Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
Si existe un microrrelato que ha dividido las aguas en cuanto a las opiniones sobre sus méritos como pieza literaria es El dinosaurio de Augusto Monterroso. Para algunos se trata de una genialidad, para otros de una fenomenal tomadura de pelo. He notado que entre los primeros se encuentran muchos ―que no todos― teóricos del género. En cambio, entre los autores parece prevalecer ―aunque quizás me equivoque― la segunda categorización.
En todo caso la anécdota que sobre el origen de El dinosaurio le contara Juan José Arreola a Antonio Fernández Ferrer, quien la reproduce en su libro La mano de la hormiga. Los cuentos más breves del mundo y de las literaturas hispánicas, resulta ―de ser cierta― reveladora…
«Vivíamos allí, en aquel departamento tan chico, tres amigos: Ernesto Mejía Sánchez, José Durand y yo; y uno de ellos tenía necesidad de comunicación, siempre tenía que contar todo lo que le pasaba en el día. Generalmente, en ese momento de su juventud, eran penalidades de carácter amoroso; él batallaba mucho con esto y nos desvelaba, y a veces cuando ya estábamos nosotros dormidos ―Mejía en el cuarto y yo en el hall en su camastro, muy moderno pero camastro al fin―, llegaba este hombre, a veces en la madrugada, y entonces hacía que se tropezaba y ya despertaba uno: “iAy!, ¿qué te pasa, José, qué te pasa?”. Y él empezaba: “¡Ay!, que te tengo que contar...” Y nomás se sentaba a la orilla de la cama; uno estaba acostado y Durand se sentaba al lado y empezaba a contar qué le había pasado y uno se dormía... y no sabemos si se daba cuenta o no, pero él seguía allí hablando y a veces uno de los dos se despertaba y estaba José Durand, que era muy alto ―casi dos metros― y todavía estaba a la orilla de la cama. Y un día me dijo Ernesto Mejía Sánchez: “¿Sabes que cuando desperté todavía estaba allí este dinosaurio?”. Ernesto se quedó dormido y el otro no se levantó. Y Tito lo sabía, porque a él también le pasaba. La idea era que uno se quedaba dormido, y Durand, aunque te viera dormido, no se levantaba ni se iba a acostar, se quedaba el amigo allí, a la orilla de la cama... Ya ves, el origen del cuento es completamente concreto, porque como Durand era muy alto, se le decía de todas las maneras: “dinosaurio”, por ejemplo».
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