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jueves, 7 de febrero de 2013

Sobre la importancia de la escritura



Hay algo muy importante en la escritura que los pueblos más antiguos tuvieron que haber comprendido antes de inventarla: la necesidad de dar a la memoria un respaldo que la hiciera más recia; pero también, la convicción de que aquello que querían preservar era tan valioso que no debía perderse. Antes de la escritura ―y precisamente como requisito para sentir la necesidad de inventarla― los seres humanos tuvieron que haber entendido que el tiempo y la muerte terminaban con lo que ellos consideraban valioso. En el origen de la escritura están implicados un saber hondísimo y un afán altísimo: el saber es sabernos mortales y el afán es vencer a la muerte. Conciencia de la importancia, conciencia de muerte y afán de inmortalidad están reunidos en el origen del lenguaje.
Idear unos símbolos parecidos a lo que se quería significar con ellos (ideogramas) o idear unas muescas con la punta de un palo sobre una tablilla de arcilla fresca (escritura cuneiforme), o un alfabeto o un abecedario o un sistema binario a base de ceros y unos es ya un asunto secundario. El paso genial, quizá el paso más genial de cuantos ha dado la humanidad, porque por él pasamos de la prehistoria a la historia, fue la invención de la escritura.
Y hoy, a milenios de ese origen, ¿por qué escribir? Los motivos siempre son y serán los mismos: quien escribe cree que posee algo valioso: una idea, un testimonio, su muy particular manera de ver las cosas o de soñarlas, y quiere salvarlo de la muerte; pero no sólo: quiere además ofrecerlo a los otros, porque la escritura es también un acto de generosidad. Gracias a ella es por lo que el ser humano de hoy ―biológica y fisiológicamente idéntico al primer homo sapiens― resulta totalmente distinto del homo sapiens: sólo piénsese en las diferencias sociales, culturales, espirituales que nos distinguen de nuestros ancestros. Estas diferencias, el sostén de nuestro ser histórico, se deben a la generosidad que sigue brotando de la escritura. La escritura es la columna vertebral de lo humano. Lo que somos bueno y malo, lo que hemos alcanzado bueno y malo, sería inconcebible si nos hubiéramos quedado en una cultura solamente oral.
Pero la importancia de la escritura no es sólo ontológica: a ella debemos nuestro ser, también de ella dependen innumerables ventajas de carácter individual y práctico. Quien escribe no sólo plasma sus palabras, las organiza y las aclara, sino que se plasma a sí mismo: uno se ve en lo que escribe, uno se descubre en el texto; al escribir no sólo organizan las palabras, uno organiza su cabeza: el aclarado es uno. Al objetivar el pensamiento, al escribirlo, se piensa más fácilmente, pues se dialoga con uno mismo, se reflexiona. Al escribir uno descubre que sabía más de lo que creía saber, pues la escritura nos hace introspectivos y al explorarnos resulta que tenemos más de lo que suponíamos, porque escribir no sólo nos permite fijar la atención o activar la memoria trayendo al papel nuestros recuerdos, sino que nos permite inventar, imaginar, descubrir aspectos que jamás habíamos considerado: escribir nos permite sabernos.
Escribir también es un arma. Un arma defensiva y ofensiva; un modo de poner los puntos sobre las íes, de establecer nuestras diferencias o nuestros acuerdos, de marcar a los otros sus límites, de pelear por nuestros derechos, de convencer, de disuadir. La palabra escrita es un instrumento de seducción, pues lo mismo es eficaz para la conquista amorosa que para la persuasión política. La escritura es poder.
En fin, por muchas razones es importante la escritura, pero para mí, escritor al fin y al cabo, es sobre todo porque escribiendo hago más posibles las mejores cosas de la vida y si no, con escribirlas basta, pues es como si las hubiese vivido.
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jueves, 27 de septiembre de 2012

