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miércoles, 5 de septiembre de 2018

El cuaderno



I

Papá dice que siempre les encuentro defectos a sus novias. Miente. Rocío, por ejemplo, me gustaba mucho. Pero nadie puede afirmar honestamente que su última noviecita no sea una auténtica creída. Cada vez que viene a casa se aparece, sonrisa fingida mediante, con algún regalito para mí. «¿Cómo se dice?», me apura entonces papá. «Gracias», respondo secamente y me refugio en mi cuarto. Para colmo, parece que el noviazgo con esta tipa va en serio.
—Ya te va a aceptar —le decía papá el otro día—. ¡Dale un poco más de tiempo!
—Hace seis meses que salimos… ¿cuánto tiempo más va a requerir la princesita?
Como papá se quedó callado, Victoria, que así se llama, se acurrucó a su lado y le susurró largamente al oído.
Al día siguiente supe que íbamos a pasar un fin de semana los tres juntos en la playa. Claro está que en un principio me rehusé, pero papá dijo que si yo aceptaba no iba a tener que esperar casi un año más, hasta cumplir los quince, para que me entregase el cuaderno que mamá había escrito para mí.

II

El viaje en coche me la pase con los auriculares puestos. Callada. Victoria, en cambio, parloteaba sin cesar, mientras papá sólo intervenía para asentir. Hacían planes, o mejor dicho, ella los hacía. .
A eso de las nueve, cuando la luna se duplicaba sobre la superficie del mar, arribamos a aquella casa solitaria. Lo primero que sentí al salir del auto fue la brisa fresca cargada de salitre. Cerré los ojos y respiré profundo, pero Victoria me zarandeó por un hombro y me dijo que lo ayudara a papá a entrar las valijas. Tras seis viajes al coche, el equipaje de la reina ya estaba en su cuarto. Entonces me mandó a que eligiera un dormitorio para mí… Había sólo uno más y era pequeño como un dedal.
Una hora después, cenamos. Ella no tocó su comida. Juro que si papá no la hubiera comprado en el camino, yo tampoco la habría probado, por más que en lugar de sándwiches de jamón y queso se hubiese tratado de un soberbio pollo con papas al horno.
Papá luego preparó café, pero yo, bostezando, me retiré a mi cuarto.

III

Podía oír el ir y venir de los pasos al ritmo de la música que sonaba en la sala. Por un instante me imaginé a papá bailando con Alejandra… No sé por qué me resulta imposible decirle mamá. Después de todo ella no tuvo la culpa de haberse enfermado.

IV

Como la boca se me puso seca, me desperté. Ya no se oían ni la música ni los pasos de baile. Me calcé las pantuflas y marché hacia la cocina. Desde el pasillo descubrí que Victoria estaba a horcajadas sobre papá, en el suelo. Me dio vergüenza ajena e iba a seguir mi camino rápidamente cuando noté que algo le ocurría a ella. Sus brazos y sus piernas se estaban volviendo más largos, al tiempo de que le nacían otros dos pares de extremidades, y de que sus ojos, ennegrecidos, se multiplicaban.
—¡Papá! —grité, pero él no reaccionó, en cambio, ella me miró, emitió una especie de risa, e inauguró sus colmillos recién paridos en el cuello de papá—. ¡Dejalo, dejalo! —vociferé entonces mientras le arrojaba cuanto objeto contundente hallaba a mano.
—¿Sabés que me dijo tu papá mientras bailábamos? —siseó tras erguir la cabeza—: que habíamos hecho el viaje de gusto, que vos, mocosa, jamás me ibas a aceptar… Pudo haber sido un buen marido, pero por tu culpa no va a pasar de ser una buena comida.
Y cuando se disponía a clavarle nuevamente los colmillos, sentí como si dos navajas me cortasen la espalda desde dentro. De inmediato, sobreponiéndome al dolor y al asombro, batí las alas que ahora poseía. Entonces, Victoria se lanzó, con los ojos encendidos de sombras, sobre mí; pero ágilmente logré volar fuera de su alcance. Furiosa, trepó por las paredes y el techo y comenzó a moverse en círculos. Pronto comprendí que estaba tejiendo a mi alrededor una gigantesca telaraña. Sabía que no podía dejar que terminase, así que tomé la iniciativa y rodamos por el piso hechas un amasijo de patas y alas.
A cada instante, el rigor de sus colmillos se aproximaba peligrosamente a mi cuello. Me sentía exhausta e ignoraba durante cuánto tiempo iba a poder contenerla. Entonces sus ojos se me volvieron espejos y observé que algo más había cambiado en mí. Acto seguido, clavé con certeza mi aguijón en medio de su oscura mirada.

