domingo, 7 de diciembre de 2014

El mar espera



PESE a que el trasatlántico se halla a más de tres mil metros de profundidad, ni una sola gota de agua moja el interior del camarote 115. Y no se trata de que esté herméticamente cerrado, ya que sir Malcolm Whitaker, como todas las mañanas desde que zarparon de Southampton, lo abandona para tomar, por así decirlo, un poco de agua fresca sobre cubierta. El caso es que al abrir la puerta del camarote, el mar, tímido y respetuoso, permanece afuera.
Cuando el hombre regresa, la señora Whitaker le pregunta si ha vuelto a charlar con el capitán, si ha visto delfines escoltando a la embarcación, o si se ha dignado a pedirles a los pequeños que corretean por los pasillos que la visiten. Sir Malcolm Whitaker la besa tiernamente y satisface todas sus inquietudes, salvo la última. Pero esta mañana algo ha cambiado. El hombre, aún junto a la puerta, insta a los chiquillos a que entren; años se ha demorado en persuadirlos de que aquella mujer inmaculada es buena. Entonces la señora Whitaker adivina con sus manos las caritas de los niños muertos, y moja con sus lágrimas el piso del camarote.
El mar lentamente la acompaña.
Safe Creative #1411102505093

El presente texto ha resultado ganador del mes de noviembre próximo pasado (juntamente con otros dos micros) en el IV Certamen de relato corto para mesilla de noche que organiza el sitio Esta noche te cuento.
Foto: Camarote del RMS Titanic
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miércoles, 26 de noviembre de 2014

Las reglas de Neil Gaiman



1. Escribe.
2. Pon una palabra después de otra. Encuentra la palabra precisa, escríbela.
3. Termina lo que estás escribiendo. Sea lo que sea que tengas que hacer para terminarlo, termínalo.
4. Déjalo reposar. Léelo como si nunca lo hubieses leído antes. Muéstraselo a amigos cuya opinión respetes y que gusten de ese tipo de textos.
5. Recuerda: cuando la gente te diga que algo no está bien o no les funciona, casi siempre tienen razón. Cuando te digan exactamente que piensan que está mal y cómo arreglarlo, casi siempre se equivocan.
6. Arréglalo y recuerda que, más tarde o más temprano, antes de que alcance la perfección, tendrás que dejarlo marchar, seguir adelante y empezar a escribir la siguiente historia. Alcanzar la perfección es como perseguir el horizonte. Sigue avanzando.
7. Ríete de tus propios chistes.
8. La regla principal para escribir es que si lo haces con suficiente seguridad y confianza, se te permite hacer lo que te dé la gana (esta regla puede funcionar para la vida, tanto como para la escritura, pero es definitivamente cierta para escribir). Así que, escribe tu historia como necesite ser escrita. Escríbela con honestidad y cuéntala lo mejor que puedas. No estoy seguro de que haya otras reglas. Al menos, no de las que importan.
Neil Gaiman
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viernes, 14 de noviembre de 2014

El pájaro rojo



UNA NOCHE, hace muchos años, un pájaro golpeó a mi ventana. Era rojo como el fuego y con chispas azules en la cabeza. Al abrir la ventana, voló hasta mi escritorio y comenzó a dar saltitos sobre uno de aquellos tediosos trabajos prácticos de historia. Cerré la ventana y volví a sentarme al escritorio. El pájaro me miró, ladeó la cabeza para un lado y para el otro, y se quedó como de piedra. Iba a tocarlo cuando un rechinar de goznes acompañó la apertura de una escotilla en su pecho. Poco después, una mujer diminuta, escalerilla mediante, descendió del pájaro. Visiblemente exhausta, trataba de decirme algo, pero yo no podía oírla. Entonces le leí los labios… Corrí hasta la cocina ―previa escala en el costurero de mamá― y regresé con un dedal lleno de agua. La mujer diminuta bebió profusamente y luego se remojó la cabeza y los brazos. Como también debería de estar hambrienta, antes de que me lo pidiera, le procuré unas rodajitas de pan y unos trocitos de queso. Mientras ella comía, me preguntaba a mí mismo si habría más pájaros habitados secretamente por personas diminutas. ¡Ésa y otras tantas preguntas hubiera querido que me contestara! Pero, entre bocado y bocado, se quedó dormida. La arropé con un pañuelo y permanecí despierto toda la noche a su lado. Con las primeras luces del amanecer, la mujer diminuta me besó ambas mejillas y me dijo al oído que algún día volveríamos a vernos. Apenas tuve fuerzas para abrirle la ventana.
La preocupación de mis padres al conocer la historia, la subsiguiente ayuda de distinguidos psicólogos y el paso inexorable a la adultez terminaron por convencerme de que aquello no había sido más que una afiebrada fantasía preadolescente; al menos hasta esta noche, en la que una pareja de pájaros rojos golpea a mi ventana. De uno desciende, escalerilla mediante, la mujer diminuta; del otro no desciende nadie… sólo se queda quieto y aguarda deshabitado.
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miércoles, 5 de noviembre de 2014

