jueves, 11 de junio de 2009

Cosas que pasan… pero que no deberían


Es curioso que el señor Guillermo Campos, hacedor de la bitácora “Abrapalabra” subtitule la misma citando a Oscar Wilde: “No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.” Se preguntaran los lectores del Elefante, y ¿por qué curioso? Porque el mentado caballero parece que se ha quedado, precisamente, sin nada que decir, dandósele entonces por extraer de este sitio varios textos para su web; olvidándose (obvio), en el proceso, de citarme como el autor de los mismos y/o en su defecto poner un link hacia esta página; haciéndose pasar, así, como dueño de dicha autoría. Todos los textos (al menos, los que verifiqué), los acarreó a su página el día 12/05 del presente año.


No siendo lo anterior suficiente, el susodicho, ha tenido la dudosa audacia de retitular los textos (pensando, tal vez, hacer más difícil su rastreo) y hasta reescribir, torpemente, algún otro. A continuación un listado de lo pirateado:


"Otro final", renombrado como "Transformación" (matando de paso el suspenso)

"Encontrarse", renombrado "Encuentro"

"De venganzas e inversiones", renombrado "Hasta el último momento"

"Lo último que escribió un lápiz", renombrado "Yo acuso" (de paso, yo también, te acuso)

"Por culpa de un tal Pérez", renombrado como "Fue el ratón"

"Leído en un muro del palacio de Cnosos", renombrado "Laberinto"

"Tres por uno: epitafios", renombrado "De tumbas y epitafios"

"Si la reina lo hubiera sabido", renombrado "De haber sabido"

"Inoportuno", ¡aleluya!, conservó el título, "Inoportuno"


Quiero aclarar que todos los textos de esta bitácora, como reza en la columna lateral, están debidamente registrados, por ejemplo, en Safe Creative —sitio que recomiendo desde ya—, donde se guarda una copia de los trabajos con el día y la hora de tal registro.


Agregar que, además, el estimado Guillermo, se ha adjudicado relatos de: Nana Rodríguez (Ajedrez); Sandro Centurión (Errante, renombrado, Eterno tormento); Diego Muñoz Valenzuela (Eficiente); Raúl Sánchez Quiles (Extinción, renombrado, Dilema) y, vaya a saber Dios, de quiénes y cuántos más.


Curioso resulta que en la mayor parte de los casos ha utilizado las imágenes originales que ilustraban cada uno de los post.


Curioso también resulta que haya colocado una foto de Gabriel García Márquez, en la barra lateral, con el título: “Así quiero ser de grande”. De esta manera, te informo, no lo conseguirás.


Estimado Guillermo, si lees esto, te solicito cortésmente desde aquí (ya que no tienes habilitados los comentarios), que quites los trabajos de mi autoría de tu bitácora.


Voy a terminar esta entrada citando una frase que ilumina el sitio de Sara:


“¿Te gusta alguno de mis textos? ¿Quieres compartirlo o publicarlo en tu página? Puedes hacerlo, pero no te olvides de citar la fuente. Estos escritos me representan. Si me robas mis palabras, me estás robando el alma. Si realmente te gusta lo que escribo, respétame y no te adueñes de algo que no te pertenece.

Puedes rescatar una frase, un texto completo, una idea... pero cita tu fuente. No creo que sea mucho pedir.”


Saludos.


Gabriel Bevilaqua

lunes, 8 de junio de 2009

Volviendo al pago

Damas y caballeros, después de una de las habituales turbulencias de este viaje que llamamos vida, nada mejor para retomar esta bitácora que una pequeñita buena noticia: Hace unos días la Editorial Dunken me ha hecho llegar el libro “Manos que cuentan”, una antología de relatos que reúne, si mal no he sumado, a 103 autores, siendo un servidor —por piedad o error del seleccionador— uno de los susodichos.

¡Albricias!, por el texto, al cual —admito— no le tenía fe, y que, sin embargo, se constituye así en mi primera ficción “en papel”.