V

Cuando finalmente tuve el cuaderno entre mis manos, aguardé un largo rato antes de abrirlo. Temblaba. Sabía que aquellas palabras iban a cambiarme la vida; iban a revelarme la naturaleza de aquel yo extraño que nos había salvado a papá y a mí; pero, sobre todo, iban a permitirme, por primera vez, estar conectada de mujer a mujer con Alejandra…
Con mamá, desde entonces y para siempre.


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El presente relato ha sido publicado en el número 10 de «La sirena varada» (páginas 108-110), que lleva adelante la Editorial Dreamers, de México. La misma puede descargarse desde la web de dicha editorial.
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domingo, 15 de julio de 2018

Un regalo del cielo



Cuando el pájaro cayó muerto a sus pies, la idea le cruzó la mente como un relámpago. Así que lo recogió, miró la hora y apretó el paso hacia su casa. Apenas faltaban unos quince minutos para que Raquel llegara del trabajo. Sin mudarse de ropa, sacó la escalera del galpón y se subió al techo de la casa. Como al tanque de agua lo había lavado recientemente, no le ocasionó ningún problema desenroscar la tapa. Acto seguido, arrojó al pájaro dentro, a la vez que se preguntaba sobre cuál habría sido la causa de su muerte.
—¡Ojalá que una infección masiva! —dijo, y observó atentamente su lánguido descenso hasta el fondo.
Luego se cambió de ropa, puso una toalla limpia, a la que previamente humedeció, para lavar, y se sentó a mirar la televisión. Raquel llegó una hora más tarde de lo esperado. Nunca llegaba tarde los miércoles, pero se veía que los martes y los jueves ya no le alcanzaban. A veces ella se volvía insaciable. Seguramente, el otro lo habría comenzado a descubrir, no sin deleite. Pero tras veinte años de matrimonio, el deleite se vuelve rutina y la rutina un ejercicio que cansa.
—¿Ya te duchaste, Eduardo? —le preguntó Raquel desde la puerta del living.
—Hace rato, querida.
—Entonces me voy a bañar yo. Si querés, pedite una pizza. Hoy no tengo ganas de cocinar.
Eduardo asintió sonriendo y cambió de canal. Cuando Raquel hubo cerrado la puerta del baño, sigilosamente, él se acercó y pegó el oído a la misma. El rumor de la ducha no se hizo esperar.
—Tu piel, sucia por la traición, continuará sucia por el agua infecta —dijo en un susurro.
Y se quedó allí parado, pensando que mañana el otro obsequiaría sus labios a aquel cuerpo ilusoriamente limpio. Y al callarse el agua, volvió como un fantasma desencadenado al living. Y pidió no una, sino dos pizzas.
Esa noche, por primera vez en meses, pudo descansar como antaño. Recién en la oficina se planteó por cuánto tiempo iba a dejar a aquel pobre pájaro en el tanque de agua. Un día le parecía poco; un mes, demasiado. El agua podría enturbiarse debido a la descomposición y no quería generar sospechas.
—Con una semana bastará —se dijo finalmente.
Y por puro y repentino interés ornitológico se preguntó qué tipo de pájaro sería aquél que le estaba prestando tan loable servicio. Un gorrión definitivamente no era. Un jilguero, tampoco. Un corbatita, menos. Ahora que lo pensaba había algo de singular en él.
