maldecir por aquella noche de amor antes del naufragio.
Safe Creative #1611179847984

El presente texto llegó a las deliberaciones finales del pasado mes de octubre del «Microconcurso: La Microbiblioteca Esteve Paluzie».
Foto © Autor desconocido
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lunes, 26 de septiembre de 2016

Apego



EL FANTASMA que todas las noches deambula por la cornisa es muy educado. No arrastra cadenas que hagan ruido, ni espía a través de las paredes, ni asusta a la gente buena. Cada tanto recita versos tristes a la luna o entona tangos de los años treinta. También es buen conversador, con él he departido, durante mis frecuentes noches de insomnio, sobre los más variados temas. Lo cierto es que le he tomado cariño. Tanto que hoy, cuando termine su jornada, como de costumbre, saltando al vacío, lo voy a acompañar.
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martes, 26 de abril de 2016

Mejor hubiera sido sacar la basura



MI HERMANO Y YO habíamos salido a cazar con un rifle de balines. Acordamos que aquél que matase menos lagartijas tendría que sacar la basura durante un mes. Él falló todos los disparos. Yo, en cambio, acerté diez de diez. No obstante, cada vez que íbamos a recoger mis lagartijas, no hallábamos de ellas ni siquiera una gotita de sangre. Según mi hermano, la distancia y las condiciones atmosféricas, como el calor y la humedad, suelen producir ilusiones ópticas. Creo que esa explicación no se la creía ni él, pero le sirvió para justificar un empate y así no tener que sacar la basura.
Esa misma noche me desperté con un intenso dolor en los pies. Al correr las sábanas, descubrí que diez lagartijas traslúcidas me estaban mordisqueando los dedos. Hice de todo para quitármelas: patalear como si estuviera bailando un malambo, golpearlas con una enciclopedia, poner los pies en agua caliente, hasta que recordé haber visto en algunas series de tevé que la sal ahuyenta a los fantasmas. Desde entonces duermo con un salero y una caja de curitas sobre la mesa de luz. Pero lo peor de todo es que no le puedo demostrar a mi hermano que yo sí gané aquella tarde, porque cada vez que le pido que se quede en mi cuarto para ver las lagartijas, las muy sinvergüenzas no se aparecen.
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viernes, 11 de diciembre de 2015

El epitafio más hermoso del mundo



SIR WALTER SCOTT poseía una de las tumbas más antiguas del cementerio. Primorosamente ornamentada, destacaban sobremanera la efigie del caballero y su escudo de armas. No obstante, si había algo de lo que sir Walter Scott se sentía particularmente orgulloso era del epitafio en letra gótica que rezaba su lápida. No podía ser para menos: durante un lustro antes de su deceso, el concebir una frase que testimoniara la hondura de su alma se había convertido en su único fin. Por eso no le extrañaba que la gente se detuviera ante el sepulcro y se prodigara en adjetivos laudatorios hacia su sabiduría. Pero, últimamente, le despertaba una inmensa curiosidad aquel anciano que todos los domingos, tras honrar a su esposa, se detenía ante su lápida con la mirada extasiada. ¿Hasta qué punto, se preguntaba sir Walter Scott, sus palabras habían calado en el corazón de aquel hombre? Una mañana, cuando una joven se detuvo junto al viejo y le preguntó qué decía el epitafio, halló la respuesta: «¡Discúlpeme, señorita, yo tampoco sé leer!; pero no le parece hermosa la forma en que están grabadas las palabras». La mujer asintió, y sir Walter Scott esbozó una larga y ambigua sonrisa.
Safe Creative #1512055950456

El presente texto ha recibido una mención en la quinta propuesta anual del V Certamen de relato corto para mesilla de noche que organiza el sitio Esta noche te cuento.
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sábado, 30 de mayo de 2015

La pianista



I
A Juana le gusta tocar el piano todos los días, salvo los domingos. Los domingos ella se ausenta sin dar explicaciones y la casa se queda muda como un salón de clases en verano. Entonces cierro los ojos y sueño con que Juana toca el piano;  pero no es lo mismo: hay que oír cómo desafina. Ella dice que no es su culpa, que en los sueños los pianos se vuelven increíblemente distraídos.
II
El piano de Juana es un piano de cola, de los que se usan en las grandes orquestas o como aquellos que aparecen en las películas en blanco y negro. Juana dice que quería ser pianista desde que estaba en la panza de mamá; y también dice que algún día vamos a tocar a cuatro manos, pero que para eso falta mucho.
III
Esta mañana le conté a mamá sobre Juana.  Y mamá me dijo que quién me había hablado sobre ella; que Juana nos había abandonado el mismo día que yo nací, un domingo; y que, recalcó, nosotros nunca tuvimos un piano. Entonces Juana me guiñó un ojo e hizo danzar tempestuosamente sus delgadas manos sobre las teclas. Y por un instante, sólo por un mínimo instante, mamá se olvidó de sus labores y levantó la cabeza.
Safe Creative #1505194123805

El presente texto llegó a las deliberaciones finales del pasado mes de abril del «IV Microconcurso La Microbiblioteca».
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martes, 6 de enero de 2015

R.I.P.



