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sábado, 18 de febrero de 2017

Ropa de estación



CON LA LLEGADA de los primeros fríos, te dirigís al armario y buscás en el segundo cajón aquel pulóver verde con filigranas de ositos.  Ponés el pulóver sobre la cama y sacás de otro cajón un par de medias gruesas de lana. Luego abrís la puerta con luna y pasás percha tras percha, hasta que das, debajo del guardapolvo, con la camisa leñadora que tanto le agrada. Finalmente, cuando la muda de ropa está completa, apagás la luz y salís de la habitación esbozando una leve sonrisa.
Durante días y más días la ropa persiste allí, intacta; como intacta persiste tu esperanza de que un día ya no la encuentres sobre la cama… Y que lo de la curva no haya sido más que un largo y triste sueño de invierno.
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viernes, 15 de febrero de 2013

Ventanás



NORA da vueltas para un lado y para otro, no puede dormir. Se desemboza y siente un aire gélido en la cara. Al encender la luz observa que las cortinas de la ventana se hinchan como velámenes. Se levanta, corre el cortinaje y descubre que las hojas de vidrio y los postigos están cerrados. De repente aquellas se empañan, salvo en un pequeño círculo del tamaño de una moneda. Se inclina hacia el mismo y descubre un ojo.
Con furor y miedo entremezclados, Nora trata de desempañar los vidrios pero no lo consigue. El ojo no deja de mirarla y ella apoya un dedo sobre el círculo. El dedo lo atraviesa y queda apresado. 
Una lengua áspera, como de gato, lo lame.
Nora ciñe con la mano libre la muñeca de la atrapada y tira hacia sí con todas sus fuerzas. Cuando se libera, se halla de vuelta en la cama.
Enciende la luz y observa. El cortinaje cubre los vidrios como si jamás lo hubiese apartado. «Ha sido una pesadilla», murmura, y sonríe. Al instante las cortinas se agitan, un aire gélido le pega en la cara y una lengua áspera, como de gato, lame su espalda.
Safe Creative #1302134587846

El presente texto ha recibido en el mes de enero pasado una mención en el III Certamen de relato corto... para mesilla de noche que organiza el sitio Esta noche te cuento.
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miércoles, 17 de octubre de 2012

Entrecruzamientos



SOBRE un atril reposa un libro. Lo abro con parsimonia y recorro sus páginas en blanco. Al llegar a la última, un niño me pregunta si leí el libro. Me encojo de hombros y le digo que no. Entonces me despierto.
Ignoraba el significado de aquel sueño hasta esta noche en que el niño se me apareció en una fiesta en estado de vigilia. Tras abandonar el bullicio, me guía a través de varias habitaciones hasta una sala donde sobre un atril reposa un libro. Lo abro y rememoro la historia de mi vida, incluido lo del triste final.
El niño, con cara del deber cumplido, me pregunta si esta vez leí el libro. Me encojo de hombros y le digo que no. Entonces se despierta.
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Los fallos debidamente fundados escasean, por eso les comparto el pormenorizado análisis que sobre el presente texto efectuó el narrador Félix Amador-Gálvez al seleccionarlo como ganador del pasado mes de septiembre en Ficticia:
“Entrecruzamientos”, con su ambiente gótico y misterioso, aúna toda una serie de elementos literarios que lo hacen valioso. En primer lugar, la narración en primera persona, tan característica del género de terror, sumerge al lector en la psicología del personaje, contagiándole sus sensaciones e incluso sus miedos. En la acción, el mismo acto de abrir el libro provoca un aura de misterio. La elipsis, al omitir el contenido del mismo, que no se desvela en un principio al lector, aumenta este misterio. Cuando el personaje despierta se presume la calma. El punto y aparte es un respiro. Sin embargo, el sueño persigue al personaje hasta la realidad, un elemento clásico que recuerda a Poe y que no por clásico deja de ser inquietante. Las contradicciones (cuando lee y niega haberlo hecho) aumentan la textura, provocando incertidumbres, tanto en los hechos narrados como en la honradez narrativa del protagonista. El final inesperado, el sueño dentro de otro sueño, aun más cuando es otro el que sueña, redondean una inquietante y bien construida narración.
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lunes, 6 de agosto de 2012