La fila



EL HOMBRE saca una pistola y le dispara en la nuca a la mujer que lo antecede. Sin perder tiempo, sortea el cadáver y continúa con un anciano, una chica punk, un joven de traje. La gente está horrorizada, no obstante, se resisten a abandonar la fila. Son demasiadas las horas invertidas y todos albergan la esperanza de que al impaciente, de un momento a otro, se le acaben las balas.
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viernes, 24 de octubre de 2014

Cráteres de Marte, por Eloy Tizón



Hay esa clase de autor, capaz de hacer temblar los cristales de las ventanas, con la fuerza de su grito, y luego está ese otro tipo de escritor discreto que prefiere trabajar a partir de una música leve, la insinuación de penumbra y el susurro. Ambas categorías de autores, tarde o temprano, se verán obligados a hacer una pausa y levantarse del escritorio para enfrentarse a la temida pregunta: ¿por qué?
Ya proceda del interior de uno mismo o del exterior, en un momento dado es inevitable plantearse las razones de nuestro trabajo. Si uno ―como es mi caso― tiende por temperamento a practicar las formas breves antes que las extensas, entonces alguien le pedirá que defina qué es un relato corto, qué elementos lo componen y cuál es el propósito que nos empuja a seguir construyéndolos.
Se necesita respirar hondo antes de seguir adelante.
De modo que cada cierto tiempo somos sondeados para explicarnos y teorizar en nombre de algo ―en representación de algo― que no sabemos con certeza si existe o no. Como si los escritores fuésemos representantes o embajadores de un país legendario llamado Relato, acerca del cual se nos solicita ―no se nos exige, pues no se nos exige nada al preguntarnos, pero sí se nos solicita con cierta apremiante amabilidad― que cartografiemos un mapa lo más exacto posible de ese territorio, con todos sus pormenores orográficos y relieves, de ese lugar mítico, de ese remoto país, o incluso si se prefiere de ese remoto planeta ―el planeta llamado Relato―, un poco a la manera de esos robots con sensores y pinzas parecidos a Wall-E que, en las imágenes emitidas por televisión y que todos pudimos ver no hace mucho, envió la Nasa a Marte para que exploraran la superficie del denominado Planeta Rojo.
Con todo, lo más sorprendente de esas imágenes televisadas, a mi entender, no estribaba tanto en las imágenes mismas ―con ser ya de por sí bastante extrañas―, sino en el hecho de que alguien en la Tierra, un comité científico, según tengo entendido, en cuanto esas imágenes eran transmitidas a través de los monitores, se apresuraba a darles un nombre. ¿Para qué? Cualquier promontorio o cráter o minúsculo desnivel o roca de Marte recibía de inmediato un nombre, a veces alusivo a su aspecto físico, imagino que en un intento de colonizar un territorio vertiginoso e introducir la palabra humana en ese abismo de tiempo inmóvil, en el espacio completamente desacralizado de la ausencia de sonidos y de la mudez más completa.
Casi todos los cráteres de Marte han terminado siendo bautizados con los nombres de científicos destacados y novelistas de ciencia ficción, no sin cierto sentido del humor. Bautizar es dar nombre a realidades tan inciertas que aún nos resultan chocantes; colocar, en ese espacio analfabeto de la nada silenciosa y la polvareda del desierto, la cicatriz de un signo o el escándalo de una sílaba. Tan solo eso. Introducir el orden de la palabra humana y por tanto las marcas del lenguaje y los mecanismos de la poesía en el desorden sin límites de la orfandad es lo propio del científico y del creador ―del escritor de ficciones―, cuya tarea consiste precisamente en abrirse paso con terquedad y llevar el diccionario hasta el núcleo rojo de ese decorado de ciencia ficción, de ese pesado aire muerto y de esas playas de pesadilla que según pudimos ver componen el paisaje agreste de Marte.
Seguimos respirando hondo.
La mayoría de las veces, los escritores ―los narradores― nos comportamos también de esa misma manera que mostraban las imágenes de la Nasa, como radares a la búsqueda de cualquier indicio de identidad, para de inmediato proyectarnos en él y darle un nombre (o cambiar el que ya tiene por otro), empleando para ello esos mismos dos gestos de exploración y bautismo; no nos conformamos con menos; y yo diría que no solo los escritores, sino también los lectores sensibles, los estudiosos del tema, los profesores de escritura creativa, los críticos en medios de comunicación, los blogueros, e incluso los editores, cuando son editores inquietos dignos de recibir ese calificativo, hacen algo parecido a esta labor de rastreo.
La literatura es una especie de caos controlado. Uno se arma de pinzas y de sensores y se lanza a una aventura incierta en el espacio solitario de la ingravidez con la intención de nombrar ―y desnombrar― un nuevo planeta teórico y de este modo detectar las posibles huellas del futuro en nuestro presente.
Todos nosotros somos como esos radares lanzados a la caza de objetos fascinantes y desconocidos, alrededor de los cuales nos reunimos y comentamos.
El intento por nombrar aquello que no sabemos si existe es como tratar de escribir en la superficie roja de Marte.
Se nos pide, pues, que entre todos cartografiemos el dibujo de ese mapa. Y resulta difícil ser precisos en este tema, ya que cada relato que escribimos y que leemos no deja de ser, en mayor o menor medida, un objeto marciano arrancado de un planeta inhóspito ―una piedra, un aerolito, un bólido de ceniza y fuego―, una sustancia que no parece estar puesta allí con ningún propósito determinado, ni para enseñarnos nada, ni para aclararnos nada, sino más bien con la intención un tanto incómoda de interrogarnos sobre nosotros mismos y complicarnos la vida, ya de por sí complicada. La literatura que de verdad importa no simplifica el mundo, sino que lo vuelve aún más complejo, más desconcertante.
El caso es que no podemos vivir sin dar nombre a lo que nos pasa, aunque solo sea a un pedrusco alienígena del que no sabemos nada, ni cuántos años tiene ni para qué sirve, ni porqué está colocado así, como de canto. Lo único que sabemos es que al tocarlo quema, y que es un desafío para nuestro sistema nervioso, y que en su interior guarda la intensidad de un secreto tal vez cruel, tal vez emocionante. Igual que ocurre con los buenos relatos, pues el relato, al menos tal como yo lo concibo, no trata tanto de la revelación de un misterio, sino de la custodia de ese mismo misterio.
La literatura no está terminada de hacer. Un libro es algo incompleto, poco hecho, como la carne. Se acaba en la mente del lector, que es quien completa el círculo.
Escribir es una mezcla de rigor técnico y compasión humana.
Hemos vuelto de Marte. Quién lo diría. Lo hemos narrado. El relato de ese viaje, en mi opinión, no está ahí para satisfacer una demanda de entretenimiento, ni para descifrar un enigma, sino para encubrir y prolongar las razones de su misterio. Usamos las palabras del mundo para referirnos a algo que no es exactamente del mundo. Por eso es un género que nos fascina y nos perturba y nos sigue atrayendo de manera irresistible. Como las sirenas a Ulises. Como los cráteres de Marte.
Ilustración © NASA/JPL-Caltech
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viernes, 10 de octubre de 2014

