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jueves, 16 de abril de 2015

Velocidad de los cuentos, por Eloy Tizón (fragmento)



Para mí resulta difícil explicar de forma sencilla y en pocas palabras mi proceso creativo, porque a veces tendemos a tratar de analizar y verbalizar racionalmente ciertos fenómenos que están envueltos en bruma. En un cuento, en una película, no hay que pretender «entenderlo» todo; es bueno que haya zonas de penumbra. En el terreno del arte, tenemos que acostumbrarnos a convivir con cierta dosis de ambigüedad. No debemos olvidar que toda forma de creación tiene un componente misterioso. Crear algo es misterioso. Yo soy misterioso. Todos somos misteriosos. Dentro de esa gran constelación de misterios que es la literatura, que a su vez está compuesta por otros muchos pequeños misterios y constelaciones menores, lo más enigmático de todo el proceso, para mí, sigue siendo el instante en que surge la idea inicial. El chispazo que hace que se ponga en marcha toda la maquinaria. El relámpago alucinatorio que aparece por sorpresa, nos acelera el pulso y nos advierte: «Ahora». Este flechazo es el responsable de que uno se enamore de la literatura con un amor eterno. Eso es lo único que no es trabajo. Excepto eso, todo el resto es trabajo. Trabajo duro, además.
¿De dónde vendrá esa chispa casi sagrada que nos obliga a realizar ese acto insensato que es contar una historia? Ese rapto de inspiración repentina, o como se quiera llamar, por regla general nos sorprende desprevenidos. En cuestión de segundos uno pasa de ir en metro a volar en alfombra mágica. Del fondo de la mente una forma se destaca, adquiere ritmo, relieve, se impone; puede tratarse de un recuerdo borroso que vuelve del pasado, del pozo de nuestra infancia, de algo que cae del futuro, o de algo completamente inventado. Para el caso da lo mismo; pero sea como sea, puede decirse que en ese fogonazo inicial está ya implícito todo el material, página a página, si bien de forma desenfocada. Hemos tomado la decisión de escribir sobre un asunto concreto. El primer paso está dado. Ahora hace falta enfocarlo. El resto, insisto, ya no es más que trabajo.
En lo que a mí respecta, confieso que no pertenezco a ese grupo de autores que afirman que en el momento de ponerse a escribir ya lo tienen todo claro en la cabeza desde el principio. No; mi caso es diferente. Yo no veo con claridad el argumento, ni los personajes, ni casi nada. Las cosas se van aclarando a medida que voy escribiendo. La escritura surge de la escritura. El libro nace del libro. Las palabras van tirando unas de otras. Digamos que en esa fase inicial lo único que tengo claro es el sueño del libro. Intuyo el efecto emocional que su lectura causaría en mí, en el supuesto de que existiese. Pero todavía no existe. Tengo, pues, que inventar la historia para que produzca ese determinado efecto, y no otro. Cuanto más me acerque a mi sueño, más cerca estaré de conseguir mi propósito y quedarme tranquilo.
Hay que desarrollar un oído finísimo, un oído de músico, para aprender a escuchar y respetar las necesidades de la escritura, que no siempre tienen que coincidir con las nuestras. Silencio. Si uno se calla y escucha con atención el tiempo suficiente, verá cómo el libro habla. Se dirige a nosotros en voz baja, llamándonos por nuestro nombre, y nos susurra algo al oído. La historia pide cosas y nosotros debemos dárselas. Es una relación de mutua dependencia. En todos los sentidos es una relación, como ya he insinuado, amorosa. Aprender qué es beneficioso y qué es perjudicial para lo que estamos narrando es, precisamente, el camino que nos conducirá a nuestro sueño de llegar a convertirnos en escritores.
Así pues, yo no parto de una historia definida, con personajes nítidos y una acción trazada con tiralíneas, sino del deseo de que haya una historia (subrayo esto). Escribir, para mí, es tener ganas de escribir. Ganas de que haya algo donde antes no había nada. Ganas de llenar un hueco. De cubrir un vacío. De salvar del olvido algo, algo pequeño, irrelevante, de poco peso, como el color del cielo una tarde, el traje arrugado de Sergio o un reflejo rojizo en la melena de Paula. Cualquier cosa. Soy muy visual (lo era ya antes de dedicarme a escribir; mi primera vocación fue la pintura), por lo que siempre necesito apoyarme en imágenes. Todo lo que he escrito hasta ahora, bueno o malo, está perforado por una mirada, la mía, y confío en que el temblor de esa mirada aporte intensidad a la prosa.
El arquero inmóvil: nuevas poéticas sobre el cuento
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miércoles, 24 de septiembre de 2014