LLEVABA cinco años en la isla cuando apareció el niño. Era de noche y tuve miedo, porque el mar, esa misma mañana, había regurgitado su cuerpo. Pero al contemplarlo, trémulo y lloroso, supe lo que tenía que hacer. Me acerqué y le conté un cuento: «Los músicos de Bremen». Sonrió. Desde entonces no he parado de contarle historias de los hermanos Grimm, pero también de Dickens, Poe o Guy de Maupassant. No obstante, cada tanto, él prefiere que nos acompañemos en silencio. Esas noches quisiera llevarlo al sitio donde lo sepulté… Lamentablemente, el recuerdo de la soledad me lo impide.
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El presente texto obtuvo una mención en el II Certamen de Microrrelatos "Realidad Ilusoria", organizado por Miguel Ángel Page.
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domingo, 7 de diciembre de 2014

El mar espera



PESE a que el trasatlántico se halla a más de tres mil metros de profundidad, ni una sola gota de agua moja el interior del camarote 115. Y no se trata de que esté herméticamente cerrado, ya que sir Malcolm Whitaker, como todas las mañanas desde que zarparon de Southampton, lo abandona para tomar, por así decirlo, un poco de agua fresca sobre cubierta. El caso es que al abrir la puerta del camarote, el mar, tímido y respetuoso, permanece afuera.
Cuando el hombre regresa, la señora Whitaker le pregunta si ha vuelto a charlar con el capitán, si ha visto delfines escoltando a la embarcación, o si se ha dignado a pedirles a los pequeños que corretean por los pasillos que la visiten. Sir Malcolm Whitaker la besa tiernamente y satisface todas sus inquietudes, salvo la última. Pero esta mañana algo ha cambiado. El hombre, aún junto a la puerta, insta a los chiquillos a que entren; años se ha demorado en persuadirlos de que aquella mujer inmaculada es buena. Entonces la señora Whitaker adivina con sus manos las caritas de los niños muertos, y moja con sus lágrimas el piso del camarote.
El mar lentamente la acompaña.
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El presente texto ha resultado ganador del mes de noviembre próximo pasado (juntamente con otros dos micros) en el IV Certamen de relato corto para mesilla de noche que organiza el sitio Esta noche te cuento.
Foto: Camarote del RMS Titanic
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lunes, 11 de marzo de 2013

Incendios



LA FANTASMA atraviesa una de las paredes del estudio, se sienta en el aire con las piernas cruzadas y le solicita al artista que le haga un retrato. El pintor, tras reponerse del susto inicial, acepta y se entrega con frenesí al trabajo. Varias noches después, mientras charlan animadamente durante una pausa, el hombre se proclama agradecido de que la vanidad de las mujeres se prolongue más allá de la vida, a lo que la modelo responde: «Se equivoca, amigo mío, no es vanidad: gracias a su arte podré finalmente decirle adiós a esta condición espectral… Cuando eso suceda, ¿me va a extrañar?». Al pintor se le caen pinceles y colores, y, mientras los recoge, alega que ya es muy tarde y que está cansado. A solas consigo mismo comprende que se ha enamorado. Entonces se le pasa por la cabeza la idea de fingir un siniestro, y, aunque llega a encender unos diarios, sabe que no sería justo y los apaga. Y maldice y solloza y gime. Ignora que la fantasma lo ha estado observando desde una de las paredes y que, apenas él le eche llave al recinto, ella se las arreglará para provocar un cortocircuito.
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El presente texto resultó ganador, conjuntamente con los de Elisa de Armas, Ana Fúster y Raúl Ariza Pallarés, del mes de febrero próximo pasado en el III Certamen de relato corto… para mesilla de noche que lleva adelante el sitio Esta noche te cuento.
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jueves, 25 de octubre de 2012

Gajes del oficio



METÍ al fantasma en prisión por carecer de papeles para andar asustando. El pobre era tan viejo que le ahorré los grilletes a cambio de que no se fugase a través de las paredes. Esa misma noche me avisaron de la comisaría que Lady Macbeth estaba indignadísima: el fantasma había vuelto al castillo. «Ya va a ver ese mentiroso cuando le ponga las manos encima», refunfuñé mientras abandonaba el lecho.
Por desgracia, dado que los sonámbulos suelen esfumarse para siempre, tuve que negarme a despertar al fantasma y aceptar calmadamente la serie de epítetos que me endosó la dama.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Entrecruzamientos