El destino del escritor



Majestades, señoras y señores: El destino del escritor es extraño, salvo que todos los destinos lo son; el destino del escritor es cursar el común de las virtudes humanas, las agonías, las luces; sentir intensamente cada instante de su vida y, como quería Wolser, ser no sólo actor, sino espectador de su vida, también tiene que recordar el pasado, tiene que leer a los clásicos, ya que lo que un hombre puede hacer no es nada, podemos simplemente modificar muy levemente la tradición; el lenguaje es nuestra tradición. El escritor tiene una desventaja: el hecho de tener que operar con palabras, y las palabras, según se sabe, son una materia deleznable. Las palabras, como Horacio no ignoraba, cambian de connotación emocional, de sentido; pero el escritor tiene que resignarse a este manejo, el escritor tiene que sentir, luego soñar, luego dejar que le lleguen las fábulas; conviene que el escritor no intervenga demasiado en su obra, debe ser pasivo, debe ser hospitalario con lo que le llega y debe trabajar esa materia de los sueños, debe escribir y publicar, como decía Alfonso Reyes, para no pasarse la vida corrigiendo los borradores, y así trabaja durante años y se siente solo, vivo en una suerte de sueñosismo; pero si los astros son favorables, uso deliberadamente las metáforas astrológicas, aunque detesto la astrología, llega un momento en el cual descubre que no está solo. En ese momento que le ha llegado, que le llega ahora, descubre que está en el centro de un vasto círculo de amigos, conocidos y desconocidos, de gente que ha leído su obra y que la ha enriquecido, y en ese momento él siente que su vida ha sido justificada. Yo ahora me siento más que justificado, me llega este premio, que lleva el nombre, el máximo nombre de Miguel de Cervantes, y recuerdo la primera vez que leí el Quijote, allá por los años 1908 ó 1907, y creo que sentí, aún entonces, el hecho de que, a pesar del título engañoso, el héroe no es don Quijote, el héroe es aquel hidalgo manchego, o señor provinciano que diríamos ahora, que a fuerza de leer la materia de Bretaña, la materia de Francia, la materia de Roma la Grande, quiere ser un paladín, quiere ser un Amadís de Gaula, por ejemplo, o Palmerín o quien fuera, ese hidalgo que se impone esa tarea que algunas veces consigue: ser don Quijote, y que al final comprueba que no lo es; al final vuelve a ser Alonso Quijano, es decir, que hay realmente ese protagonista que suele olvidarse, este Alonso Quijano. Quiero decir también que me siento muy conmovido, tenía preparadas muchas frases que no puedo recordar ahora, pero hay algo que no quiero olvidar, y es esto: me conmueve mucho el hecho de recibir este honor en manos de un Rey, ya que un Rey, como un Poeta, recibe un destino, acepta un destino y cumple un destino y no lo busca, es decir, se trata de algo fatal, hermosamente fatal, no sé cómo decir mi gratitud, solamente puedo decir mi innumerable agradecimiento a todos ustedes...
Muchas gracias.
Jorge Luis Borges
Discurso al recibir el Premio Cervantes 1979
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martes, 21 de agosto de 2012

Motivaciones



—¿SABE cuál es para mí su mejor obra, Georges? —pregunta el inspector mientras mueve la reina.
—No sabría decirle… Tal vez “Los sótanos del Majestic” o “Entre los flamencos” —valora Simenon tras realizar un enroque largo—. La verdad, he escrito tantas…
Maigret decide dejar de lado la suficiencia de la frase y se apronta a despejar un flanco con su único alfil. Sonríe:
—Hace poco leí que “El hombre en la calle” es para García Márquez un cuento magistral. Coincido. Aunque reconozco que lo mío pasa por lo extraliterario.
—Ojalá recordara ese cuento para revelar sus motivaciones —titubea el escritor mientras procura una defensa.
—Ah, mi querido Georges, la cosa es bien sencilla: tras resolver ese crimen, Monsieur Stephan Strevzki, el hombre en la calle, me enseñó a jugar al ajedrez —concluye el inspector Maigret al tiempo que, a lomos de un caballo, da por terminada la partida.

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Ha dicho Raúl Brasca del presente texto: Apenas leí los micros que me envió Ficticia supe que el primer premio sería “Motivaciones”, no por un mérito en particular sino porque sumaba varios méritos. [...] Es uno de los micros que llega más lejos a partir de la referencia intertextual. Presenta una situación particular entre un autor y su personaje que pide ser resuelta. Pero también es un diálogo entre dos historias, la explícita contada en el presente de la narración y la implícita en la referencia que el personaje mencionado hace de otro personaje con el que compartió un cuento. De este modo la trama gana en complejidad. Sin embargo, está expuesta con la mayor economía de palabras y con la mayor claridad. El final es impecable y tiene verdadera gracia. “Motivaciones” sobresale en el conjunto como la mejor alianza entre perfección, complejidad y eficacia.
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lunes, 16 de abril de 2012