Dimensiones (Edith Wharton)



Se suele decir que un “buen argumento” para un cuento es aquél que, si se lo desarrollara, constituiría una buena novela. Esta idea puede defenderse en determinados casos; pero ciertamente sería errado basar en ella una teoría general. Cada “argumento” (en el sentido que el novelista le da al término) contiene necesariamente en sí sus propias dimensiones; y uno de los dones esenciales de un narrador de ficción es el de discernir si el argumento que se abre ante él se ajusta a las proporciones de un cuento o de una novela. Si aparece adaptable a ambas formas de relato, con toda seguridad será inadecuado para ambas. […] Hay al menos dos razones por las cuales un argumento se ajusta más a la forma de una novela que a la de un cuento; pero ninguna de ellas se basa en el número de lo que llamamos “incidentes” o hechos externos, que luego el texto contendrá. […] Los elementos de un argumento que exigen un desarrollo más prolongado son, por un lado, el despliegue gradual de la vida interior de los personajes, y en segundo lugar, la necesidad de producir en la mente del lector el sentido del paso del tiempo. Muchos hechos externos a los personajes, por variados y excitantes que sean, pueden desarrollarse en unas pocas horas, pero los dramas morales que por lo común tienen hondas raíces en el alma, reinan durante lapsos mucho más prolongados, y la súbita manifestación externa en que culminan sólo pueden presentarse paso a paso de modo que ésta quede explicada y justificada. […] Hay casos, claro, en que el cuento puede dar cuenta de un drama moral, contando precisamente esta culminación. Si los hechos narrados son de tal condición que una simple retrospectiva puede iluminarlos, podrán adecuarse a un cuento; pero si son de naturaleza más compleja, y sus frases lo suficientemente interesantes como para justificar su elaboración, el lapso de tiempo deberá naturalmente reducirse y la forma de la novela se vuelve la adecuada.
Edith Wharton
Instrucciones secretas para empezar a escribir, de Leopoldo Brizuela (compilador).
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sábado, 23 de marzo de 2013

Adjetivos



Fíjate por ejemplo en tu frase “era una sensación casi lancinante”. Lancinante es un adjetivo muy fuerte: si le pones casi, le quitas fuerzas. La sensación lancinante tendría que tenerla el lector a partir de lo que representas, sin necesidad de definirla. En tu enfoque objetivo debes expresar sensaciones precisas y no comentar sensaciones con adjetivos.
Italo Calvino. Carta a Andrea de Carlo (1960).

domingo, 3 de marzo de 2013

Estilo



He mirado las correcciones y me alegro sobre todo cuando sustituyes una palabra “poética” por otra más seca y precisa. Me alegro menos cuando haces lo contrario. A mí entender, “levantar” el estilo comporta siempre el peligro de que si pones una palabra de tono más “alto”, después estás obligado a “levantar” otra, y otra más, y todas las que antes eran de tono un poco bajo resultan demasiado bajas. Yo creo que si se aborda el estilo en un nivel amortiguado, hablado, después uno es libre de levantarlo en los momentos en que se quiere poner énfasis; en cambio si se aborda en seguida un tono alto, después no se puede bajar, porque sería desentonado. Te hablo según mi experiencia personal: después cada uno construye su poética como quiere, claro está.
Italo Calvino. Carta a Raffael Brignetti (1966).
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jueves, 24 de enero de 2013