Punto de llegada



I
El tren atraviesa suavemente el océano rubio del trigal. Una mujer, de mediana edad y aún guapa, duerme con la cabeza apoyada sobre mi hombro. Ignoro quién es ella. Ojalá este viaje durase para siempre, pienso y sonrío.
II
El tren atraviesa suavemente el océano rubio del trigal. Un hombre, de mediana edad y aún guapo, duerme con la cabeza apoyada sobre mi hombro. Ignoro quién es él. Ojalá este viaje durase para siempre, pienso y sonrío.
III
Cuando el vozarrón del guarda los despierta, el hombre y la mujer, sentados frente a frente, se miran y cada uno reconoce en el otro las huellas del sueño. Pudorosos, se evitan, y al recibir los boletos de vuelta, el guarda les informa que están próximos a llegar.
—¿A dónde? —preguntan en una sola voz como si aún no lo supiesen. 
—Al fin de la soledad —responde el guarda mientras se aleja.

Safe Creative #1208062076943

El presente texto ha recibido en el mes de julio próximo pasado una mención en el 2º Certamen de relato corto... para mesilla de noche que organiza el sitio Esta noche te cuento.
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martes, 1 de noviembre de 2011

El ventanuco



A LA SEMANA de que comenzase la lluvia, los vi. Eran tres: una mujer, un ave y un enmascarado. El enmascarado, de seguro un esclavo o un sirviente, iba al timón. El ave sostenía una antorcha entre sus garras. La mujer, de pie en la proa del bote, estaba desnuda. Éste volaba suavemente sobre las olas enfurecidas. Cuando observé que se acercaban al arca, cerré el ventanuco. Estuve días sin indagar el exterior, pensando. Al cabo volví a asomarme. Enseguida los vislumbré. En esta ocasión retuve la mirada absorto en la mujer hasta que estuvieron a no más de cincuenta codos. Finalmente el miedo me ganó la partida otra vez. Entre imprecaciones juré que reuniría valor hasta de dónde no tuviese si volvían a mostrarse.
Cuando la falúa se detuvo frente a mi compartimiento, el ave me alumbró con su antorcha. Los ojos de la mujer, bellos como dos lunas de amatista, se clavaron en mí. Había tristeza en su mirada.
―Creía que eras él ―dijo, y se alejaron bajo la pesada cortina de agua tan mansamente como habían llegado.
Ignoro si aquello fue una prueba o una alucinación, pero, tras varias décadas, aún subo al monte para otear con una vaga esperanza a través del ventanuco.


Safe Creative #1111010419894
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miércoles, 12 de octubre de 2011

El reparador



HACÍA un rato largo que la esperaba. Aún no me creía que semejante beldad hubiese aceptado mi invitación, cuando una joven delgada como un espárrago, ojerosa y con un pucho entre los labios, se sentó frente a mí. Llevaba el vestido rojo y el clavel blanco prometidos.
―Se me hizo tarde, nene. ¿Hay drama?
Sólo atisbé a negar con la cabeza. Deduje que la mujer de mis sueños me había engañado. ¿O estaría en algún rincón del local riéndose a mis costillas? La busqué con la mirada.
―¿Pasa algo? ―dijo el espárrago, perdón, la muchacha, tras enterrarme en una bocanada de humo.
―No, no pasa nada ―respondí, y entregado a las circunstancias, agregué―: ¿Ordenamos?
La velada aconteció exigua en palabras, porque la joven tenía sus mandíbulas obscenamente dispuestas a terminar con su delgadez aquella misma noche. No pude probar bocado.
Cuando ella iba por su quinta porción de torta de chocolate con frutillas, un hombre singular ―no sabría decir por qué― se le acercó y le pidió que lo acompañase. A poco descubrí que el mismo tipo le señalaba a la que era mi cita original, la mesa en que me hallaba.
En medio de una animosa conversación, el susodicho, como un mozo más, nos trajo una botella de champaña “cortesía de la casa”.
Desbordado, me excusé un instante con la dama, y fui tras él.
―Los sueños, sueños son ―dijo, y guiñándome un ojo, acotó―: Pero para su fortuna, cuando se estropean, aún persiste gente como yo.
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viernes, 6 de mayo de 2011

