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sábado, 24 de febrero de 2018

El lector y su oyente



I
Cuando aquella noche el anciano se desmayó en la calle, lo reanimaron unos impetuosos lengüetazos. Eran de una perra menuda, de color ocre y mirada triste. Él la acarició y ella lo siguió hasta su casa. No tuvo más remedio que dejarla entrar. «Sabés —le dijo—, a los ochenta y siete pirulos, sos mi primera mascota». Y enseguida recalentó unos fideos que le habían quedado de la cena. «Espero que te gusten», sonrió, y a la perra le gustaron, casi tanto como su casita improvisada con una caja de cartón y una frazada en desuso.
II
Cuando el clima y el reuma se lo permitían, el anciano iba al parque a leer bajo la sombra pródiga de algún árbol. Entonces había que ver cómo la perra prestaba atención a las palabras que salían de sus labios, y cómo, en aquellos párrafos poblados de zozobra, a ella se le crispaba el lomo. Hombre y animal formaban así una especie de simbiosis que hacía imposible determinar quién había adoptado a quién.
III
Una noche, el viejo apartó la vista de su lectura y descubrió que su fiel oyente tenía la mirada más triste que nunca. Con la rapidez de un rayo se acuclilló a su lado, pero no halló respuesta a sus caricias. Lloró largamente, y al incorporarse se observó a sí mismo sentado en el sofá y con el libro abandonado sobre las rodillas. De pronto algo tocó su mano. Era la perra que le traía la correa para guiarlo al parque más hermoso que jamás hubiera conocido.
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martes, 6 de febrero de 2018

No son horas



A LAS TRES de la mañana, Juan se despierta con ganas de comer un huevo frito. Así que va hasta la cocina, pone el sartén a calentar y saca un huevo de la heladera. Luego llena una jarra con agua para comprobar que éste no flote. Afortunadamente, el huevo se queda dormido en el fondo y Juan procede a cascarlo. Pero sobre el sartén no cae un huevo, sino un pequeño libro. Juan retira el sartén del fuego, y, tras redimir al libro del aceite, husmea sus páginas. Contiene un único texto, breve, de esos que algunos llaman microrrelato. El mismo comienza con la frase: «A las tres de la mañana, Juan se despierta con ganas de comer un huevo frito». Entonces Juan cierra el libro y vuelve a la cama. Aquellas no son horas para comer huevos fritos, y menos aún para demorarse en relecturas.
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El presente texto resultó ganador del pasado mes de noviembre del II Concurso de microrrelatos «La Radio En Colectivo/Valencia Escribe».
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martes, 3 de enero de 2017

Litoral



En el número 262 de la revista «Litoral» (aquélla que naciera en tiempos de la generación del 27), dedicado a los trenes, ha aparecido publicado mi microrrelato «En la estación». La revista, que más que revista es un libro, hace un recorrido por la presencia del tren en el arte y la literatura. En palabras del director:
«Uno de los movimientos artísticos que surgieron en los años veinte propulsado por cineastas y documentalistas soviéticos fue el excentricismo y en su excéntrico manifiesto exclamaban: “Proponemos el estudio de las locomotoras… ¡Enseñaremos a querer la máquina!”.
Casi un siglo después esta revista con noventa años cumplidos se manifiesta de la misma manera, proponiendo un estudio de los ferrocarriles en el arte y la literatura, entendiendo que es la mejor manera de enseñar a querer la máquina…»
Agradezco a los editores de «Litoral» el haberme invitado a abordar (en la sección «Trenes fantásticos», página 206) el presente número. 