Sobre la Brevedad



Pero tampoco hay que fiarse mucho de la Brevedad. Contra la brevedad convendría recordar que, en una guerra, un soldado encontró en la mochila de un cadáver dos libros, a saber: Viaje al centro de la fábula, de Augusto Moterroso y El conde de Montecristo. Como llevarse los dos le pareció ya rapiña, y por no agravar la soledad del muerto, decidió apoderarse sólo de uno. Tras muchas dudas, y por ir más ligero de equipaje, eligió el de Monterroso. Lo acomodó bajo la guerrera y, andando que te andarás, continuó su camino.  Y he aquí que, más allá, siente un golpe en el pecho. Da un traspié, suspira, se desploma: una bala perdida lo ha acertado de lleno. En el último instante saca el libro y observa que la bala lo ha atravesado limpiamente desde el copyright hasta el código de barras, y que además le ha llegado hasta el centro mismo del corazón. Viaje al centro del corazón, es el sarcasmo que se le ocurre antes de morir, y aún alcanza a pensar que si hubiese elegido el de Dumas, a estas horas estaría vivo, y que su mala suerte se debe exclusivamente a la excesiva concisión del autor.
He aquí uno de los peligros de la brevedad.
Claro que, de haber tenido tiempo para más sarcasmo, también la víctima podría haber pensado que quizá casi todas las novelas extensas son en el fondo breves, e incluso brevísimas, por la sencilla razón de que casi nadie las lee. Allí donde las balas se equivocan, la sociología no yerra: si uno compra una novela de quinientas páginas y lee sólo treinta, para ese lector la novela constará exactamente de treinta páginas. Lo que ocurre es que, para muchos, los libros voluminosos ofrecen al menos dos ventajas: una, que al ser caros, el prestigio y el placer del consumo son también mayores; y otra, que al ser muy extensos, el comprador compra de paso una coartada para no leerlos. Pero con los libros breves no hay escapatoria. Quien adquiere un libro breve contrae de rebote el engorro de tener que leerlo
A mí, particularmente, hay muchos libros breves que me ha engañado muchas veces, y así, por ejemplo, hubo un tiempo en que lograron convencerme de que tenían sólo por ejemplo cien páginas. A la cuarta vez que lo leí, me di cuenta, sin embargo, de que encubrían cuatrocientas, y como todavía no he acabado de releerlos, resulta que el autor me ha vendido como prosa breve lo que en realidad es un libro poco menos que interminable.
Luis Landero
De Entre Líneas: El cuento o la Vida
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jueves, 8 de marzo de 2012

Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia.



Alfonso Pedraza (compilador)
México, Ficticia, 2012.
119 pp.

El pasado 8 de febrero se presentó en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México el libro Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia, como parte de los festejos por los diez años de funcionamiento del taller de minificciones de La Marina de Ficticia. De dicha presentación participaron, además del creador del taller, Alfonso Pedraza, todos los ficticianos que han fungido como Coordinadores a lo largo de este tiempo.
«Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia, representa una década de trabajos del Taller de Minicuento de www.ficticia.com, conocido como La Marina. Estos textos han sido elegidos, primero, por un importante número de especialistas y escritores del mundo hispanoamericano de la minificción y, segundo, por los propios ficticianos, de entre 25 mil obras publicadas y trabajadas en red, lo que las ubica como los cien relatos brevísimos más populares de Ficticia, el portal de internet con mayor antigüedad dedicado al cuento contemporáneo en español. En este libro se dan cita 47 microrrelatistas de México, España, Argentina, Colombia y Francia que, con piezas de apenas unas cuantas líneas, son el mejor ejemplo del porqué la narrativa corta o ultracorta se ha ganado un lugar de privilegio en la literatura del siglo XXI».
Texto de la contratapa de Cien fictimínimos.
Entre los 47 autores mencionados se hallan la imponderable Lucía Díaz (presente Coordinadora y merced a la cual ha llegado hasta mis manos el libro), Elisa de Armas, José Manuel Ortiz Soto y Mónica Ortelli, además de un tal Gabriel Bevilaqua que ha tenido la fortuna de participar con cuatro textos (Despertares, Sin retiro, A la sombra de un sueño en flor y La sombra del alquimista).
En este punto, y pese a ser parte interesada, creo no equivocarme al asegurar que mucha de la buena minificción que se ha escrito, en la pasada década y en lo que va de la actual, ha salido de La Marina. Estos cien microrrelatos al menos así parecieran confirmarlo. Textos hilados al rumor de las aguas marineras cuya mayor riqueza deviene de la variedad de voces narrativas, de estilos y de enfoques. En suma, de la imaginación puesta al servicio de lo breve.
Para terminar, valga una pequeña muestra en la que me he tomado la libertad de incluirme.
 


Nota: los textos reproducidos son propiedad exclusiva de sus respectivos autores.
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domingo, 26 de febrero de 2012

El talento de un padre

En el corriente año se festeja el bicentanario del natalicio de Charles Dickens; vaya como modesto homenaje desde El Elefante este fragmento de las Memorias de Joseph Grimaldi (payaso de gran fama en su época), inéditas hasta ahora en castellano, y que con buen tino ha escogido el suplemento ADN para su difusión (se lee casi como un relato autónomo).



