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lunes, 2 de julio de 2012

Donde se pierde la mirada


A cuatro manos con Isabel Segura Boutry
APARECÍAN cuando la soledad de la isla desierta lo abrumaba pero, más que acompañarle se aprovechaban de su estado. Amaranta la filóloga se empeñaba en cobrarle las conversaciones palabra por palabra, Hildebrando el político corrupto le exigía más ciudadanos para erigirse gobernador, Bayardo, Plácida, Lavinia ¡y tantos otros! Así que una hermosa mañana de azul descarriado se deshizo de ellos. A unos los arrojó por el acantilado, a otros los invitó a nadar entre tiburones y al resto simplemente lo estranguló. Pero aquellos asesinatos maltrataban su conciencia, por eso alzó una puerta frente al mar —siempre llegaban por mar—, por eso. Porque sabía que, a pesar de sus defectos, los visitantes tenían una gran virtud, la urbanidad. Cuando llamaran bastaría con no abrir. Tras varios meses las aldabadas desaparecieron y, aliviado, incluso coqueteó con la idea de eliminar la puerta. Entonces llegaron aquellos hombres y golpearon y golpearon hasta que, desencantados, volvieron a sus chalupas rumbo al buque.
Cuando levaron anclas, él, náufrago loco, sonreía, de nuevo sus fantasmas se habían desvanecido.
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