En la estación
A LAS TRES DE LA MAÑANA, una mujer salió del armario y me preguntó si faltaba mucho para que pasara el tren. Me quedé mudo, y ante mi descortesía, se metió de nuevo en el armario. No pude más que levantarme y abrir la puerta del mueble, correr para un lado y para otro las perchas, buscar en vano. A la madrugada siguiente, a la misma hora, la mujer reapareció y me hizo idéntica pregunta. En esta ocasión, tras observarla detenidamente —era pelirroja, de ojos grises, y tenía un lunar en el pómulo izquierdo—, atiné a decirle que no sabía, y volvió a marcharse. A la noche siguiente mudé el pijama por mi mejor traje y un ramo de flores. Puntualmente, la extraña salió del armario y formuló su acostumbrada consulta. Le reiteré que lo ignoraba, pero enseguida añadí que si yo fuera un tren, y ella aguardara mi paso, ni volando las vías lograrían retrasarme, y le entregué el ramo de rosas carmesí; entonces adornó su cabello con una de las flores y comenzamos a charlar. Durante varias semanas se continuaron nuestros encuentros al pie del armario: unas veces bailábamos; otras, organizábamos pícnics nocturnos; siempre reíamos. Una madrugada, imprevistamente, me reveló que su boleto vencía esa misma noche y que ya no volveríamos a vernos. Cabizbaja, me preguntó si la echaría de menos. Sonreí. Cuando la puerta del armario se cerró a nuestras espaldas aún alcanzamos a oír el silbato del tren en la lejanía.
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jueves, 10 de noviembre de 2016

Tres hombres y un violonchelo



—¡PAPÁ, hay tres hombres en el living abrazados a un violonchelo! —dice mi hija al irrumpir como un torbellino en la biblioteca.
—Eso no es posible, Alicia, nosotros no tenemos instrumentos musicales —le respondo sin apartar la vista de mi lectura.
—¡Yo que sé!... ¡Lo habrán traído ellos!
Doy vuelta la página y acaricio a Georgie.
—Ya veo; de todos modos, no recuerdo haber invitado a nadie —de repente, alarmado, levanto la vista—. ¿Qué te dije sobre nunca abrir la puerta a extraños?
—¡Yo no le abrí la puerta a nadie, papá! —protesta Alicia con gesto ceñudo—. ¡Pero deberías preguntarles qué desean!
Georgie me mira y se reacomoda perezosamente en mi regazo.
—Dejame que termine este capítulo —le digo enseñándole un volumen respetable de páginas—, y después les pregunto.
Molesta, Alicia gira sobre sí misma y se marcha a grandes zancadas.
—¡Ay, estos niños de hoy! —exclamo, y tras retomar mi lectura, escucho las primeras notas de la Suite nº 1 en sol mayor de Bach.
—Georgie, lo que de verdad me desconcierta no es la música, ya sabemos lo vívida que puede llegar a ser la imaginación de mi hija; sino el hecho de por qué se habrá figurado que eran necesarios tres hombres para tocar un violonchelo.
—Cuestión de compatibilidades, mi estimado; según de qué humor esté el instrumento, lo toca uno o el otro o el otro —dice Georgie, todo sonrisa, antes de desaparecer por completo entre las páginas del libro.
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miércoles, 20 de julio de 2016

Una visita inesperada



MIENTRAS resolvía a disgusto ecuaciones de primer grado, un castillo diminuto se desplazó desde una esquina a otra de mi escritorio. Instintivamente miré hacia la biblioteca. Faltaba un libro. Me puse en pie y el castillo saltó al suelo y se encaminó hacia la puerta. «¡No temas!», le dije, «sólo quiero saber si sos el castillo del mago Howl». Una luz intensa brotó de su interior. «¡Calcifer!», exclamé, y el demonio de fuego que alimenta el hogar y mueve al castillo, volvió a palpitar con fuerza. Entonces le pregunté por Sophie, por Howl, por Michael…; debí de abrumarlo, porque el castillo marchó hasta el libro de Diana Wynne Jones —oculto bajo mi almohada— y se zambulló entre sus páginas.  El splash me empapó la cara de palabras. Angustiado, me apresuré a leer: «En el reino de Ingary, donde existen cosas como las botas de siete leguas y las capas de invisibilidad, ser el mayor de tres hermanos es una desgracia». Parecía que todo estaba en orden, así que cerré el libro y lo coloqué de nuevo en la biblioteca. Durante varias semanas no ocurrió ningún otro incidente. Pero una tarde, al volver de la escuela, faltaban dos libros de mi biblioteca. Uno era, lógicamente, «El castillo ambulante»; del otro no tuve ni idea hasta que, a lomos del mismo, el castillo apareció con una niña a través del espejo.
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jueves, 8 de mayo de 2014