HEMOS señalado ya que el padre de Grimaldi era un individuo excéntrico; tal parece que fue especialmente puntilloso y bastante desagradable en la educación de su hijo. El niño, que había aprendido a efectuar cientos de trucos fantásticos, imitaba con facilidad a un payaso, a un mono o a cualquier otra criatura grotesca o ridícula, tanto debajo como encima de las tablas, y cuando lo incitaban los asiduos ocupantes de los camerinos, acostumbraba a dar saltos y piruetas para entretener tanto a éstos como al público. Por supuesto, todo ocurría escrupulosamente lejos de las miradas del padre, quien, siempre que por azar pescaba al niño haciendo cualquier travesura, le aplicaba idéntico castigo: una sonora paliza que terminaba con el pequeño agarrado de los pelos y volando hacia un rincón donde el padre, con semblante severo y voz atemorizadora, le ordenaba: “non te muevas, es tu responsabilidad”. Sin embargo, Joe no acataba y, tan pronto como el padre desaparecía, también desaparecían los gritos y los llantos del hijo que, haciendo gala de un sinnúmero de guiños y sonrisas que más tarde se volverían populares, reiniciaba con mayor ímpetu su pantomima. Nada ni nadie podía detenerlo, salvo el grito de “¡Joe, Joe! ¡Allí viene tu padre!”, ante el cual él regresaba de inmediato al rincón y se echaba otra vez a llorar como si nunca hubiese dejado de hacerlo.
Con el correr del tiempo esto se volvió una diversión habitual y, más allá de que el padre se acercara realmente o no, la gente daba el grito de alerta por el mero gusto de ver cómo Joe corría de nuevo a su rincón. El niño entendió esto muy pronto y, como a menudo confundía las genuinas advertencias con las bromas que le jugaban, pasó a recibir más castigos y reprimendas que antes de quien describe en el manuscrito de sus memorias como “un severo pero excelente padre”. En muchas de estas ocasiones, Joe se encontraba ataviado de pequeño payaso, su papel predilecto en Robinson Crusoe. Solía pintarse la cara a imagen y semejanza de la de su padre, lo que según parece volvía más hilarante la escena. El anciano caballero lo llevaba al camerino y lo dejaba en su rincón después de darle estrictas órdenes de no moverse de allí, so pena de ser castigado.
El conde de Derby, que a la sazón frecuentaba el camerino, apareció un buen día y, al ver a ese niñito cuyo aspecto solitario contrastaba sobremanera con sus atuendos y su maquillaje, le dirigió la palabra:
—Hola, chiquillo. ¡Ven aquí!
Joe le devolvió una mueca muy extraña, pero no se movió de su rincón. El conde rompió a reír y miró a su alrededor en busca de una explicación para la actitud del niño.
—No osa moverse le explicó Miss Farren, a quien el conde quería mucho y con quien terminó casado. Su padre lo castiga si se mueve.
—¿En serio? inquirió el conde. Tras lo cual, a guisa de confirmación, Joe hizo otra morisqueta aún más extravagante que la anterior.
—Sospecho dijo el conde, al cabo de una risotada que este niño no teme a su padre tanto como parece. A ver, señor, ¡venga aquí!
Mientras así llamaba al niño, el conde mostró media corona y Joe, que conocía a la perfección el valor del dinero, se aproximó entre ademanes dignos de una pantomima y le arrebató en el acto la moneda. No había regresado a su rincón cuando el conde lo agarró del brazo.
—¡Espera, Joe! Te daré otra media corona si te quitas la peluca y la arrojas al fuego.
Dicho y hecho. La peluca fue a dar al fuego; hubo un rugido de risas; el niño corría y brincaba por el lugar con media corona en cada mano. Pero el conde, alarmado por las posibles consecuencias que esto podría traerle al niño, decidió rescatar la peluca del fuego con ayuda de un atizador. Fue entonces cuando irrumpió en los camerinos el padre de Joe, vestido de “marinero náufrago”. Por fortuna para Joe, el conde de Derby se interpuso de inmediato entre padre e hijo; de lo contrario, es muy probable que este último hubiese matado a su hijo en presencia de todo el mundo, previniendo así cualquier posibilidad de que lo enterraran vivo alguna vez.
El asunto concluyó con una severa paliza que hizo llorar de amargura al niño. Las lágrimas que corrieron por su rostro, cubierto de una gruesa capa de pintura “de dos centímetros de espesor”, transformaron tanto su aspecto que Joe ya no parecía ni un pequeño payaso ni un pequeño ser humano. De inmediato, lo llamaron a subir al escenario. Su padre, en pleno rapto de ira, no advirtió el estado en que su hijo subía a actuar, no hasta oír cómo el público estallaba de risa. Entonces, aún más furioso, Grimaldi padre alzó a Joe y le propinó otra tunda, que hizo vociferar al niño. El público interpretó esto como una broma genial y los periódicos del día siguiente afirmaron que era maravilloso ver actuar a un niño con tanta naturalidad, algo que hacía honor al talento de su padre como docente.