—Eduardo, ¿ya está listo el informe de costos? —la voz caudalosa de su jefe lo apartó de aquel pensamiento y lo devolvió de raíz al trabajo.
Durante toda la semana, Eduardo había acometido con fruición el ritual de pegar el oído a la puerta del baño. Y durante toda la semana había ido a ducharse a lo de un amigo de ley, de aquéllos que tienden la mano sin hacer preguntas.
Al cabo, cerró la llave de paso, abrió todas las canillas del baño y apretó el botón del inodoro. Cuando el agua se agotó, volvió a subirse al techo de la casa y retiró del tanque de agua al pájaro. El pobrecito parecía una pasa de uva, pero estaba más entero de lo que se había imaginado; quizás lo habría tenido que dejar más tiempo, pero como era un convencido de que nunca se debe cambiar de plan sobre la marcha, desistió de tal posibilidad. Así que colocó al pájaro dentro de una bolsa de consorcio y lo sacó a la calle. Poco después, le echó dos baldazos de agua con cloro al tanque. Ya era hora de volver a bañarse en casa.
Eduardo cerró los ojos y abrió la llave de la regadera. El agua corría por su cuerpo como una seda, hasta que algo, aleve, le golpeó la cara. Instintivamente, se apartó de la lluvia y abrió los ojos. Una especie de diminutos insectos alados estaban saliendo por los orificios de la regadera. Trató de cerrarla, pero la llave no giraba. Acto seguido, capturó a uno de los bichos y lo miró con detenimiento. No eran insectos, como había creído en un primer momento, sino pajaritos. Brevísimas copias del pájaro que él había arrojado al tanque. Entonces sintió como uno de aquellos alados lo picaba. Y luego otro y otro. Eran como picaduras de mosquitos. En pocos instantes, los pájaros habían inundado la habitación; precipitándose, cada tanto, como oleadas de kamikazes sobre él. Agitando los brazos, corrió hacia la puerta, pero estaba trabada. Para colmo, su cuerpo había comenzado a llenarse de ronchas. Entonces se envolvió con varias toallas y se tiró al suelo en posición fetal. Y se largó a llorar, como un chico, hasta perder el conocimiento.
—Eduardo, ¿qué te pasó? —quiso saber Raquel cuando lo halló en el baño.
—Los pájaros, los malditos pájaros, me picaron; ¡mirá! —dijo Eduardo, pasándose, sin suerte, las manos por el cuerpo en busca de ronchas.
—¿De qué estás hablando? —dijo Raquel mientras lo ayudaba a levantarse—. Mejor vení, ponete algo, y vamos a la cocina que te preparo un té.
Eduardo aprisionaba la taza entre ambas manos, cuando le confesó a Raquel lo que había hecho y por qué. Ella se dirigió hacia la puerta y, antes de salir de la cocina y de su vida, dijo:
—Jamás te puse los cuernos.
Unos días después, incapaz de volver a usar la ducha de su casa, Eduardo reincidió en la de su amigo.
—Éste es el único remedio que me queda hasta que venda la casa —se dijo, justo antes de que abriera la ducha y observara con espanto como un diminuto pájaro, cual punta de lanza, salía por uno de los orificios de la regadera.
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El presente relato ha sido publicado en el número 8 de «La sirena varada» (páginas 42-45), que lleva adelante la Editorial Dreamers, de México. La misma puede descargarse desde la web de dicha editorial.

