TRAS noventa y nueve años solo falta uno para que el
maleficio de la abrumadora muralla que aísla la ciudad del resto del mundo
llegue a su fin. En la mente de sus habitantes resuenan distantes ―y ya ajenas―
historias de guerras y hambrunas, de invasiones y reyes despóticos, de
servidumbres y barbarie.
Afortunadamente, y gracias a la participación voluntaria
de todos, incluidos ancianos y niños, habrán colocado seis meses antes de que
eso suceda la última piedra de la flamante ―y no menos abrumadora― muralla.
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