Cienmanos: Bicho
todavía sin clasificar en ningún orden de la zoología, que consta de muchas
cabezas creativas, y de un montón de manos (nadie ha sido capaz de contarle
cuántas, porque se están moviendo continuamente). Se caracteriza por avanzar
con las manos sobre el papel y sobre el teclado del ordenador, con la intención
de crear una micronovela.
Y la
micronovela ha alcanzado ya el Capítulo 10, donde, de la mano de David Guirao y de un servidor, hacen irrupción los hombres calvos...
Desde aquí
vaya mi agradecimiento a Purificación Menaya por habernos embarcado en este fantástico proyecto, y a David —con el cual
ha sido un placer trabajar— por su
excelente recreación del texto.
Espero que nuestra participación resulte de vuestro agrado.
Brevísimo y singular resumen hasta el presente
capítulo: Todo comienza con nuestra
protagonista, Paula (Lew), tambaleándose por unas callejuelas oscuras poco antes
de su azaroso y fugaz encuentro con Víctor Tim. Atrás ha quedado el cuerpo sin
vida de Bruno (Laborda)...
Pronto nos enteramos que Bruno
había viajado en el tiempo (al pasado), entrecruzando su destino con el de Paula.
Paralelamente, Sebastián Laborda
inicia la investigación para desentrañar el misterioso cuaderno de
notas de Víctor. Para lo cual solicita la
ayuda de un viejo profesor amigo suyo: Emilio.
En un
callejón, Paula trata de limpiar sus
zapatos para desorientar a los hombres que la persiguen. Se devela que Bruno había ido a parar al Valladolid de 1947.
Víctor Tim se da cuenta que olvidar
su cuaderno de notas en un despacho de la facultad ha sido un gravísimo
error...
Carmen, la esposa de Emilio, es
amiga de una tal Paula... A través de una discusión entre los esposos, Emilio
se desenmascara...
Paula se tropieza con Sebastián y nos
anoticiamos que la Paula amiga de Carmen es, efectivamente, nuestra protagonista;
y que ha logrado viajar hasta el año 2011 —escapando de sus perseguidores— gracias al preparado que Bruno había
desarrollado a partir de las notas de
Víctor.
CAPÍTULO
10. LOS HOMBRES CALVOS
HACÍA
volutas de humo cuando golpearon a la puerta.
—¡Adelante! —dijo el anciano.
Dos sujetos enfundados en gabardinas negras
ingresaron a la lujosa habitación y saludaron, con una reverencia, al viejo tras
el escritorio. Este les hizo un gesto con la mano.
—¡Disculpe! —dijo el mayor de los hombres, y
al tiempo que se quitaba el sombrero le asestó un codazo al otro para que lo
imitase. Sus calvas relucieron bajo la luz cenital.
—Así está mejor: la buena educación ante
todo. —Hizo una pausa en forma de ingente voluta de humo—. ¿La atrapasteis?
—Sobre eso queríamos hablarle...; créame que
estuvimos a punto, pero... se nos escapó.
El anciano se puso de pie y golpeó el
escritorio.
—¡Imbéciles!
Luego apagó el puro.
—Decidme exactamente cómo la perdisteis.
—La teníamos acorralada en un callejón
—intervino el más joven—, cuando la sinvergüenza sacó una botellita de su
faltriquera y se tomó el contenido. En cuestión de segundos desapareció frente
a nuestros ojos.
—"Nunca
bajes la guardia ante una pelirroja, son problemáticas por antonomasia", eso
me decía mi padre cada vez que se peleaba con mamá —rememoró el viejo, y tras
acariciarse la barbilla, agregó—: Entonces como yo sospechaba Bruno le confió
todo a la chica. ¡Debemos atraparla cueste lo que cueste!
—¿Cómo? —indagó el mayor.
—Usaremos lo que nos queda de la fórmula para
seguirle los pasos.
—Pero ignoramos a qué época viajó.
—No te preocupes, la sustancia abre un paso
temporal sólo entre el presente y el 2011.
El anciano se apartó del escritorio y les
pidió ayuda a los hombres para ponerse la gabardina negra. La curiosidad
aguijoneó al más joven:
—Señor, algo así, tan acotado, ¿realmente
servirá para nuestros planes?
—¡Ja! Vislumbro un poco de materia gris en
esa cabezota. En verdad, Bruno sólo alcanzó a reproducir una de las fórmulas
que Víctor Tim había desarrollado para viajar en el tiempo, pero hay más,
muchas más. ¿Entiendes? —El joven asintió—. Por eso es imprescindible que
hallemos a la chica: si Bruno tenía el cuaderno de notas de Víctor, ella debe
saber dónde lo ocultó.
—Jefe —intervino el mayor—, su sombrero
favorito.
El anciano sonrió, y pasándose una mano por
la calva antes de vestir el borsalino negro, dijo:
—Muchachos, ¡el futuro tiene nombre de mujer!