De Memorias de Joseph Grimaldi, de Charles Dickens;
editado por Voces Ensayo.
Traducción de Eduardo Berti
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miércoles, 15 de febrero de 2012

Sobre «Tatuaje», de Ednodio Quintero























En cierta ocasión la minificcionista Manuela Fernández preguntó y se preguntabaen un foro lo siguiente: ¿Es imprescindible que las minificciones tiendan siempre a la hiperbrevedad?
Mi respuesta a su inquietud fue un categórico no, sustentado, a modo de ejemplo, en el caso de la reescritura del texto Tatuaje, de Ednodio Quintero, que ahora traigo hasta ustedes.
La primera versión de Tatuaje pertenece al libro La muerte viaja a caballo* (1974). Años después, Quintero, ya dueño de una mayor solvencia literaria, vuelve a los cuentos de La muerte... y los reelabora para La línea de la vida (1988). Según palabras de la ensayista Violeta Rojo: «Con este libro, (Quintero) nos hace descubrir que LA BREVEDAD NO DEBE SER DESPOJADA Y QUE MENOS NO NECESARIAMENTE ES MÁS. Analizar los escuetos cuentos del primer libro comparándolos con los precisos pero estéticamente más correctos del segundo es una experiencia deliciosa».**
Comparemos, pues, ambas versiones de Tatuaje:
TATUAJE (primera versión)
De «La muerte viaja a caballo», 1974
CUANDO su prometido regresó del mar se casaron. El había aprendido el arte del tatuaje y alguna otra cosa. Dibujó con sumo cuidado —en el vientre de ella— un hermoso puñal. El hombre murió una tarde y ella pasó muchos días nadando en lágrimas. El otro comenzó a rondarla. Tanto insistió que al fin ella cedió. Nunca se supo cómo el hombre desnudo se le quedó muerto encima, atravesado por el puñal.
(72 palabras)
TATUAJE (segunda versión)
De «La línea de la vida», 1988
CUANDO su prometido regresó del mar, se casaron. En su viaje a las islas orientales, el marido había aprendido con esmero el arte del tatuaje. La noche misma de la boda, ante el asombro de su amada, puso en práctica sus habilidades: armado de agujas, tinta china y colorantes vegetales dibujó en el vientre de la mujer un hermoso, enigmático y afilado puñal.
La felicidad de la pareja fue intensa, y como ocurre en esos casos, breve. En el cuerpo del hombre revivió alguna extraña enfermedad contraída en las islas pantanosas del oeste. Y una tarde, frente al mar, con la mirada perdida en la línea vaga del horizonte, el marinero emprendió el ansiado viaje a la eternidad.
En la soledad de su aposento, la mujer daba rienda suelta a su llanto y a ratos, como si en ello encontrase algún consuelo, se acariciaba el vientre adornado por el precioso puñal.
El dolor fue intenso, y también breve. El otro, hombre de tierra firme, comenzó a rondarla. Ella, al principio esquiva y recatada, lentamente fue cediendo terreno. Concertaron una cita; y la noche convenida ella lo aguardó desnuda en la penumbra del cuarto. Y en el fragor del combate, el amante, recio e impetuoso, se le quedó muerto encima, atravesado por el puñal.
(213 palabras)
Tras la deliciosa experiencia de comparar ambas versiones —como apunta Violeta Rojo—, las 73 palabras de la primera me saben a bastante poco, a un mero esbozo o una idea a desarrollar, frente a las 213 palabras tan bien puestas de la segunda.  
También he de señalar que otro mito que rompe Quintero —aparte del de la preeminencia de la brevedad extrema, dentro del género, claro— es el referido al uso de los adjetivos, que vienen a ser habitualmente lo más próximo a la encarnación del demonio entre los minificcionistas, y de los que el autor hace gala con sobrada eficiencia.
Me permito, además, citar las palabras de la escritora Isabel Segura Boutry sobre el presente caso:
«He aquí un buen ejemplo de que lo bello si breve dos veces bello no siempre se cumple.
La segunda versión es claramente superior a la primera no sólo por el uso de adjetivos siempre precisos (y por tanto preciosos), sino también por ese tono de sutil ironía que la impregna como una bruma marinera. Sin contar con que ese primer Tatuaje de 1974 es más breve, sí, pero demasiado aséptico, quizá porque sintetiza al estilo telegráfico sin llegar a serlo, hay detalles que quedan varados en la arena como nadando en lágrimas que chirrían con frases sintéticas como El otro comenzó a rondarla».
Personalmente creo que no ha de ponderarse un microrrelato por su brevedad en sí misma sino que se lo hará en base al uso preciso, lúcido y cabal del lenguaje; sin olvidar que precisión no significa concisión (como tampoco ha de olvidarse que un microrrelato no tiene por qué estar exento de cierta atmósfera por mínima que sea). Poca o nada importa que un texto tenga 15, 200 ó 350 palabras; lo que ha de estimarse siempre es la propiedad de una extensión puesta al servicio de un discurso narrativo.
Dicho lo dicho, invito a cada uno de los lectores a que saquen sus propias conclusiones.
Bibliografía: Minicuentos y textos breves en la literatura venezolana del siglo XX, Violeta Rojo.
* Este libro se caracteriza por una especie de regionalismo de personajes obsesionados que a veces se entremezcla con el realismo mágico, otras con la intertextualidad culta aunque más a menudo con la literatura fantástica. (Violeta Rojo, obra citada).
** En los 90, en Cabeza de cabra y otros relatos hace la misma operación (retomar y reescribir) con siete de sus minicuentos de los 70. (Violeta Rojo, obra citada).
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lunes, 30 de enero de 2012