El libro del cementerio



VIVIR en un piso veinte tiene sus cosas. En una ocasión, por ejemplo, una nube se coló por la ventana de mi dormitorio y se detuvo junto a mi cama. Atónito, sin cerrar el libro que estaba leyendo, limpié mis lentes y, al volver a colocármelos, descubrí que un ángel, escalerilla mediante, se había bajado de la nube. Con una sonrisa de oreja a oreja, me preguntó de qué iba el libro. Le comenté que se trataba de la historia de un chico que vive en un cementerio. Al instante me arrebató el libro de las manos y se puso a hojear las primeras páginas. «¡Huy, asesinos y fantasmas!», dijo, y me suplicó que se lo prestara, que a más tardar el jueves por la noche me lo devolvía. Le tomé la palabra y, acto seguido, lo ayudé a mover la nube hasta la ventana. Luego la abordó rápidamente, recogió la escalerilla y se marchó tan pronto como el aire se dignó a soplar. Desde entonces han pasado tres semanas y, aunque ya empezó a pegar el frío, continúo dejando, jueves o no jueves, la ventana abierta.
Necesidad vana que tiene uno de creer.
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El presente texto ha recibido en el mes de abril pasado una mención en el IV Certamen de relato corto para mesilla de noche que organiza el sitio Esta noche te cuento.
Nota: obviamente, el título del micro es un préstamo de la maravillosa novela homónima de Neil Gaiman.
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sábado, 16 de noviembre de 2013

«Cuarto oscuro», de Verónica Andrea Ruscio




Cuarto oscuro, de Verónica Andrea Ruscio
Páginas: 56
Editorial: El Mono Armado
Año: 2013

Cuarto oscuro es un pequeño gran libro de poesía. Pequeño porque está constituido por apenas 25 poemas. Grande porque todos los textos están minuciosamente trabajados y pensados; al punto que en cada uno de ellos se advierte la mano de una verdadera orfebre de la palabra que, línea tras línea, nos deja entrever su respeto y, sobre todo, su amor por el arte que profesa. Sin embargo lo que más me gusta de la poesía de Verónica no es su perfección, sino lo que nos cuenta. Y digo cuenta porque la autora desarrolla una poesía predominantemente narrativa a partir de instantáneas de la vida cotidiana. Así acontece en poemas como Bolsa, de terrible resolución; o en Habitación 409, donde nos sumergimos en el presente eterno de su anciana protagonista; o en El hijo, un poema de silencios en el cual se dice todo a través de aquello que callan las palabras:

EL HIJO
La ventana de la primera planta está abierta.
Es domingo y hace fresco.
Un jilguero ha anidado en el árbol
y se hace oír.

El hombre sigue en la casa.
Está subiendo la escalera.
Ahora abre la puerta de ese cuarto y se asoma.

Mira la cama y los trofeos.
Los libros de lectura, el dinosaurio de plástico
y la número cinco en el rincón.

Todo está igual.
Todo está igual,
Martincito.

Baja el sol y el jilguero canta.
Eso es lo distinto.
Ese maldito nido, que no estaba.
Y la ventana abierta es lo distinto.

Hay que cerrar,
hay que cerrar.
Y que no entre más la tierra,
Martincito.

La ventana de la primera planta está cerrada.
Es domingo, noche calma.
Solo falta la canción del jilguerito.
El resto está igual.
El resto está igual.

En la contratapa del libro, Griselda García afirma, sobre la poesía de Verónica, algo que suscribo plenamente: «La mirada extrañada hacia las escenas cotidianas genera el efecto de estar ante ellas por primera vez, aunque hayan sido vistas antes mil veces. Para poder captar la esencia de las cosas, sus detalles más íntimos, es necesario saber esperar, como indica el acápite. Entonces, en el momento adecuado, el alma sale a la luz y ahí clic, se toma la foto o escribe el poema».
Entre esos clics poemáticos, además de los ya citados, y teniendo en cuenta que todos los textos son de valía, destaco en especial a: Año nuevo, donde la alegría de tenerse unos a otros, de haber pasado el día juntos, prevalece a la pobreza; Teresita, que plasma los entretejidos de una moderna Penélope; El signo, que da pie a un poema de vuelos compartidos; El nadador, con un protagonista al que, una vez en el agua, ya nadie podrá parar; Manzana, donde la poeta, al igual que Eva, cede a la tentación… Pero si tuviera que quedarme sólo con uno, elegiría Mamushka; un prodigio de imágenes y de ritmo que me encantó desde la primera vez que lo leí en la web.


