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miércoles, 31 de octubre de 2018

La carga



ANTE LA REPENTINA TEMPESTAD, el capitán ordena que aseguren la carga con cuerdas y que un hombre armado se sume al clérigo y la vigile. La misma consiste en una caja de tres metros de altura por uno cincuenta de ancho y de profundidad. Nadie sabe qué contiene. La abstraída presencia de aquel sacerdote, que camina alrededor de la caja mientras reza, no hace más que aumentar los rumores entre la tripulación. Algunos dicen que se trata de una reliquia sagrada; otros, de un artefacto demoníaco. Lo cierto es que hasta ahora había sido una travesía sin mayores contratiempos. Pero la tormenta ha puesto inusualmente nervioso al capitán, que maldice cada vez que las olas sacuden al barco y mojan su rostro. Bajo cubierta, entretanto, un marinero provisto con un fusil observa al religioso y le pregunta:
—Padre, ¿qué hay en la caja? —El hombre de fe se abstiene de responder y continúa rezando.
Entonces, el viento y las olas arrecian, y el barco no llega a escorar de milagro, pero las cuerdas se rompen o se sueltan y la caja cae hacia un costado. El clérigo se acerca y la ausculta.
—¡Gracias a Dios, continúa dormido! —exclama.
Y antes de que el marinero haga la pregunta obvia, una especie de rugido se impone en violencia a los truenos. Acto seguido, la caja se deshace en manos de aquel esperpento que mira al cura y al marinero y otra vez al cura.
—¿Dónde estamos? —quiere saber.
—En medio del mar, rumbo a Roma.
—¡Decidle a vuestra Excelencia que jamás volveré! —vocifera, y sacudiéndose de las alas los restos pétreos, mal camina hasta la cubierta y gana el cielo, que ya ha comenzado a despejarse.
Recién entonces se oye un disparo.
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domingo, 30 de septiembre de 2018

Las gárgolas del padre Mario



EL PADRE MARIO quería adornar cada una de las esquinas de su iglesia con una gárgola. Pero como las contribuciones de los fieles eran insuficientes para hacerlas de piedra, habló conmigo para que las tallara en madera. Yo ignoraba lo que era una gárgola, y cuando lo supe no me agradó la idea.
—Padre, aquí le traigo los bocetos de unos ángeles —le dije al día siguiente.
—Ángeles, no; gárgolas. Pero si éstas escapan a sus habilidades, se las encargo a otro.
El curita sabía pegar donde duele.
—En seis meses se las tendré listas —le dije mientras hacía papel picado con los bocetos.
Al cabo del sexto mes golpearon a mi puerta. Era, lógicamente, el padre Mario. Con gesto de aprobación, caminó alrededor de cada una de las esculturas pero al llegar a la tercera y a la cuarta, arqueó las cejas.
—Hay un problema —dijo—. ¡Estas dos son hembras!
—¿Qué dice? ¡Si ni siquiera pensé en ponerles sexo!
—No obstante…
—¡Ah, bueno!, dígame, ¿cómo sabe que estas dos son hembras?
—Entre otras cosas, por la mirada de los machos.
Y ciertamente descubrí un fuego en los ojos de aquellas gárgolas que yo no había puesto ahí.
—¡Cosa de mandinga! —dije y me santigüé.
—No se preocupe… ¡Donde hay amor no hay pecado! El viernes las caso y el domingo las encaramamos al techo de la iglesia.
—¿Y el sábado? —quise saber.
—Aunque breve, la luna de miel, por supuesto.
Y por mi madre, que Dios la tenga en la gloria, juro que algo parecido al rubor iluminó entonces las cándidas mejillas de las hembras.
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