Foto © Autor desconocido
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miércoles, 14 de marzo de 2018

Noche de chicas



Son las nueve. Ana tendría que estar ahora cenando con sus amigas y no en el living de su casa. Pero Claudia, Mónica y Cintia se la pasan hablando de sus novios. «¡Por favor!», bufa, y se arrellana en el sofá. Luego toma un sorbo de té helado, enciende la televisión y recorre parsimoniosamente los canales de cine. «Romántica…, romántica…, romántica…», bosteza, pero no se da por vencida. Al cabo encuentra algo como la gente. Una de terror.
La actriz que aparece en primer plano tiene la típica carita inocente de la chica a la cual le van a suceder mil cosas. Por lo pronto corre como una desquiciada. «Debe estar huyendo de las pláticas de sus amigas», piensa Ana, y mordisquea una galletita. La presunta protagonista llega ante una puerta y golpea. Casi al mismo tiempo golpean a la puerta de Ana. Ana se levanta y abre.
 —¿Qué desea…? —alcanza a decir antes de que una mujer le dé un empujón, entre y cierre la puerta con llave. 
La cara de la intrusa le resulta familiar. Mira la tele y se sorprende al descubrir que es la actriz de la película, pero se sorprende aún más al verse a sí misma como quien acaba de abrir la puerta en la pantalla.
—No estamos a salvo… me persigue un loco asesino… —dice la mujer, y tomándola a Ana por los brazos, añade—: ¿Tenés teléfono?
—Sí —responde Ana, y le señala la mesita esquinera.
La actriz marca el 911, y a la vez que exclama «¡No atiende nadie!», embisten salvajemente contra la puerta. Ana tiembla y comprueba que su yo cinematográfico también tiembla.
—Si vamos a morir juntas, mejor nos presentamos: soy Karen —dice la perseguida y le tiende la mano.
Los golpes a la puerta se congregan en la cabeza de Ana como un nudo de truenos. Para colmo advierte que en la tele las bisagras comienzan a ceder. Entonces le estrecha la mano a Karen y la arrastra hacia la cocina.
—Ana, me llamo Ana —dice, y abre el primer cajón de la mesada.
Saca una cuchilla y un hacha de cocina. Ella se queda con el hacha y le facilita la cuchilla a Karen. Luego se colocan a ambos lados de la puerta. Por unos instantes se estudian, hasta que Ana le espeta:
—¿Cuál es tu verdadero nombre?
—Karen, ya te dije.
—Me refiero a tu nombre en la vida real, no al de tu personaje.
—No entiendo…
Ana desiste. «Ya habrá tiempo para que aclare las cosas», piensa, y, acto seguido, se pregunta qué hubiera pasado si hubiese puesto la pausa antes de abrir la puerta. La idea de haber podido contemplar a la otra pausada, con los nudillos golpeando el aire, la divierte. Pero la idea subsiguiente que le nace no le parece tan simpática. Quizás ella misma se hubiese quedado pausada, con el control remoto en la mano, como una suerte de estatua en homenaje al susodicho aparatito.
 —¡Mirá en la que te he metido! —Karen la saca de sus pensamientos—. ¡Perdoname!
—La película que estaba mirando era tan mala, que aun esto me resulta mejor —le responde Ana.
Y de repente ambas se estremecen al escuchar los infames golpes a la puerta de la cocina.
—¡Ésta no va a resistir tanto como la de la calle! —exclama Ana.
Karen asiente y se pasa la cuchilla de una mano a la otra. Entretanto Ana observa su propio reflejo en el hacha y piensa que lucía francamente bien en la pantalla. Incluso mejor que Karen.
Entonces un nuevo golpe hace saltar con violencia la cerradura y el lunático entra. «¡Qué desilusión! —piensa Ana—. Me lo imaginaba mucho más corpulento, de facciones angulosas y dueño de una mirada animal.»
El tipo arroja al piso a Ana de un empujón y confronta a Karen. Karen se mueve como un felino, esquivando el cuchillo de su atacante, a la vez que contraataca con una fiereza inusitada. Así salen de la cocina. Ana se pone de pie y los sigue. Cada uno sujeta ahora los brazos del otro y trata de desarmarlo. En la tele la escena se duplica. Y es en la tele donde Ana observa como Karen desembaraza su brazo armado y apuñala al agresor. Una y otra vez. Entonces Ana corre hacia ella y le atenaza la muñeca.
—¡Basta! —le dice.
 Y procura detener la sangre del moribundo con un retazo de su vestido. El tipo balbucea y Ana acerca el oído.
—¡Cuidado! —le oye decir—. Es una psicópata.
Ana levanta la vista y ve cómo Karen lame la sangre de la cuchilla. En la tele se suceden los primeros planos, tensos, tanto de ella como de Karen. Cuando el hombre expira, la cámara, a ras del piso, se centra unos instantes en él. Y se ven las piernas de ambas mujeres a un lado y al otro del difunto. Las piernas se mueven, se acercan, se entrelazan. Hasta que unas gotas de sangre comienzan a manchar el rostro del hombre. Ana sólo siente la cuchillada cuando mira de refilón la tele. Anda unos pasos y se sienta en el sofá. Karen vuelve a lamer la sangre de la cuchilla.
—Deliciosa —dice, y se abalanza sobre Ana.
Pero Ana empuña el control remoto y apaga la televisión. La cuchilla cae justo a su lado. Se está desangrando y no tiene fuerzas ni para ir hasta el teléfono. No obstante logra alcanzar el vaso y sorber un poco del té helado. Y piensa, sólo por un momento, que mejor hubiera sido pasar otra noche de chicas oyendo a sus amigas parlotear sobre sus novios. Luego sonríe. De lo único que verdaderamente se lamenta es de no haber visto si su nombre aparecía en los créditos.
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El presente relato ha sido publicado en el primer Anuario de «La sirena varada, revista literaria bimestral» (páginas 152 a 154), que lleva adelante la Editorial Dreamers, de México. La misma puede descargarse desde la web de dicha editorial.
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miércoles, 11 de octubre de 2017

