martes, 6 de enero de 2015

R.I.P.



LLEVABA cinco años en la isla cuando apareció el niño. Era de noche y tuve miedo, porque el mar, esa misma mañana, había regurgitado su cuerpo. Pero al contemplarlo, trémulo y lloroso, supe lo que tenía que hacer. Me acerqué y le conté un cuento: «Los músicos de Bremen». Sonrió. Desde entonces no he parado de contarle historias de los hermanos Grimm, pero también de Dickens, Poe o Guy de Maupassant. No obstante, cada tanto, él prefiere que nos acompañemos en silencio. Esas noches quisiera llevarlo al sitio donde lo sepulté… Lamentablemente, el recuerdo de la soledad me lo impide.
Safe Creative #1501062920514

El presente texto obtuvo una mención en el II Certamen de Microrrelatos "Realidad Ilusoria", organizado por Miguel Ángel Page.
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domingo, 28 de diciembre de 2014

Sesenta y siete



BEATRIZ se despierta muerta de frío y le pide a Víctor que se levante y ponga otra frazada. Éste se finge dormido, pero la mujer lo zamarrea y le dice que no se haga el sota, que mañana cumple años y que está deprimida. El hombre bufa, va hasta el placar y vuelve con la primera frazada que encuentra. Cuando se dispone a extenderla sobre la cama, Beatriz, cejijunta, alega:
―Ésa no, querido; que la fragata me hace soñar con naufragios. Mejor la que tiene cuadritos.
El marido esta vez no bufa, inspira; y marcha nuevamente hasta el placar. Retira una, dos, tres frazadas, hasta que da con la de a cuadritos. Mientras la tiende sobre la cama, Beatriz dice:
―Sabés que recién caigo en la cuenta de que al ser los cuadritos blancos y negros la frazada parece un tablero de ajedrez.
―¿Y? ―se atreve a preguntar el hombre.
―Que ahora que lo sé, seguramente voy a soñar con que juego al ajedrez, y para jugar al ajedrez hay que pensar y yo no quiero pensar mientras sueño. Mejor buscá una que no tenga motivos.
Víctor regresa con tres frazadas monocromas y dice:
―Éstas las usamos siempre y nunca te han hecho soñar…
Beatriz mira y remira, tamborilea con los dedos sobre su boca; al fin exclama:
―¡Querido, la verdad es que ya no tengo frío!
El hombre guarda las frazadas, se acuesta, y, antes de apagar la luz, sonríe. Mañana le va a pedir al repostero que, por primera vez, le ponga a la torta tantas velitas como años cumple su mujer.
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domingo, 21 de diciembre de 2014

Lo que te convierte en escritor, según Hemingway



Todos los buenos libros se parecen en que son más ciertos que si hubieran sucedido realmente y, después de leerlos, uno se siente como si todo lo que pasó en la historia le hubiera ocurrido en verdad y todo le perteneciese: lo bueno y lo malo, el éxtasis, el remordimiento y la tristeza, la gente, los lugares y el clima. Si puedes conseguir darle eso al lector, entonces eres un escritor.
Ernest Hemingway
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domingo, 7 de diciembre de 2014

El mar espera



PESE a que el trasatlántico se halla a más de tres mil metros de profundidad, ni una sola gota de agua moja el interior del camarote 115. Y no se trata de que esté herméticamente cerrado, ya que sir Malcolm Whitaker, como todas las mañanas desde que zarparon de Southampton, lo abandona para tomar, por así decirlo, un poco de agua fresca sobre cubierta. El caso es que al abrir la puerta del camarote, el mar, tímido y respetuoso, permanece afuera.
Cuando el hombre regresa, la señora Whitaker le pregunta si ha vuelto a charlar con el capitán, si ha visto delfines escoltando a la embarcación, o si se ha dignado a pedirles a los pequeños que corretean por los pasillos que la visiten. Sir Malcolm Whitaker la besa tiernamente y satisface todas sus inquietudes, salvo la última. Pero esta mañana algo ha cambiado. El hombre, aún junto a la puerta, insta a los chiquillos a que entren; años se ha demorado en persuadirlos de que aquella mujer inmaculada es buena. Entonces la señora Whitaker adivina con sus manos las caritas de los niños muertos, y moja con sus lágrimas el piso del camarote.
El mar lentamente la acompaña.
Safe Creative #1411102505093