La definición

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No conozco una sola definición de cuento, por convencida o convincente que sea, que admita de manera absoluta y definitiva las prácticamente infinitas formas del cuento como género literario, como modelo artístico. Puede ser que alguna definición afortunada abarque una o hasta muchas expresiones cuentísticas, pero siempre habrá otras, innumerables, que escapen a ella. Arbitraria e insuficiente como todas, ésta que yo hago, extraída de mi propio diccionario, dice así:
Cuento: Padre y señor nuestro de los géneros literarios: En un principio fue el Cuento... Sí; pero, qué es un cuento. Ah, pues un cuento es un acto de amor, es un acto de fe, es una consagración, es un prodigio, es un azar limitado por la eternidad, es una brevedad que encierra el infinito, es una prueba de que existimos, es el sueño de un dios imaginado por un ser ordinario, es un juego a pulso entre dos magos, es un malabarismo con esferas llenas de palabras, es un espejo en el que te ves, es un asilo para cuerdos, es una de las infancias del hombre, es unos labios que se besan por primera vez, es un cielo añil o naranja o nubecido, es un tren que desliza su soledad por entre los nervios de la noche, es la sábana que huele a lo que amamos, es el continente de un cuerpo descubierto apenas, es unos ojos en busca de una lágrima, es un mapa de la muerte, es un perro que ladra no sé dónde, es un deseo convertido en añoranza, es una mirada que anda a ciegas, es una cicatriz cerrada en falso, es la uñita de luna que había sobre mi casa cuando te conocí, es una sopa de lentejas en lo mejor del hambre, es una niña de nueve años colmada de luz lo mismo cuando juega que cuando duerme, es una travesía de la Osa Mayor por la Vía Láctea, es un buque fantasma que toca puerto al mediodía, es una libreta de saldos donde hago la recapitulación de mis pecados, es un mar que agoniza sin haber sabido en su vida lo que es un barco, es una puerta que si la abres te pones a llorar, es un camello que no quiere ni oír hablar de la aguja, es el miedo que le tiene el tiempo a la vejez, es una retina que se desprende por lo más delgado, es un ataúd para dos que no se amaron, es una boca que no pasó por los dientes de leche, es un diablo torpe, es un corazón con los recuerdos contados, es tu mano con mis huellas digitales, es un duelo a muerte entre palomas, es una perplejidad en el alma o lo que es lo mismo una piedra en el zapato, es la almohada donde tu sueño y mi sueño vuelan juntos, es un agua de río que siempre está de paso, es un agua de lluvia que nunca llega a cumplir años, es un reloj que no se para ni a tomar aire ni para ir al baño, es las tres sabidurías juntas en un solo costal, es la fiebre y el fervor de un loco sagrado, es la alucinación de los visionarios, de los santos, de los magos, es el destino perfecto de Dios... El Cuento es, finalmente y en resumidas cuentas, el verdadero principio de todas las cosas, y al contrario de todo lo que principia, es lo que jamás acaba.