Nocturno



CUANDO se largó a llover, buscó algún reparo; pero las casas, pegadas hombro con hombro, carecían de cualquier gesto amable. Entonces descubrió que había un paraguas en medio de la calle. De tres zancadas llegó hasta él, lo abrió y volvió sobre sus pasos. Era un buen paraguas, como los de antes, con asta y mango de madera. Agradeció su suerte y caminó sin apuro. Poco le importaba que ahora lloviera a cántaros: bajo aquel paraguas la lluvia le parecía una cosa lejana, que sucedía en otra parte. Al cabo de unas cuadras notó que un hombre caminaba a la par de él, pero en la vereda de enfrente, y que no llevaba paraguas. Apretó el paso, y el otro hizo lo mismo. Aminoró la marcha, y el otro volvió a imitarlo. Bufando, se detuvo y se acercó al cordón de la vereda. El otro también se acercó. Y de repente se sintió intimidado por aquella mirada aviesa y sin fondo. Aun así, se cargó de valor.
—¿Qué quiere? —le dijo.
—No se trata de lo que yo quiera, sino de lo que usted me va a tener que pedir —le respondió el otro, y desapareció al amparo de un relámpago.
Poco después, al llegar a su casa, el hombre intentó, primero, cerrar el paraguas, y luego, como no lo conseguía, dejarlo en la calle. Mas ahora el mango era una mano que oprimía con creciente fuerza a la suya. Azorado, apartó la vista, y volvió a ver al otro, en la vereda de enfrente, jugando con un bisturí entre los dedos de su única mano.
Entonces, dejó de llover.
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miércoles, 9 de agosto de 2017