Aprender a aprender



[RECETAS EXPRESS PARA MEJORAR NUESTROS RELATOS, XCIII]
Por una parte está genial que quien está aprendiendo a escribir se deje llevar en cada momento por lo que le sale de las tripas, porque también es la única forma de que salga a la luz todo su potencial, su mirada particular, elementos originales y únicos del inconsciente, de que vaya profundizando en temas que en verdad le importen, etc. Siempre insisto a mis alumnos en que no anden pensando en la técnica mientras escriben. Es buenísimo que se dejen llevar por la intuición.
Por otra parte, la intuición va pasando de estar muy embrutecida (por ejemplo, a mucha gente la intuición le dicta al principio que ha de escribir con frases hechas, en abstracto, con un lenguaje formal o con uno prestado de los autores del s. XIX) a ser cada vez más fina.
La finura en la intuición no proviene sino de ir asimilando la técnica, haciéndola propia. Y eso proviene, a su vez, del progresivo reconocimiento de los errores o las debilidades. Por eso hay que revisar (en los relatos sucesivos y también en el mismo texto) el producto resultante, aprender a cribar y separar las pepitas de oro del lodo.
Como profesora, soy la mosca cojonera (con perdón) que pongo en cuestión (con un punto de vista externo a los estudiantes) muchas de sus opciones (conscientes o inconscientes). Y es recomendable que luego cuestionen, a su vez, cada uno de mis comentarios.
En el aprendizaje la fe ciega no sirve de nada. Está bien cierta confianza previa en el profesor, porque si uno desconfía de cada una de sus palabras, será incapaz de extraer ningún aprendizaje de ellas. Pero no ha de ser una confianza ciega. Se trata de percibir el autoengaño a través del espejo en el que se convierte el profesor. Por eso si no se pone en cuestión lo que él dice, tampoco se aprenderá mucho.
Al final, en la escritura, uno está solo consigo mismo, y uno mismo habrá de tomar la decisión final (y eso incluye hacer o no hacer caso de cada uno de los puntos que marca el profesor).
A veces yo —en mi subjetividad lectora—  me invento la mitad de la historia que leo (quizá porque la que quería contar el autor no está lo suficientemente clara), y no creo que fuese bueno que el estudiante se volcase en escribir la historia que yo quiero leer o la que yo habría escrito en torno a su idea inicial.
Simplemente, a través de mis sugerencias, habrá de ir al fondo de la cuestión, a los puntos en los que quizá yo me he desviado de la interpretación que él buscaba por una excesiva indefinición del texto, y afianzarlos.
Aprender a aprender es quizá la clave del aprendizaje.
Y valga la redundancia.
Isabel Cañelles
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sábado, 12 de enero de 2013