Agustín Monsreal

miércoles, 18 de enero de 2012

La valentía del escritor


Una de las cualidades necesarias para llegar a ser un buen escritor es la valentía.
Uno tiene que ser valiente para dejarse escribir cualquier cosa, aunque le dé miedo, aunque crea que es una tontería, aunque sepa que no vale mucho. Si uno se permite escribir mal, podrá aprender de sus errores, comprender por qué ese relato o ese texto no le ha salido bien y, así, seguir avanzando en este camino maravilloso que es el de la escritura.
La valentía también está en probar cosas nuevas, no quedarse con lo que uno ya sabe que funciona sino ir más allá, experimentar es también una buena herramienta.
El problema, claro, es que cuando uno experimenta se arriesga a que lo que salga sea un potaje un tanto soso, pero también se aventura a que sea el mejor potaje de su vida. Experimentar es bueno, es necesario, pero hay que hacerlo con cabeza, sabiendo que uno puede meter la pata y que en esa metedura de pata está el camino para seguir mejorando.

 Inés Arias de Reyna
 (Tomado de su bitácora: Lady Dragón).

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martes, 27 de diciembre de 2011

La gloria del cuento según...



... Medardo Fraile
«La gloria del cuento es la brevedad. Hacer impacto. Si en esa brevedad el verbo se hace carne, sale un cuento maravilloso. Y siempre tiene algo de misterio. Se debe encontrar una sobriedad que no quite expresividad. En realidad, nadie sabe lo que es un cuento. Al que cree saberlo, se le nota, porque hace un mal cuento».
Pintura: Mary Jane Ansell, The Butterfly Book
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viernes, 11 de noviembre de 2011

De la necesidad de la narrativa...



...según Fernando Sorrentino

Si tuviera que formular un reclamo para argumentar la necesidad de la narrativa en la vida humana, de la literatura que asume como género el cuento o la novela, ¿qué sería lo esencial que expresaría?
No hay nada que argumentar en favor de tal necesidad. Los hechos empíricos están certificando, y con creces, esa necesidad. No diré nada nuevo si afirmo que, como todos vemos, al ser humano le complace que le cuenten historias. Y, sobre todo, que esas historias sean gratuitas, sean porque sí, para pasar el tiempo, para divertirse, para gozar de los laberintos de la imaginación, del placer de la fabulación y del embuste.
En tal sentido, soy el primero en adscribirme a esta inconsciencia y a esta frivolidad.

Fuente: Contemporáneos del mundo, número 15.
Una larga y sustanciosa entrevista que Garzón Céspedes le hiciera al autor.

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domingo, 11 de septiembre de 2011

12 notas...


...del «Cuaderno de Notas», de Anton Chéjov
Ahora la gente se vuela la tapa de los sesos porque está harta de la vida o por razones semejantes; en otra época, por haber malgastado dinero del erario público.
Sírvame una porción de gran maestro de la calumnia y la maledicencia con puré de manzanas, por favor. El camarero, que no comprendía, molesto con su propia falta de perspicacia, hubiera querido responder algo, pero Pochakín le echó una mirada severa y le dijo: ¡Fuera! Poco más tarde el camarero trajo lengua con puré: había comprendido.
Extracto del Diario de un perro viejo: “Los humanos no comen los huesos que la cocinera hizo hervir para la sopa, ni beben el agua en que los hirvió. ¡Qué idiotas!”.
Es necesario educar a una mujer de modo que sepa reconocer sus errores; de otro modo, siempre creerá tener razón.
Si alguien elije una ocupación que le es ajena, el arte por ejemplo, se vuelve infaltablemente un funcionario. ¡Cuántos funcionarios en la ciencia, el teatro y la pintura! A aquel a quien la vida le es ajena; a aquel que no está dotado para la vida, no le queda más remedio que volverse un funcionario.
Tiene dos esposas: una en Petersburgo, la otra en Kerch. Y, todo el tiempo, escándalos, amenazas, telegramas. Llega al borde del suicidio. Pero termina por encontrar una solución: vive con sus dos mujeres juntas. Las dos están estupefactas, como petrificadas: pero es así como se callan, se vuelven inesperadamente silenciosas.
Un hombre, a quien la rueda de un vagón arrancó una pierna, se inquieta porque en la bota de la pierna perdida había 21 rublos.
“…Esa mujer… Me casé a los veinte años, no he tomado un solo trago de vodka en toda mi vida, no he fumado un solo cigarrillo…” Y sin embargo… Después que hubo pecado todos lo amaron más aún y le tuvieron más confianza. Y, caminando por la calle, comenzó a darse cuenta de que la gente era más tierna y gentil con él, sólo porque era un pecador.
Hay escritores cuyas obras, consideradas por separado, nos parecen brillantes, pero en conjunto apenas si nos impresionan. Por el contrario, en otros casos, un solo libro no nos sugiere nada en particular, pero el conjunto de las obras nos parece límpido y brillante.
Una señorita coqueta, entre risas: “Todo el mundo me tiene miedo... los hombres, el viento... Ah, qué importa... ¡No me casaré jamás!” Su hogar es una desgracia, su padre es alcohólico. Si la gente pudiera ver cómo trabaja con su madre, cómo ella misma se esfuerza por esconder a su padre, todos le profesarían un respeto profundo... Pero también se asombrarían de que le dé tanta vergüenza su pobreza, su trabajo, y que no se avergüence de las tonterías que dice.
Más vale morir a manos de un imbécil, que recibir de él un solo halago.
Comenzó una relación con una mujer de 45 años y a escribir historias de horror, casi al mismo tiempo.