Noche de naipes



—Treinta y dos —cacareé.
Y al tiempo que Felipe me respondía «Treinta y tres», entró un tipo corriendo al bar. Tenía la cara roja, los ojos saltones y la lengua afuera.  
—¡Cierren puertas y ventanas!... ¡Rápido!... ¡Por favor!... —vociferó.
—¡Cálmese, amigo! —le dijo Juan, el dueño del bar, mientras le tendía un vaso de ginebra—. Beba, y después cuéntenos qué le pasa.
El hombre narró que una especie de bestia lo había atacado y que venía tras él. Al Tata Brown se le escapó una sonrisita, y el tipo, sin mediar palabra, se desnudó el pecho. Tres surcos, como de garras, lo recorrían.
—Alguna que otra vez estuve con la Gladys... ¿Te acordás, Héctor? —me inquirió Marcos, guiñándome un ojo—. Te dejaba cada rasguñón la guacha…
—Me parece que nunca como éstos, Marquitos. ¡Mirá bien!
Marcos miró bien, se rascó la cabeza y silbó.
—¡Sí, tenés razón! Esto es otra cosa.
Entonces oímos un aullido, y Juan cerró la puerta.
—Ya es tarde —dijo.
Y tras un breve silencio, propuse llamar a la policía; pero el teléfono del boliche estaba roto, y un grupo de vejetes como nosotros no era precisamente partidario de los celulares. Avancé entonces con otras propuestas: curar al tipo, y echar cartas para determinar quién iría hasta la comisaría. Juan embebió una servilleta con aguardiente, se tomó un trago del pico de la botella, y después puso la servilleta sobre la herida del extraño. Por mi parte, mezclé las cartas, y no bien ofrecí el mazo para que tomaran una, Marcos dijo:
—¡Dejá! Voy yo.
Él era así, loquito pero valiente como un oso.
Por eso, cuando quince minutos después volvió al bar, blanco como un fantasma, para desplomarse frente a nosotros, supimos que algo andaba realmente mal. Felipe, que aún aferraba las cartas del treinta y tres en una mano, le tomó el pulso.
—Está muerto —lagrimeó.
—Y de miedo —añadió el borrachín de Lucas que, tambaleándose, se había acercado al grupo. Y aún dijo—: ¡Mírenle la cara! —antes de pedir un café doble con una pizca de coñac. Requerimiento que, lógicamente, cayó en saco roto.
—¿Y si esta vez sí echamos suerte? —dije para volver a romper el silencio.
Al poco, Felipe me entregó las cartas del envido y el dos de copas que lo expulsaba.
—¡Cuidame la mano hasta que regrese! —me dijo.
Jamás volví a saber de él. Me gusta pensar que aquella noche Felipe se marchó del pueblo, y que debe andar por ahí, en el bar de alguna gran ciudad, cantando envidos y trucos.
La cuestión era que sólo quedábamos cuatro parroquianos en el local, cuando propuse que aguardásemos, sin cometer ninguna otra osadía, la llegada del amanecer.
Entonces Juan marchó hasta la barra y sacó una escopeta.
—Nunca la usé —dijo—, pero esto se termina ya.
Poco después escuchamos un disparo, un gemido, como de perro apedreado, y un grito que sólo podía provenir de la boca de Juan, según dijo el Tata Brown. Íbamos a cerrar la puerta con llave y bajar la persiana, cuando la criatura entró como un torbellino sanguinolento en el bar. Y el Tata aún tuvo tiempo de exclamar «¡El chupacabras!», antes de que la bestia cayera sobre él. Entonces agarré una silla y se la partí al bicho en el lomo. Y luego otra, y otra. Y la bestia ya no volvió a levantarse.
—¡Bien hecho! —dijo el extraño, mientras apoyaba sobre mi hombro una mano que se transformó en garra.
Y de pronto me vi de espaldas al suelo, y sentí que me hendían el pecho como si fuera de papel. Y oí un disparo, y antes de desmayarme, alcancé a observar, como Juan, malherido, desde el vano de la puerta, remataba a la criatura.
Una semana después supe que los únicos sobrevivientes de aquella noche habíamos sido Lucas y yo. Pero la policía estaba interesada en conocer mi versión de los hechos, ya que habían desestimado la del borrachín.
—Ése se bebió hasta el perfume de la noche —dijo el comisario al tomarme la declaración, y entre risas, agregó—: ¡Chupacabras! ¡Lo único que nos faltaba!
Sonreí.
Desde entonces voy de pueblo en pueblo y de víctima en víctima, con el exborrachín de Lucas tras mis pasos. Lástima que, a diferencia de lo que sucede con los hombres lobos, para matar a un chupacabras no se requiera de algo tan romántico como una bala de plata.
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El presente relato ha sido publicado (páginas 88-90) en el número 2 de «La sirena varada, revista literaria bimestral», que lleva adelante la Editorial Dreamers, de México. La versión digital puede descargarse desde la web de dicha editorial.
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martes, 11 de julio de 2017

Tiempos modernos



«Niños eran los de antes: dóciles, puros, amables, y sobre todo, magros», dijo la bruja, tras medirse el colesterol.
Foto © Desconocido
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miércoles, 15 de marzo de 2017

En la buhardilla



LOS SÁBADOS de madrugada, mientras me cree dormido, mamá sale de casa y regresa siempre con un extraño. Tras cuchichear brevemente en el living, los invita a subir a la buhardilla. Con cautela, los sigo; pero como echan llave, no sé lo que hacen. Me imagino que practican algún tipo de arte marcial, porque mi mamá suele abandonar la habitación con la ropa desarreglada como en los combates de yudo. Pero tengo la seguridad de que ella siempre gana, y de que ésa es la razón por la cual nunca he visto a nadie salir de la buhardilla. Muertos de vergüenza, los tipos se escapan por la ventana. Sin embargo, hace un mes, la puerta quedó sin llave.
Mamá se hallaba en el centro de una telaraña gigante, y a su lado yacía, medio envuelto en un capullo, el extraño de turno. Al verme, ella ocultó su rostro tras sus ocho extremidades y me suplicó que cerrara la puerta. Desde entonces mamá se la pasa llorando en la buhardilla. ¡Y para colmo está tan demacrada! Lo mejor será que ponga un aviso ofreciendo la buhardilla a hombres solos.
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El presente texto obtuvo el 2º premio en el 3º Concurso de Microrrelatos de Terror de Sabadell y Librerío de la Plata (marzo de 2017).
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martes, 28 de febrero de 2017

