AL
ABRIR la ventana del dormitorio para que ingrese aire fresco le llaman la
atención las cortinas del departamento de enfrente. “Son azules como las aguas
del mar”, dice, mientras una mujer joven y curvilínea las descorre un par de
palmos. El hombre se alegra de no haber encendido la luz cuando instantes
después la muchacha se aleja de la ventana, se desviste y comienza a peinarse parsimoniosamente
en la cama. Tras un largo rato la mujer se levanta, abre los vidrios de la
ventana y se queda de pie entre las cortinas que una imprevista racha de viento
agita como si fueran olas. Su rostro ovalado se vela y se desvela en ese vaivén
azul. Al fin el aire se amansa y ella
mira hacia el departamento del hombre, sonríe y comienza a cantar. Su voz se le
antoja a él poblada de madréporas, hipocampos y delfines. Absorto comienza a bracear.
Cuando
la sirena enloquecida de una ambulancia ahoga momentáneamente aquel dulce
canto, al hombre le parece distinguir —justo antes de llegar al fondo del mar—
la cola de un pez entre las cortinas.
El presente texto ha recibido en el mes de agosto pasado una mención en el 2º Certamen de relato corto... para mesilla de noche que organiza el sitio Esta noche te cuento.
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