MAMUSHKA
Ella,
la que lleva un pez adentro,
se mete radiante como un numen
en la pileta.
Mamushka.

No sabe de espejos, ni de Borges,
ni de sus vidas repetidas.
No ha leído más que un par de veces
algunos versos chilenos.
Mamushka.

Se sienta en el borde
a bambolear las piernas.
Después pasa grávida
(ingrávida)
en posición de sueño.
Onírica pasa junto a mí
hacia la parte honda.
Mamushka.

Llega, saca la cabeza, mira.
Respira por la piel.
No sé si es un pez o una sirena.
Mamushka.

En su bikini negra a rayas,
cargadas ubres de hidromiel
niegan el agua y flotan.
Mamushka.

Aguas cálidas y primeras.
Una igual a ella le nada dentro.
Mamushka.
Mamushka.
Mamushka.

En cuanto a la estructura del libro, el mismo está organizado, al modo de un álbum de fotos, en tres secciones: Retratos, Animales y Objetos, con 17, 3 y 4 textos respectivamente; más un Epílogo: Foto de cara. Y al igual que todo libro que se precie, Cuarto oscuro cuenta con su propia página en Facebook y un más que interesante booktrailer:




Cabe acotar que Cuarto oscuro es el primer poemario que publica Verónica, aunque la autora cuente en su haber —y pese a su edad— con una dilatada experiencia literaria. Dicho lo cual, no sorprende un debut tan sólido; de textos envidiablemente logrados y maduros, tanto desde la forma como desde el contenido.
Por último, para los interesados en la obra de Verónica más allá del presente libro, recomendarles que visiten su bitácora, Poesía es revelación, donde podrán tener acceso a poemas nuevos, reflexiones literarias, reseñas, etc.; siempre desde una mirada sutil y talentosa. Imperdibles resultan, por ejemplo, dos de sus más recientes trabajos: Esa rebeldía y La edad de las preguntas.

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martes, 14 de mayo de 2013

De antología

Cuentos largos
¡Cuentos largos! ¡Tan largos! ¡De una página! ¡Ay, el día en que los hombres sepamos todos agrandar una chispa hasta el sol que un hombre les dé concentrado en una chispa; el día en que nos demos cuenta de que nada tiene tamaño, y que, por lo tanto, basta lo suficiente; el día en que comprendamos que nada vale por sus dimensiones —y así acaba el ridículo que vio Micromega y que yo veo cada día—; y que un libro puede reducirse a la mano de una hormiga porque puede amplificarlo la idea y hacerlo el universo!
Juan Ramón Jiménez
Si bien la minificción moderna nació a principios del siglo veinte, los primeros en llamar la atención sobre el género, y de alguna manera darle entidad, fueron Borges y Bioy al publicar, en 1953, su ya mítica antología Cuentos breves y extraordinarios. Luego Edmundo Valadés nos regalaría en 1970 su propio compendio: El libro de la imaginación. Un par de décadas más tarde, en 1990, Antonio Fernández Ferrer, con su La mano de la hormiga. Los cuentos más breves del mundo y de las literaturas hispánicas, le daría finalmente cabida al género en España. Desde entonces se han editado un sinnúmero de antologías dedicadas al microrrelato, atendiendo a los más diversos criterios de selección, pero casi siempre apoyadas en «autores consagrados» y con cierto afán historicista (salvo en el caso de las antologías devenidas de concursos —que revisten otro carácter, como el de la Microbiblioteca). Sin embargo, y creo no equivocarme al afirmarlo, hasta el momento no se había realizado una antología que reuniera a aquellos microrrelatistas (o al menos un buen puñado de ellos) que comenzaron a publicar sus minitextos en bitácoras personales a partir de la segunda mitad de la década pasada; dando origen a lo que algunos han definido como «generación blogger». Y nótese que dije «hasta el momento» porque el próximo 18 de mayo se presentará en Madrid De antología. La logia del microrrelato, una propuesta de la Editorial Talentura que le da voz en papel a dicha generación. Desde este punto de vista estamos en presencia de una antología que apuesta por el presente pero, sobre todo, por el futuro.
La edición, que estuvo a cargo de Rosana Alonso y Manu Espada, reúne a 69 microrrelatistas —muchos de ellos amigos del Elefante—, entre los que se halla, inexplicablemente, un servidor. Cabe acotar que todo lo referente al libro, como el listado de los autores, minisemblanzas y noticias varias, puede consultarse en «De antología», la bitácora que Talentura ha dispuesto para tal fin. Allí, entre otras 68, además podrán echarle un ojo a mi peculiar biografía.
Y como no podía ser de otra manera, la antología cuenta, por amabilidad de José Luis García, con un interesante booktrailer:


Por último decir que, previamente a la presentación de De antología, la excelente escritora Susana Camps, también de mano de Talentura, hará lo propio con su Viaje imaginario al Archipiélago de las Extinta. Una verdadera fiesta del microrrelato por partida doble.
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martes, 30 de abril de 2013

ENTS

Hace unos días me llegaron los libros del II Certamen de relato corto… para mesilla de noche. ¡Da gusto releer los textos en tan antiguo e inverosímil formato! El susodicho, intitulado Esta noche te sueño, se compone de 48 microhistorias —entre ellas la de un servidor— seleccionadas a lo largo de nueve meses y más de 1200 minis. Felicitaciones a todos los que la integran y especialmente a Jams por la iniciativa y su buen hacer. Sin más, les dejo la versión digital. ¡Disfrútenla!



martes, 18 de diciembre de 2012

Lectura a flor de piel



TRAS abordar el tren le llama la atención que todos los pasajeros estén leyendo un mismo libro de apariencia antigua. Interesada por el contenido, de soslayo, descubre que el libro del muchacho junto a ella tiene las páginas en blanco. Se levanta y comprueba que tal circunstancia se repite en cada caso. Entonces pasan por un túnel. Segundos de oscuridad que se le hacen eternos. Con la luz se reencuentra sentada junto al joven. Vuelve a husmear de soslayo y suspira ante las páginas rebosantes de palabras. «He debido quedarme dormida», susurra, y, al pasear la mirada, descubre que las caras de los pasajeros están desprovistas de bocas, narices, ojos… como si fueran páginas en blanco.
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Les dejo el análisis que sobre el presente microcuento hizo el escritor Félix Amador-Gálvez al seleccionarlo como tercer puesto en Ficticia.
Pongamos que hay un tercer lugar. Aquí es más difícil elegir porque habría que dejar al resto de los relatos en el cajón de “el resto”. He elegido, a pesar de todo, “Lectura a flor de piel”, un relato fantástico que podría haber escrito Cortázar entre mate y mate. Como en “Entrecruzamientos”, el despertar de un mal sueño no es siempre ponerse a salvo. Lo que es terrible en el sueño, la carencia de un elemento tan imprescindible como las letras, se vuelve horror en la realidad al contagiarse la falta a los seres humanos... La fugacidad del relato (la del paso por un túnel) es esencial. Ese túnel, además, se eleva en este relato a la altura de elemento fantástico, como una puerta a otro mundo o simplemente un despertar, como sugiere el personaje en su narración. La apostilla (“como si fueran libros en blanco”) sobra, a mi parecer, porque el lector debe haber sido lo suficientemente inteligente para haber captado ya el paralelismo sueño/realidad o libro/rostro pero no desmerece este párrafo que, como un flechazo, nos ha sumergido en una pesadilla de la que hubiera sido mejor no despertar.
Aunque por el momento se queda, ¿ustedes qué opinan sobre lo apuntado por Félix respecto a la frase final?
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domingo, 4 de noviembre de 2012