Últimas cortesías



EL HOMBRE arrojó una palada de tierra y recién entonces se dio cuenta de que la mujer conservaba los ojos abiertos. Sin pensarlo, clavó la pala en el suelo y descendió al pozo. Una, dos, tres veces pasó su mano por aquellos ojos que, en otras tantas ocasiones, volvieron a abrirse. Bufó. Durante veinte años ella nunca le había dado el brazo a torcer, y pese a las limitaciones de su nueva circunstancia, parecía dispuesta a seguir con su costumbre. El hombre, incapaz de resignarse a esta última derrota por pequeña que fuese, salió de la fosa raudamente. Tras desordenar media casa, regresó con el pegamento que su mujer le había encargado comprar. Leyó el prospecto, le cerró los ojos y, manteniéndolos apretados, los colmó de adhesivo. Cinco minutos después, al retirar la mano, la mujer volvió a abrir los ojos con el añadido de que se clavaron, viva e intensamente, en los suyos. El hombre profirió un alarido al tiempo que una palada de tierra golpeaba su rostro. Pensó que era eso lo que súbitamente le vedaba la visión, pero, tras recibir una segunda palada, la mujer dijo:
—Yo tampoco quería que te entrase tierra en los ojos.
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Foto © Desconocido
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jueves, 3 de diciembre de 2015

Una fila en el andén

«La fila» distinguido como uno de los cuatro ganadores del Microconcurso 4 añazos organizado por la revista Cuentos para el andén, y publicado en su Edición Especial nº 42 del pasado mes de noviembre.


Y de yapa, el audio del cuento en la voz de Celia Carnovale, quien ha tenido la amabilidad de llevarlo a su programa radial «TE CUENTO», que se emite por AM 1090 Radio Décadas en Hurlingham y FM Latidos en Rosario, todos los martes de 20 a 21 hs., y por internet al mundo por www.decadasam1090.com.ar y www.fmlatidos.com

martes, 7 de abril de 2015

Amanecer



HAY una mujer muerta sobre la arena, allí donde el mar y la playa se disputan los límites. Tendrá unos veinte años, y pese a las lesiones, aún es dolorosamente bella. Por pudor, he cubierto su desnudez con la manta que abrigaba mis hombros; pero he dejado al descubierto su cabeza…
Ávidos como leones, los ojos le persisten hacia el levante.
Quizás debería llamar a la policía. Quizás… pero me rehúso a que, además de todo, la priven de su último amanecer.
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miércoles, 11 de marzo de 2015

Voces



SIEMPRE había sido sordo. Nunca supo cómo sonaba una voz hasta aquella tarde en la sala de anatomía en que una lengua en formol le habló. Se sintió en otro mundo. Al principio le bastó con las charlas después de clase, pero un día no fue suficiente. Tenía tanto para intercambiar. Así que la hurtó. Mas con el tiempo resultó un tanto insulsa, y quiso entablar nuevas relaciones; dándose, entonces, a una meticulosa búsqueda de posibles interlocutores. Cuando creía toparse con uno, lo libraba del cuerpo sobrante haciendo uso de sus dotes de estudiante de cirugía. La prensa habló de quince víctimas, pero se le confirmaron trece; las otras dos fueron obra de un imitador chapucero, hambriento de notoriedad, que pronto cayó. Hace tres años, los ataques cesaron, y el expediente quedó abierto. Ayer, para nuestra sorpresa, se entregó. El teniente me reasignó, junto con Martínez, al caso; y nos informó que el imputado no podía hablar, un cáncer le había arrebatado la lengua. En nuestro primer interrogatorio, vía intérprete, lo supimos desesperado; ya no soportaba los monólogos.
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El presente texto ha sido uno de los 26 micros seleccionados en el 1º Concurso de Microrrelatos de Terror convocado por Librerío de la Plata y los organizadores del IV Festival de Cine de Terror de Sabadell.
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miércoles, 5 de noviembre de 2014

La fila



EL HOMBRE saca una pistola y le dispara en la nuca a la mujer que lo antecede. Sin perder tiempo, sortea el cadáver y continúa con un anciano, una chica punk, un joven de traje. La gente está horrorizada, no obstante, se resisten a abandonar la fila. Son demasiadas las horas invertidas y todos albergan la esperanza de que al impaciente, de un momento a otro, se le acaben las balas.
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miércoles, 26 de marzo de 2014