Dos o tres principios



Hay dos hombres que con sus enseñanzas, sencillas y luminosas, me han proporcionado esta fuerza de intentarlo siempre todo: Louis Bouilhet y Gustave Flaubert. Si hablo aquí de ellos y de mí, se debe a que sus consejos, resumidos en pocas líneas, serán quizás útiles a algunos jóvenes menos confiados en sí mismos de los que se suele ser de ordinario cuando se inicia la carrera literaria.
Bouilhet, a quien conocí primero, de una manera algo íntima, unos dos años antes de granjearme la amistad de Flaubert, a fuerza de repetirme que cien versos ―o quizá menos― bastan para cimentar la reputación de un artista, si esos versos son irreprochables y contienen la esencia del talento y de la originalidad de un hombre incluso de segundo orden, me hizo comprender que el trabajo continuado y el profundo conocimiento del oficio pueden, un día de lucidez, de orden y de arrebato, mediante la feliz conjunción de un argumento que concuerde bien con todas las tendencias de nuestro espíritu, provocar esta aparición de la obra corta, única y tan perfecta como somos capaces de crearla.
Comprendí que los escritores más conocidos nunca han dejado más de un volumen, y que es preciso, ante todo, tener la suerte de encontrar y descubrir, en medio de la multitud de materias que se presentan a nuestra elección, aquella que absorberá todas nuestras facultades, toda nuestra valía, toda nuestra potencia artística.
Más adelante, Flaubert, a quien veía con frecuencia, me honró con su amistad. Me atreví a someterle algunos ensayos. Los leyó bondadosamente y me respondió: «Ignoro si tendrá usted talento. Lo que me entrega revela cierta inteligencia, pero no olvide usted esto, joven: el talento, en frase de Bufón, es tan sólo una larga paciencia. Trabaje».
Trabajé y volví con frecuencia a su casa, dándome cuenta de que le caía en gracia, ya que me llamaba, sonriendo, su discípulo.
Durante siete años escribí versos, cuentos, novelas e incluso un drama abominable. Nada quedó de todo ello. El maestro lo leía todo; luego, el domingo siguiente, mientras almorzaba, desarrollaba sus críticas e infundía en mí, poco a poco, dos o tres principios que son el resumen de sus largas y pacientes enseñanzas: «Si se posee originalidad ―decía―, es preciso destacarla; si no se posee, es preciso adquirirla». «El talento es una larga paciencia»; se trata de observar todo cuanto se pretende expresar, con tiempo suficiente y suficiente atención para descubrir en ello un aspecto que nadie haya observado ni dicho. En todas las cosas existe algo inexplorado, porque estamos acostumbrados a servirnos de nuestros ojos sólo con el recuerdo de lo que pensaron otros antes que nosotros sobre lo que contemplamos. La menor cosa tiene algo desconocido. Encontrémoslo. Para descubrir un fuego que arde y un árbol en una llanura, permanezcamos frente a ese fuego y a ese árbol hasta que no se parezcan, para nosotros, a ningún otro árbol y a ningún otro fuego.
Esta es la manera de llegar a ser original.
Además, tras haber planteado esa verdad de que en el mundo entero no existen dos granos de arena, de moscas, dos manos o dos narices iguales totalmente, me obligaba a expresar, con unas cuantas frases, un ser o un objeto de forma tal a particularizarlo claramente, a distinguirlo de todos los otros seres o de otros objetos de la misma raza y de la misma especie.
«Cuando pases ―me decía― ante un tendero sentado a la puerta de su tienda, ante un portero que fuma su pipa, ante una parada de coches de alquiler, muéstrame a ese tendero y a ese portero, su actitud, toda su apariencia física indicada por medio de la maña de la imagen, toda su naturaleza moral, de manera que no los confunda con ningún otro tendero o ningún otro portero, y hazme ver, mediante una sola palabra, en qué se diferencia un caballo de coche de los otros cincuenta que lo siguen o lo preceden».
Guy de Maupassant
Del Prólogo de la novela Pedro y Juan
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domingo, 16 de septiembre de 2012

El beso de la muerte



Cuando he empezado un proyecto no paro, y sólo bajo el ritmo si es imprescindible. Si no escribo a diario empiezan a ponérseme rancio los personajes, con el resultado de que ya no parecen gente real, sino eso, personajes.  Empieza a oxidarse el filo narrativo del escritor, y yo a perder el control del argumento y el ritmo de la narración. Lo peor es que se debilita el entusiasmo de crear algo nuevo; empiezas a tener la sensación de que trabajas, sensación que para la mayoría de los escritores es el beso de la muerte. Cuando se escribe mejor (siempre, siempre, siempre) es cuando el escritor lo vive como una especie de juego inspirado. Yo, si quiero, puedo escribir a sangre fría, pero me gusta más cuando es algo fresco y quema tanto que casi no se puede tocar.
Stephen King
 Mientras escribo
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miércoles, 29 de agosto de 2012

Evitarás lo autobiográfico



Mi experiencia de profesor me enseñó que, en la mayoría de los casos, lo peor y más débil en la escritura de un estudiante era aquello que verdaderamente ocurrió. No quiero decir que la ficción no pueda tener cierto basamento autobiográfico. De hecho, mis libros lo tienen. Lo que quiero decir es que hay que tener en claro que uno está usando algo que le ocurrió para transformarlo en otra cosa, en ficción. El arte debe ser esencialmente selectivo, y la memoria no lo es cuando, especialmente se trata de invocar eventos traumáticos o trascendentales de nuestras vidas. Yo sugiero que si uno ha tenido un accidente de auto lo convierta en un accidente de avión o tren para así asumir la responsabilidad de inventar algo nuevo a partir de lo ocurrido. Lo verídico de lo que me pudo haber ocurrido no tiene ninguna importancia en lo que hace a lo estrictamente narrativo. Creo que la mayoría de la ficción estrictamente autobiográfica está bajo el yugo de lo mucho que significan para nosotros nuestras desgracias. En nuestra narrativa, la infelicidad es un rasgo de indulgencia. Lo que no quiere decir que no deban utilizarse las sensaciones viscerales, táctiles y físicas más cercanas a la propia experiencia. Todos los buenos escritores las utilizan. No hay que sentirse obligado a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, porque, bueno, uno escribe ficción después de todo.
Del Decálogo de mandamientos irrenunciables, 9º mandamiento
—compilado por Rodrigo Fresán—.

