domingo, 7 de noviembre de 2010

Rosaflor

Eggi


LOS GATOS NO SON DE FIAR. Tomemos, a modo de ejemplo, el caso de Rosaflor: cuando Edith, que además de su dueña es mi esposa, le acaricia el lomo, entre ronroneos parece gozarlo intensamente. “¿Quiere un poco de leche la nenita de mamá?”, le dice mi señora, y marcha presta a la cocina. De inmediato, la gata se arrellana a mi lado y espeta: “¡Vaya con la vieja estúpida, no sé cómo la soportamos!”. Le pido que modere su vocabulario pero resulta inútil: sigue despotricando hasta que la vieja, perdón, mi mujer regresa con la leche. Entonces la gata también torna a su máscara. Le he dicho a Edith miles de veces que Rosaflor habla pestes a sus espaldas. “¿Qué te creés que soy, una tonta?... Lo que pasa es que vos siempre le tuviste mala espina…; ni siquiera te importó cuando los chicos se fueron, y ahora querés llenarme la cabeza, ¡no tenés corazón!...” No he vuelto a insistirle, ya estoy grande para andar malgastando saliva. Sin embargo, me preocupo por ella; sobre todo desde que, tras hallar a Rosaflor leyendo una novela de Agatha Christie, llegó una encomienda con venenos. Hace días que la gata pregunta por el cartero. Creo que sospecha mi intrusión. Para colmo, la otra noche la oí rezongar entre sueños: “¡Vaya con el viejo estúpido y traidor!”. Por si las dudas, desde entonces antes de dormir aseguro las puertas y ventanas de nuestra habitación, nunca apago todas las luces, sólo consumo envasados, y trato de que Edith haga lo mismo.

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jueves, 4 de noviembre de 2010

De conspiraciones

Alexandra Catiere


«Enseñar a un niño no es llenar un vacío sino encender un fuego.»

Michel de Montaigne


Yo creía que la conspiración montada por los profesores de lengua y literatura para evitar que surjan nuevos lectores era algo doméstico, uno de los tantos males enquistados en el país. Ingenuo de mí. Parece que los alcances de esta mega operación se extienden allende las fronteras y causa estragos, por ejemplo, en España. Al menos, eso es lo que saco en conclusión al leer el artículo que seguidamente les comparto.


Prolepsis narrativa

Eduardo Jordá


Doy un repaso al libro de ejercicios de Lengua y Literatura de 1º de ESO que estudia mi hija. Veo un capítulo que me llama la atención sobre las técnicas del relato. Leo al azar: "Tiempo cronológico del relato", "tiempo interno de los personajes", "prolepsis narrativa"… Le pregunto a mi hija si entiende algo. Se encoge de hombros y me dice que no. Le pregunto si le interesa. Me dice que no. Pero ella sigue haciendo sus deberes, forcejeando con la prolepsis narrativa (también llamada prospección), y después con el tiempo "cronológico" de la narración, que es distinto faltaría más del tiempo "interno" de los personajes.


¿Nos hemos vuelto locos? Mi hija va a cumplir trece años y está estudiando temas sobre los que muchos escritores no sabrían dar una explicación razonada. Tengo cierta experiencia en talleres de narrativa, pero nunca he hablado de la prolepsis, también llamada prospección, y sólo en contadas ocasiones he comentado el tiempo "interno" de los personajes, y lo he hecho ante alumnos que tienen un gran interés en la narrativa y que además son magníficos lectores y saben escribir bien. Y no creo que ésta sea la situación de los estudiantes de ESO, a los que no imagino como lectores voraces con una gran capacidad expresiva. Una vez más nos equivocamos en los planteamientos educativos. ¿No sería mejor que los estudiantes leyeran un puñado de narraciones, aunque fueran de la serie Crepúsculo, antes de enseñarles el tiempo interior de los personajes? ¿Y no sería mejor que hicieran comentarios detenidos de lecturas, y luego resúmenes, y luego explicaciones orales de las tramas y de los personajes que han leído?