Entre palada y palada



DE PRONTO te hallas en medio de una planicie nevada. Estás confundido y no sabes qué hacer, hasta que descubres, a tu izquierda y a tu derecha, sendos rastros de pisadas. Caminas durante horas siguiendo el de la izquierda, hasta que percibes, reconfortado, a dos hombres en la lejanía. Corres, y al llegar a su lado, les hablas y les gritas y haces grandes ademanes, pero ellos no pueden verte ni oírte. Entonces te callas, y observas cómo cavan un hoyo, y arrojan un cuerpo, del que no te habías percatado antes, en su interior. Acto seguido, uno de los hombres se jacta de lo bien que habían planificado el crimen. El otro asiente con la cabeza y convida a su compañero con un cigarrillo. Te arrimas a la fosa, y descubres en el rostro de aquel desgraciado, tu propio rostro. Al instante, te desvaneces, y al volver en ti, ves que los hombres continúan fumando distraídamente. Tanteas el piso y hallas una piedra. Deprisa sales de la fosa y se la estrellas en la nuca a uno y en la sien al otro. Luego, entre palada y palada, te preguntas adónde te habría llevado el rastro de la derecha.
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El presente texto ha recibido en el mes de enero pasado una mención en el IV Certamen de relato corto para mesilla de noche que organiza el sitio Esta noche te cuento.
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martes, 11 de marzo de 2014

El prisionero número trece



DEPOSITA EL CORAZÓN de su décima tercera víctima en el baúl, junto a los otros, y sonríe. Tras cinco años ha logrado rendir la superstición de que el número trece lo llevaría a la cárcel. «La única prisión ha sido la de mi propia ignorancia», dice, y cierra el baúl. Luego marcha hacia su mesa de trabajo y, dispuesto a recuperar el tiempo perdido y la atención de los medios, mira y remira una docena de fotografías. Finalmente escoge la de una veinteañera rubia que asiste a sus clases, y la pega con suma delicadeza en un frasco vacío. Vuelve a sonreír y, antes de irse a la cama, dispone en su maletín los libros de Borges y Cortázar, el cloroformo y el estuche de pana con su escalpelo favorito. Ignora aún que, apenas pose su cabeza sobre la almohada, la viva voz del corazón de su décima tercera víctima jamás le permitirá conciliar el sueño.
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viernes, 6 de diciembre de 2013

Páramo



A LA EDAD DE 83 AÑOS, Ezequiel Delgado está decidido a cometer un asesinato. Ignora de dónde le viene este oscuro deseo, pero sabe que no podrá descansar hasta que lo convierta en realidad. Para elegir a su víctima, ha hecho una lista de faltas, vicios y miserias; anotando junto a estos, según corresponda, el nombre de familiares y amigos de su misma generación. A la hora de sumar, el hermano de su esposa ostenta nueve puntos. El siguiente paso consiste en determinar el modus operandi del crimen. Por el reuma, descarta cualquier acción violenta. «Lo mejor será usar veneno —dice, y agrega entusiasmado—: Sí, veneno en el mate». Se levanta y llama por teléfono. Lo atiende la hija de su cuñado. Cuando le pide que le diga a Víctor que lo espera para compartir unos mates, la mujer lo insulta y corta. El viejo se queda pensativo, hasta que al fin se palmea la frente. «¡Mi cuñado se murió de un síncope el año pasado!», vocifera, al tiempo que una inquietud le recorre la piel como una serpiente. Vuelve a sentarse y repasa los nombres de sus otros candidatos. Pedro, Marta, Hilario… todos están muertos; incluso, Isabel, su esposa, que suma dos infidelidades, lo abandonó irreparablemente hace un par de semanas. Entonces, mientras se seca los ojos, se da cuenta de que ha incurrido en un pecado de omisión. Toma la lista y escribe —una y otra vez—: «Ezequiel Delgado». Sonríe. Y se va hasta la cocina para poner la pava a calentar.
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Hace exactamente un lustro nacía «El elefante funambulista». ¡¿Cómo ha crecido la criatura?!
   
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