Blanco y negro



EL HOMBRE, canoso y de traje a tono con el negro de sus ojos, se sienta a la mesa y me extiende un libro de aspecto antiguo. Curioso, aunque suspicaz lo hojeo y sonrío.
―Créame, es la mejor historia jamás contada, pero sólo puede ser leída alimentando sus albas páginas con la sangre de un niño ―interviene antes de esfumarse.
Atónito, dejo unos billetes junto al libro y, según salgo apresuradamente del bar me despierto.
Durante semanas el sueño me acosa hasta persuadirme de que no se juzga la vida onírica. La historia resulta en verdad apasionante pero, al llegar al último capítulo el libro desaparece entre mis manos. En plena crisis de ansiedad, aviso al trabajo de mi ausencia para acurrucarme en un rincón hasta la noche. Desdichadamente mis sueños se pueblan de naderías.
Apesadumbrado retomo mis obligaciones y, mientras espero un café, el hombre canoso y de traje a tono con el negro de sus ojos se sienta a la mesa y me extiende el libro.
―El último capítulo debe leerse en vigilia ―sentencia y sonríe.
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miércoles, 17 de octubre de 2012

Entrecruzamientos



SOBRE un atril reposa un libro. Lo abro con parsimonia y recorro sus páginas en blanco. Al llegar a la última, un niño me pregunta si leí el libro. Me encojo de hombros y le digo que no. Entonces me despierto.
Ignoraba el significado de aquel sueño hasta esta noche en que el niño se me apareció en una fiesta en estado de vigilia. Tras abandonar el bullicio, me guía a través de varias habitaciones hasta una sala donde sobre un atril reposa un libro. Lo abro y rememoro la historia de mi vida, incluido lo del triste final.
El niño, con cara del deber cumplido, me pregunta si esta vez leí el libro. Me encojo de hombros y le digo que no. Entonces se despierta.
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Los fallos debidamente fundados escasean, por eso les comparto el pormenorizado análisis que sobre el presente texto efectuó el narrador Félix Amador-Gálvez al seleccionarlo como ganador del pasado mes de septiembre en Ficticia:
“Entrecruzamientos”, con su ambiente gótico y misterioso, aúna toda una serie de elementos literarios que lo hacen valioso. En primer lugar, la narración en primera persona, tan característica del género de terror, sumerge al lector en la psicología del personaje, contagiándole sus sensaciones e incluso sus miedos. En la acción, el mismo acto de abrir el libro provoca un aura de misterio. La elipsis, al omitir el contenido del mismo, que no se desvela en un principio al lector, aumenta este misterio. Cuando el personaje despierta se presume la calma. El punto y aparte es un respiro. Sin embargo, el sueño persigue al personaje hasta la realidad, un elemento clásico que recuerda a Poe y que no por clásico deja de ser inquietante. Las contradicciones (cuando lee y niega haberlo hecho) aumentan la textura, provocando incertidumbres, tanto en los hechos narrados como en la honradez narrativa del protagonista. El final inesperado, el sueño dentro de otro sueño, aun más cuando es otro el que sueña, redondean una inquietante y bien construida narración.
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lunes, 8 de octubre de 2012

Lo que más me preocupa



UN RUIDO SINGULAR me interrumpió la lectura del periódico. «Ese debe ser Míster Tibbs haciendo otra de las suyas», pensé, y, al instante, el susodicho entró volando mediante un mecanismo a hélice adosado sobre su lomo. Un par de botellas de licor, la araña del techo y el jarrón chino que me obsequió Isabel fueron víctimas de su recorrido antes de que se estrellase contra mi cabeza. Al volver en mí lo senté en su sillón favorito y, arrugando el entrecejo, le dije: «Tenemos que hablar». Así supe que sus peligrosos artilugios los sacaba de un libro. Al principio se negó a enseñármelo, pero la amenaza de dejarlo sin leche por un mes surtió efecto. Leí en voz alta su título «Invenciones para mejorar la vida de los gatos» y comprobé sorprendido que todas sus páginas estaban en blanco.
—Lo escribió mi abuelo hace una pila de años —exclamó con una sonrisa de oreja a oreja—. Como ustedes los humanos no son de fiar, y ya lo enuncia el dicho «gato prevenido vale por dos», al viejo se le ocurrió usar una tinta solo visible a los ojos de mis congéneres.
Lo más extraño fue que, cuando comenzaba a referirle el asunto a Isabel, ella me interrumpió:
―Querido, dejá de preocuparte: he pispiado el libro en secreto y ninguno de los artefactos pasa de ser un mero juguete inofensivo.
La verdad que ahora no es eso lo que me preocupa.