SOBRE un atril reposa un libro. Lo abro con parsimonia y recorro sus páginas en blanco. Al llegar a la última, un niño me pregunta si leí el libro. Me encojo de hombros y le digo que no. Entonces me despierto.
Ignoraba el significado de aquel sueño hasta esta noche en que el niño se me apareció en una fiesta en estado de vigilia. Tras abandonar el bullicio, me guía a través de varias habitaciones hasta una sala donde sobre un atril reposa un libro. Lo abro y rememoro la historia de mi vida, incluido lo del triste final.
El niño, con cara del deber cumplido, me pregunta si esta vez leí el libro. Me encojo de hombros y le digo que no. Entonces se despierta.
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Los fallos debidamente fundados escasean, por eso les comparto el pormenorizado análisis que sobre el presente texto efectuó el narrador Félix Amador-Gálvez al seleccionarlo como ganador del pasado mes de septiembre en Ficticia:
“Entrecruzamientos”, con su ambiente gótico y misterioso, aúna toda una serie de elementos literarios que lo hacen valioso. En primer lugar, la narración en primera persona, tan característica del género de terror, sumerge al lector en la psicología del personaje, contagiándole sus sensaciones e incluso sus miedos. En la acción, el mismo acto de abrir el libro provoca un aura de misterio. La elipsis, al omitir el contenido del mismo, que no se desvela en un principio al lector, aumenta este misterio. Cuando el personaje despierta se presume la calma. El punto y aparte es un respiro. Sin embargo, el sueño persigue al personaje hasta la realidad, un elemento clásico que recuerda a Poe y que no por clásico deja de ser inquietante. Las contradicciones (cuando lee y niega haberlo hecho) aumentan la textura, provocando incertidumbres, tanto en los hechos narrados como en la honradez narrativa del protagonista. El final inesperado, el sueño dentro de otro sueño, aun más cuando es otro el que sueña, redondean una inquietante y bien construida narración.
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domingo, 2 de septiembre de 2012

El cuerpo del delito



CREÍAMOS que nuestro plan era perfecto cuando secuestramos al fantasma. Nunca previmos que nos iban a exigir una prueba de vida.
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miércoles, 14 de marzo de 2012

Alunaciones



LO INTUYO sobre el tapial con la luna como telón de fondo. Pensé que la bendita bala había sido definitiva pero volví a equivocarme. Sabe que me caigo de sueño. Lo sabe y desglosa calmadamente su silueta de la luna. ¿Para qué echarle llave a la puerta? A veces me arrepiento de lo que hice, otras veces lo celebro. Ella se lo merecía. ¡Tantas humillaciones, tantos menosprecios, tantos años de inefable e infinita frialdad...! ¡Ah!, ya estás aquí: adiviné el peso de tus ojos en la espalda. Disculpá que no te ofrezca un plato envenenado, se me acabó la leche. ¿Te quedás mudo? Claro, ya sé, te reservás para luego, para cuando cierre la mirada. ¿Tenés una puta idea de hace cuánto tiempo no me permitís dormir...? No seas cínico, no sonrías. O sí, me vale..., maullá cuanto quieras..., al fin que la luna rodará hacia otros cielos y a mí aún me quedan cigarros.


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jueves, 29 de diciembre de 2011

Herencias de un fantasma



LO OBSERVA por enésima vez rebotar contra la pared. «En cuanto a la fe en sí mismo ―piensa la madre―, ha salido a mí. Lástima ―bufa― que también haya heredado lo inepto del padre».
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Les deseo a todos los amigos, lectores y visitantes fantasmas del Elefante un Feliz y Próspero Año Nuevo.
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miércoles, 26 de octubre de 2011

Incertidumbre



LLUEVE dentro de la habitación. Fina y persistentemente. A ratos el techo se inquieta y caen goterones como puños, relampaguea y truena.
Benjamín, sentado en una silla destartalada, parece dormido. Cuando el agua le llega a los hombros, abre los ojos, se pone de pie y se dirige hacia la puerta. Mientras la atraviesa cansinamente, murmura “La alcoba principal, dos cuartos de huéspedes, el salón de juegos, un baño y ahora la biblioteca”.
Mira hacia un lado y otro de la sala y se acomoda en un sillón de cojines empolvados junto a la chimenea. El espacio mansamente comienza a oscurecer.
Benjamín sonríe, cierra los ojos y, aunque trata de no pensar en nada, lo asedia una vez más la incertidumbre: ¿pueden los fantasmas ahogarse?


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lunes, 15 de agosto de 2011

Relevo de pruebas



EL TELÉFONO no dejaba de sonar. Miré la hora: las doce; gruñí y me levanté para pegarle un par de puteadas a quién quiera que fuese. A poco, caí en la cuenta de que aún no tengo teléfono. De todas maneras me aventuré hasta el living y sobre la mesa ratona lo descubrí: a disco y traslúcido.
Entonces apareció un fantasma, atendió la llamada y me hizo una seña para que me acercase.
―Para usted ―dijo.
Enseguida reconocí mi voz:
―Sos un imbécil ―me dije y corté.
―¿Quién era? ―quiso saber el fantasma.
―Un imbécil ―bufé.
Y el fantasma, mientras se perdía en la pared a carcajadas, proclamó:
―¡A confesión de partes...!


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viernes, 17 de junio de 2011

Lazos

Habitación vacía



LE PROMETIÓ al niño que lo esperaría. Ahora, tras la muerte del pequeño, todas las noches los padres escuchan un débil lloro proveniente de su habitación. Ignoran que un amigo imaginario jamás rompe su palabra.



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