TODAS
las mañanas mi esposo me pide que le lleve un vaso de agua a la cama. Dice que
mi alma depende de ello porque él hizo un pacto con el diablo por mi amor: si
un día yo dejo de cumplir su petición, supuestamente, el ángel caído vendrá por
mí. «¿Cómo que por mí? ―rezongo―, si fuiste vos el que firmó el contrato, a vos
te tendría que llevar». El sinvergüenza me dice que cuando un hombre ama a una
mujer como él me ama a mí, puede comprometer el alma de ésta para el pacto, que
así lo establecen las reglas. «¿Qué clase de amor es ése ―replico― que te hace
poner el alma de quién decís amar en riesgo?». En este punto mi esposo guarda
silencio, bebe parsimoniosamente el agua y, con los ojos tan colmados de amor
como hace veinte años, dice: «El más grande del mundo». En tales circunstancias
siempre hallo un pretexto para terminar con la discusión, y evadir la pregunta
que ruego jamás me permita hacerle.
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