Spoiler



BEATRIZ se halla plenamente metida en la trama de la novela cuando una voz le rezonga:
―Vieja, a ver si aflojamos con la lectura y apagás la luz.
―Ya va, Víctor, cinco minutitos y termino.
―Eso mismo me dijiste hace media hora. No estarás leyendo esa novela para amas de casa… «Cincuenta sombras de Grey». ¡A tu edad! ―dice el anciano y ríe.
―No seas ridículo. Ya sabés que a mí me gustan las de detectives.
―Ah, yo no sé ―dice Víctor, y le arranca el libro de las manos; al devolvérselo, pondera―: Buena historia, pésima resolución…
―¡Si la leíste, no me contés nada! ―protesta Beatriz.
―… mirá vos que esa flacucha y desabrida del ama de llaves iba a ser la asesina del destornillador. ¡Por Dios!
Beatriz dice «¡Ay!», cierra el libro, se levanta. Cuando retorna, Víctor, socarrón, le inquiere:
―Vieja, ¿estás chinchuda?
―Para nada, querido ―le responde la mujer y, mientras deposita algo sobre la mesita de luz, agrega―: Te saqué un destornillador de la caja de herramientas; como vos nunca tenés tiempo para ajustar las bisagras de la ventana del living… ¿Te molesta?
―Al contrario, querida; me ahorrás trabajo ―dice Víctor, y traga saliva, y se emboza, y no duerme.
Safe Creative #1409111950171
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