A cuatro
manos con Isabel Segura Boutry
APARECÍAN
cuando la soledad de la isla desierta lo abrumaba pero, más que acompañarle se
aprovechaban de su estado. Amaranta la filóloga se empeñaba en cobrarle las
conversaciones palabra por palabra, Hildebrando el político corrupto le
exigía más ciudadanos para erigirse gobernador, Bayardo, Plácida, Lavinia ¡y
tantos otros! Así que una hermosa mañana de azul descarriado se deshizo de
ellos. A unos los arrojó por el acantilado, a otros los invitó a nadar
entre tiburones y al resto simplemente lo estranguló. Pero aquellos asesinatos
maltrataban su conciencia, por eso alzó una puerta frente al mar —siempre
llegaban por mar—, por eso. Porque sabía que, a pesar de sus defectos, los
visitantes tenían una gran virtud, la urbanidad. Cuando llamaran bastaría con
no abrir. Tras varios meses las aldabadas desaparecieron y, aliviado, incluso
coqueteó con la idea de eliminar la puerta. Entonces llegaron aquellos hombres
y golpearon y golpearon hasta que, desencantados, volvieron a sus chalupas
rumbo al buque.
Cuando
levaron anclas, él, náufrago loco, sonreía, de nuevo sus fantasmas se habían
desvanecido.
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