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jueves, 4 de octubre de 2012

La Microbiblioteca, antología



Hace pocos días, La Microbiblioteca efectuó la entrega de premios correspondientes al concurso que organizara desde octubre de 2011 hasta mayo de 2012. Ahora dicha institución acaba de publicar una antología (en papel y online) que contiene la totalidad de los textos ganadores y finalistas. Tengo la fortuna de que entre estos últimos figuren dos micros de mi autoría: «Un elefante sobre la cabeza» y «El vaso de leche».
Si las matemáticas no me fallan, el volumen reúne 69 textos pertenecientes a alrededor de 40 autores que constituyen una muestra interesante de lo que, quizás, ya podría llamarse la nueva ola de microrrelatistas (aunque se echan de menos muchos nombres, por supuesto).
Desde aquí felicito y dejo manifiesta mi alegría de compartir páginas con tantos amigos y conocidos como Mar Horno (ganadora de la categoría castellano con su soberbio «Los suicidas»), Susana Camps, Víctor Lorenzo, Esteban Dublín, Marina de la Fuente, Mónica Brasca, David Moreno, y un largo etcétera.
Queda hecha, pues, la invitación para que degusten la antología; no sin antes recordarles que La Microbiblioteca ya ha lanzado la II edición de su concurso. Suerte para todos.

jueves, 8 de marzo de 2012

Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia.



Alfonso Pedraza (compilador)
México, Ficticia, 2012.
119 pp.

El pasado 8 de febrero se presentó en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México el libro Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia, como parte de los festejos por los diez años de funcionamiento del taller de minificciones de La Marina de Ficticia. De dicha presentación participaron, además del creador del taller, Alfonso Pedraza, todos los ficticianos que han fungido como Coordinadores a lo largo de este tiempo.
«Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia, representa una década de trabajos del Taller de Minicuento de www.ficticia.com, conocido como La Marina. Estos textos han sido elegidos, primero, por un importante número de especialistas y escritores del mundo hispanoamericano de la minificción y, segundo, por los propios ficticianos, de entre 25 mil obras publicadas y trabajadas en red, lo que las ubica como los cien relatos brevísimos más populares de Ficticia, el portal de internet con mayor antigüedad dedicado al cuento contemporáneo en español. En este libro se dan cita 47 microrrelatistas de México, España, Argentina, Colombia y Francia que, con piezas de apenas unas cuantas líneas, son el mejor ejemplo del porqué la narrativa corta o ultracorta se ha ganado un lugar de privilegio en la literatura del siglo XXI».
Texto de la contratapa de Cien fictimínimos.
Entre los 47 autores mencionados se hallan la imponderable Lucía Díaz (presente Coordinadora y merced a la cual ha llegado hasta mis manos el libro), Elisa de Armas, José Manuel Ortiz Soto y Mónica Ortelli, además de un tal Gabriel Bevilaqua que ha tenido la fortuna de participar con cuatro textos (Despertares, Sin retiro, A la sombra de un sueño en flor y La sombra del alquimista).
En este punto, y pese a ser parte interesada, creo no equivocarme al asegurar que mucha de la buena minificción que se ha escrito, en la pasada década y en lo que va de la actual, ha salido de La Marina. Estos cien microrrelatos al menos así parecieran confirmarlo. Textos hilados al rumor de las aguas marineras cuya mayor riqueza deviene de la variedad de voces narrativas, de estilos y de enfoques. En suma, de la imaginación puesta al servicio de lo breve.
Para terminar, valga una pequeña muestra en la que me he tomado la libertad de incluirme.
 


Nota: los textos reproducidos son propiedad exclusiva de sus respectivos autores.
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