Arte: Félix Vallotton, La liseuse, 1922
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domingo, 28 de agosto de 2011

El mejor aprendizaje y otros asuntos...



...según Ernest Hemingway
¿Cuál consideraría usted que es el mejor aprendizaje intelectual para el futuro escritor?
Digamos que debería ir y ahorcarse porque descubre que escribir bien es una dificultad intolerable. Entonces habría que cortarle la soga sin piedad y obligarlo por las propias a escribir lo mejor que pueda por el resto de su vida. Por lo menos tendría la historia del ahorcado para comenzar.
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¿Qué pasa con la gente que ha hecho una carrera académica? ¿Cree que gran cantidad de escritores que ocupan cargos en la enseñanza han comprometido su carrera literaria?
Depende de lo que usted llame compromiso. ¿Lo dice en el sentido de una mujer que se ha comprometido? ¿O es el compromiso del estadista? ¿O el compromiso con su almacenero o con su sastre de que les va a pagar un poquito más pero en cuotas? Un escritor que puede escribir y enseñar tendría que hacer las dos cosas. Muchos escritores competentes han probado que podía hacerse. Yo no podría, lo sé, y admiro a los que pueden hacerlo. Me inclino a pensar, sin embargo, que la vida académica pondría punto a la experiencia exterior lo que limitaría posiblemente el conocimiento del mundo. El conocimiento, no obstante, demanda más responsabilidad de un escritor y hace más difícil la escritura. Tratar de escribir algo de valor permanente es una tarea que toma todo el tiempo aunque sólo se usen unas pocas horas en escribir realmente. Un escritor puede compararse a un pozo. Hay muchas clases de pozos como hay de escritores. Lo importante es tener agua buena en el pozo y es mejor sacar una cantidad regular que dejar el pozo seco y esperar que se vuelva a llenar.
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¿Admite que hay simbolismo en sus novelas?
Supongo que hay símbolos ya que los críticos se la pasan encontrándolos. Si no le molesta, no me gusta hablar de ellos ni que me pregunten por ellos. Ya es bastante duro escribir libros y cuentos como para que además uno tenga que explicarlos. También, deja a los explicadores sin trabajo. Si cinco o seis o más buenos explicadores pueden continuar, ¿por qué los interferiría? Lea cualquiera de las cosas que escribo por el placer de leerlas. Cualquier otra cosa que encuentre estará en la medida que usted la haya aportado a la lectura.
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¿Hasta qué punto está completo en su pensamiento la concepción de un cuento? ¿Mientras lo va escribiendo cambia el tema, el argumento o algún personaje?
A veces uno sabe el cuento. A veces lo va haciendo y no tiene la menor idea de cómo terminará. Todo cambia a medida que se mueve. Eso es lo que hace que el movimiento haga el cuento. A veces el movimiento es tan lento que no parece que se estuviera moviendo. Pero siempre hay cambio y siempre movimiento.
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¿Puedo preguntarle hasta qué punto cree usted que el escritor debe preocuparse por los problemas sociopolíticos de su época?
Cada uno tiene su propia conciencia y no deberían existir reglas sobre cómo debe funcionar una conciencia. De una cosa puede estar seguro y es que si la obra de un escritor preocupado por la política debe durar tendrá que saltear lo político cuando lo lea. Muchos de los llamados escritores enrolados políticamente cambian frecuentemente su política. Esto los alegra mucho a ellos y a sus revistas político-literarias. A veces tienen que escribir de apuro sus nuevos puntos de vista… Quizás esto pueda ser respetado como una forma de la búsqueda de la felicidad.
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Se ha dicho que un escritor trata una o dos ideas a través de toda su obra. ¿Diría usted que su obra refleja una o dos ideas?
¿Quién dijo eso? Suena muy tonto. El hombre que lo dijo posiblemente no tenía más que una o dos ideas.

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