El presente texto ha resultado ganador del mes de noviembre próximo pasado (juntamente con otros dos micros) en el IV Certamen de relato corto para mesilla de noche que organiza el sitio Esta noche te cuento.
Foto: Camarote del RMS Titanic
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miércoles, 26 de noviembre de 2014

Las reglas de Neil Gaiman



1. Escribe.
2. Pon una palabra después de otra. Encuentra la palabra precisa, escríbela.
3. Termina lo que estás escribiendo. Sea lo que sea que tengas que hacer para terminarlo, termínalo.
4. Déjalo reposar. Léelo como si nunca lo hubieses leído antes. Muéstraselo a amigos cuya opinión respetes y que gusten de ese tipo de textos.
5. Recuerda: cuando la gente te diga que algo no está bien o no les funciona, casi siempre tienen razón. Cuando te digan exactamente que piensan que está mal y cómo arreglarlo, casi siempre se equivocan.
6. Arréglalo y recuerda que, más tarde o más temprano, antes de que alcance la perfección, tendrás que dejarlo marchar, seguir adelante y empezar a escribir la siguiente historia. Alcanzar la perfección es como perseguir el horizonte. Sigue avanzando.
7. Ríete de tus propios chistes.
8. La regla principal para escribir es que si lo haces con suficiente seguridad y confianza, se te permite hacer lo que te dé la gana (esta regla puede funcionar para la vida, tanto como para la escritura, pero es definitivamente cierta para escribir). Así que, escribe tu historia como necesite ser escrita. Escríbela con honestidad y cuéntala lo mejor que puedas. No estoy seguro de que haya otras reglas. Al menos, no de las que importan.
Neil Gaiman
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viernes, 14 de noviembre de 2014

El pájaro rojo



UNA NOCHE, hace muchos años, un pájaro golpeó a mi ventana. Era rojo como el fuego y con chispas azules en la cabeza. Al abrir la ventana, voló hasta mi escritorio y comenzó a dar saltitos sobre uno de aquellos tediosos trabajos prácticos de historia. Cerré la ventana y volví a sentarme al escritorio. El pájaro me miró, ladeó la cabeza para un lado y para el otro, y se quedó como de piedra. Iba a tocarlo cuando un rechinar de goznes acompañó la apertura de una escotilla en su pecho. Poco después, una mujer diminuta, escalerilla mediante, descendió del pájaro. Visiblemente exhausta, trataba de decirme algo, pero yo no podía oírla. Entonces le leí los labios… Corrí hasta la cocina ―previa escala en el costurero de mamá― y regresé con un dedal lleno de agua. La mujer diminuta bebió profusamente y luego se remojó la cabeza y los brazos. Como también debería de estar hambrienta, antes de que me lo pidiera, le procuré unas rodajitas de pan y unos trocitos de queso. Mientras ella comía, me preguntaba a mí mismo si habría más pájaros habitados secretamente por personas diminutas. ¡Ésa y otras tantas preguntas hubiera querido que me contestara! Pero, entre bocado y bocado, se quedó dormida. La arropé con un pañuelo y permanecí despierto toda la noche a su lado. Con las primeras luces del amanecer, la mujer diminuta me besó ambas mejillas y me dijo al oído que algún día volveríamos a vernos. Apenas tuve fuerzas para abrirle la ventana.
La preocupación de mis padres al conocer la historia, la subsiguiente ayuda de distinguidos psicólogos y el paso inexorable a la adultez terminaron por convencerme de que aquello no había sido más que una afiebrada fantasía preadolescente; al menos hasta esta noche, en la que una pareja de pájaros rojos golpea a mi ventana. De uno desciende, escalerilla mediante, la mujer diminuta; del otro no desciende nadie… sólo se queda quieto y aguarda deshabitado.
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