Nuestro sistema educativo tiene la pésima costumbre de construir la casa por el tejado. Le da demasiada importancia a los áridos temas abstractos, antes de intentar por todos los medios que los alumnos de ESO entiendan un texto narrativo, y aprecien y lo disfruten, y luego lo resuman y lo expliquen por escrito. Habría que recuperar las redacciones, para que el profesor enseñara el buen uso del vocabulario y la sintaxis, y después los alumnos deberían acostumbrarse a redactar con claridad y precisión (los profesores tendrían ahí una tarea gigantesca). Pero sólo así se podría conseguir que los alumnos supieran hacer un buen uso del lenguaje, cosa que les serviría por igual para ser médicos o ingenieros o mecánicos.


Nos quejamos del fracaso escolar, pero muchas veces este fracaso no es más que una consecuencia del fracaso del sistema educativo. Se puede fracasar por ser demasiado teórico. Se puede fracasar por despreciar lo evidente. Se puede fracasar por no saber dar los pasos adecuados desde lo más fácil a lo más difícil. Y no vamos por buen camino.


Fuente: Diario de Sevilla


Como experiencia personal debo decir que a excepción de una suplente, joven y motivada, nunca tuve buenas profesoras de literatura. La obsesión por enseñar cosas como las que describe el artículo, sumada a lecturas totalmente ajenas a los intereses de un adolescente, desmotivan incluso al más predispuesto. La citada suplente, en cambio, logró captar la atención hasta de los más revoltosos o indiferentes con un puñado de obras modernas que hacían pie en la ciencia ficción, el terror, la aventura. Vuelta la profesora titular, la apatía general recuperó sin concesiones su trono…


Por supuesto, que estimo, al margen de la chanza inicial del post, que no es culpa ―más allá de algún caso puntual― de los profesores que deben lidiar contra viento y marea sino de un sistema educativo que no toma en cuenta las capacidades cognitivas según el rango etario, que deja desamparados a los educadores, incapaz de romper con prácticas formativas obsoletas, etc., pero por encima de todo un problema de objetivos: ¿a qué se aspira realmente: a formar futuros lectores o a llenar un vacío?


Arte: Alexandra Catiere

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domingo, 31 de octubre de 2010

La inercia

Las Historias, concurso 59


VE EL POSTE DE LUZ y lo juzga un buen lugar para colgarse. Sin pensar en nada, emprende el camino hacia él. Al rato le parece que el poste está más lejos que al principio. Se detiene, se rasca la cabeza, y retoma la marcha con paso enérgico. Tras unos minutos, vuelve a pararse. Observa el camino andado, luego al poste; bufa y rebufa. Toma aliento, y comienza a trotar. Varios cientos de metros después, su meta se ha empequeñecido aún más en la lejanía. Se refriega los ojos, se acuclilla, impreca, se yergue, y se echa a correr como si le siguiera el diablo. Se le van mares por la piel y siente un pez muerto en la boca. Pero no deja de correr. Se vuelve todo piernas a pesar del dolor que lo atenaza. Y se da a llorar como un niño o un cobarde. Y de improviso, cuando el poste se extingue en la distancia, ya no siente nada: ni pena, ni soledad, ni temor. Salvo la inercia de seguir corriendo más allá de su cuerpo abandonado junto al poste.


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El presente microrrelato ha obtenido una mención en el concurso del sexto aniversario de Las Historias, que debía tomar como disparador la imagen que ilustra el post.

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miércoles, 27 de octubre de 2010

La cuestión de las musas según…

La danza de las musas


…Jorge Luis Borges.


«[…] uno tiene que ejercer el hábito de escribir para ser digno de esa visita ocasional o eventual de la musa, porque si una persona no escribe nunca, y se siente inspirada, puede ser indigna de su inspiración o puede no saber cumplir con ella. Pero si todos los días escribe, si está continuamente versificando, eso ya le da el hábito de versificar, y puede versificar lo que no sólo es versificación, sino poesía genuina».


Arte: Baldassarre Peruzzi, Las Musas danzando con Apolo Musageta

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