La selección la ha realizado el escritor César Melis, quien, en un fragmento de su prólogo, nos dice: “Si hay un rastro común en los autores de esta antología es la diversidad de manos puestas a la obra, manos capaces de atestiguar el color de sus almas con sorpresa, ternura, sensualidad, intriga, juego, descaro, sabiduría, humor, amor, según el caso.” Leído todos los textos, puedo suscribir sus palabras y afirmar, más allá de gustos personales, que la calidad media resulta más que interesante.

Sin más, hete aquí el microrrelato en cuestión:

El serenatero

El serenatero gustaba de enseñar equilibrios a las cabras. A tal efecto había trazado una línea con una tiza desde la fuente central de la plaza hasta un vigoroso fresno. Y le había dado un paragüitas a cada una de las cabras para que se animaran por la cuerda floja. Así pasaron Pepita, Azucena y Anabel; pero al intentarlo Juanita, a medio trayecto, pisó un punto donde la raya casi se había borrado y la cuerda se rompió; precipitándose, la pobrecita, al vacío. Cuando el serenatero la avistó fatalmente despatarrada supo que no le iban a creer pese a que hacía años que no se acercaba a una botella.


viernes, 17 de abril de 2009

A mis lectores

Una de las premisas que me impuse al iniciar esta bitácora era la de postear, como mínimo, una vez por semana; lamentablemente, el hombre propone y la vida con sus vueltas dispone… Desde ya, pido disculpas a esos poquitos pero fieles lectores que con sus comentarios supieron vivificar este sitio; así como a aquéllos que, sin atreverse a dejar testimonio, solían asomarse a estas humildes letras. A todos les aseguro que tan pronto como las circunstancias lo permitan, “El elefante” volverá a sus andanzas por nuevas y fantásticas cuerdas.

Saludos y gracias por haberme acompañado tan generosamente.

Gabriel

martes, 7 de abril de 2009

Inoportuno

En medio del bosque, sobre una piedra de cristal la encontraron.

—Jamás había sido bendecido por la visión de una criatura tan hermosa; ¿será, descuido de Dios, víctima de alguna clase de maleficio? —dijo el joven príncipe.

—He oído, mi Señor, que de ser ese el caso, un beso de alguien como vos es capaz de obrar milagros —le respondió su fiel escudero.

Entonces el joven príncipe, ya desnuda del reluciente yelmo la cabeza, se sentó junto a la beldad para unir sosegadamente sus labios a los de ésta, quien al despertarse, atinó a decirle:

—No puedo creer semejante bellaquería, Caballero; ¡despertarme en medio de tan hermoso sueño! —Y, tras darle la espalda, volvió a dormir.


jueves, 2 de abril de 2009

El público es soberano


Exponía una escultura del hombre invisible. Los concurrentes, tras un breve silencio, ovacionaron al artista; quien prefirió —al saborear tan grande éxito— no denunciar el hurto.


sábado, 28 de marzo de 2009

Las bellotas


—¿Estás chapita, Charlie?

—¿Por qué?

—Las reglas dicen que no debemos aceptar comida de extraños.

—¡Ah! eso, tranquilo; estos maníes me los dio una niña que me visita todos los viernes, no es ninguna extraña.

—Para el caso es lo mismo; tené en cuenta que...

—¡Te trajo bellotas!

—¿Qué? ¿Para mí?

—Claro, como le comenté que a mi mejor amigo le encantan, ha querido obsequiarte; pero si no las querés, se las devuelvo.

—¿Cómo que no las quiero?

—Por las reglas.

—¿Qué reglas?

—Las que mencionaste...

—¡Ah, ésas! y ¿cómo se llama la niña?

—Verónica.

—Y ¿cómo es?

—Menuda, conversadora, simpática; con una sonrisa de porción de sandía; cabello a dos aguas cual cascadas oscuras; ojos zarcos, siempre en vuelo; y...

—¡Ja, viste que no es ninguna extraña! Ahora, dale, pasame las bellotas...


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