LA SERPIENTE descendió de un arco iris delante del peregrino y se enroscó en una de sus piernas. Como pudo, el hombre continuó la marcha. A poco, la serpiente se hizo más pesada: se había vuelto mujer. El peregrino le tendió una mano y la misma acabó ceñida en la boca de un lobo. Sin chistar, lo acarició y persistió en el camino con la bestia sujeta a su mano.
Al caer la noche, el peregrino encendió una fogata y el lobo, tras esconder el rabo entre las patas, mudó en niño. De inmediato, el hombre le hizo un lugar junto al fuego y le ofreció abrigo. Luego se acostó al otro lado de la hoguera.
El niño aguardó a que el peregrino se quedara dormido para volverse oso y estorbarle definitivamente el viaje; pero, al observarlo tras las llamas, recobró memorias y mutó en serpiente, mujer, lobo, niño, hombre. Y se deslizó sobre el fuego para devolverse al otro.
Entonces el peregrino despertó y supo que su viaje había concluido.
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