Sueños

Hielke Gerritse, Underground I



UN HOMBRE soñó que otro lo mataba a sangre fría. Todo comenzaba con el asesino sentándose frente suyo y proseguía con ambos tratando de bajarse en la misma estación de subtes, entre un mar de gente. De súbito, el sueño arrojaba al soñador al living de su casa, donde el criminal, pistola en mano, le decía algo antes de ejecutarlo que no alcanzaba a oír.


A lo largo de varias noches, el hombre padeció el mismo sueño hasta que una mañana en el subte, el asesino, de carne y hueso, se sentó frente a él. Aunque la perplejidad se le ocurrió mutua, cuando la multitud se arremolinó hacia las puertas, el soñador no vaciló en extraer un estilete…


Desde entonces el hombre vivió tranquilo hasta una tarde en la que, al ingresar a su casa, se imaginó otra vez en el sueño; pero supo que no lo era al oír a su interlocutor:


―Mi hermano gemelo tenía más cabeza que yo para ser detective; pero el destino quiso que la usara para ser escritor, y de los buenos. Tanto que todo lo volvía literatura, en especial, sus sueños.


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Foto © Hielke Gerritse, Underground I

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martes, 4 de enero de 2011

La comida de Navidad

Pretty, Still life


HACE casi un año que Elena murió. No obstante sus padres me han pedido que, como de costumbre, asista a la comida de Navidad. Pensé en disculparme, pero los viejos siempre han sido tan buenos conmigo, que no tuve corazón.


Afortunadamente, la velada transcurrió contenida; melancólica pero no triste. Incluso pude reencontrar una sonrisa en el rostro de Marga cuando me sirvió el café…


De repente, tirado en el piso y antes de que volviera a desvanecerme, alcancé a oír la voz de mi suegro: «Lo siento muchacho pero a mi esposa, todas las noches, se le aparece nuestra hija en sueños y le dice que te extraña con locura».


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Foto © Pretty, Still life

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sábado, 21 de noviembre de 2009

Despertares


DESPERTÉ en una embarcación. La adusta mirada de los pasajeros y el porte del barquero me revelaron, tempranamente, que estábamos navegando por las aguas del Estigia. Se me oprimió el corazón. De súbito, una mujer —que me recordó a mi madre— posó sus manos sobre mi cabeza y con una voz dulcísima me dijo: «Vuelve a la costa, pajarillo».


Esta mañana, al restregarme los ojos, algunas plumas persisten entre mis dedos.


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Arte © La isla de los muertos, de Arnold Böcklin, interpretada por Pulo


lunes, 26 de octubre de 2009

Redes


En el libro «Anthropological curiosities of the Lost World», Sir Alfred Camden revela que en Papúa los sueños interaccionan con lo real de maneras insospechadas. Así, refiere el caso de un soñante que desde que vio naufragar su embarcación, se negó a ejercer el oficio de pescador. La esposa, ante el hambriento lloro de los hijos optó por tomar su lugar. Después de la partida se desató una feroz tempestad y las aguas no tardaron en abandonar sobre la playa los restos del naufragio. El hombre, cumplido el luto de rigor, construyó otra embarcación y se agenció una esposa bastante más joven. Afirman los que relataron la anécdota al sabio, que el soñador se había inducido a sí mismo el sueño.


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Foto: Naufragio © Martin Day

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