viernes, 10 de agosto de 2012

Adjetivos



Un último consejo: cuando leas las palabras de tu libro, marca con una cruz aquellas que califiquen a los sustantivos y a los verbos. Verás que empleas tantas de estas palabras que la mente debe realizar todo un trabajo de concentración en ellas, un trabajo del que uno se cansa pronto. Tú comprendes de inmediato qué quiero decir si escribo: “un hombre se sentó sobre la hierba”. Lo comprendes porque es claro y no se pide ninguna atención especial. En cambio, no se comprende fácilmente, y demanda un innecesario esfuerzo de atención, si escribo que “un hombre alto, de pecho hundido y débil contextura, con una larga barba roja, se sentó sobre la verde hierba ya marchitada por los caminantes y, silenciosamente, miró en torno...” Todo eso no es aprendido rápidamente por la mente, mientras que la buena escritura debe ser comprendida de inmediato, en un segundo.
Antón Chéjov. Carta a Máximo Gorki, 1899.
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martes, 10 de julio de 2012

Juzgar



Me criticas por mi objetividad, confundiéndola con indiferencia al bien y al mal, con falta de ideas e ideales y cosas por el estilo. Preferirías que, al describir ladrones de caballos, yo dijera: “robar caballos es una mala acción”. Pero eso ya se sabe desde hace milenios y sin necesidad de que yo lo diga. Dejemos que los jueces juzguen a los ladrones de caballos; mi trabajo es simplemente decir que no son mendigos sino gente bien alimentada, que tienen sus propias devociones, y que robar caballos no es simplemente hurto sino también una pasión. Por supuesto sería agradable combinar arte y sermón, pero a mí me resulta extremadamente difícil y casi imposible, debido a las condiciones de la técnica. Verás: para pintar ladrones de caballos en setecientas líneas debo hablar y pensar todo el tiempo en su tono y seguir su alma, porque de lo contrario, si pongo en juego mi propia sensibilidad, la imagen se difumina y mi historia no se vuelve tan compacta como todo cuento breve debe serlo. Cuando escribo, dejo para el lector la tarea de agregar por sí mismo los elementos subjetivos que faltan en la historia.
Antón Chéjov, Carta a Aleksey S. Suvorin. 1890.
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jueves, 28 de junio de 2012

Decir y mostrar



Para Enrique Anderson Imbert, una de las claves del oficio del cuentista es comprender que existen básicamente “dos modos” de narrar: decir y mostrar, y que a estos dos modos corresponden dos tipos de relato: el resumen y la escena. “Un narrador, cualquiera sea el punto de vista que haya adoptado, puede decirnos que algo ha ocurrido o puede mostrárnoslo como si estuviera ocurriendo. Son dos grados de visibilidad. El cuento dicho nos informa indirectamente sobre una acción. El cuento mostrado presenta la acción directamente. El primero es una versión personal del narrador. El segundo es el espectáculo ofrecido por los personajes. En el primero la acción se repliega en la mente del narrador. En el segundo la acción se despliega a la vista del lector. En el primero el narrador explica los acontecimientos: nos da resúmenes, sumarios, sinopsis, síntesis, crónicas, comentarios. En el segundo el narrador rinde con vivacidad los acontecimientos: nos da escenas con gestos, diálogos, detalles. Se nos dice de lejos, se nos muestra de cerca”.
de Leopoldo Brizuela
Foto © Nina Leen, Cat peering into glass, 1963
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miércoles, 18 de enero de 2012

La valentía del escritor


Una de las cualidades necesarias para llegar a ser un buen escritor es la valentía.
Uno tiene que ser valiente para dejarse escribir cualquier cosa, aunque le dé miedo, aunque crea que es una tontería, aunque sepa que no vale mucho. Si uno se permite escribir mal, podrá aprender de sus errores, comprender por qué ese relato o ese texto no le ha salido bien y, así, seguir avanzando en este camino maravilloso que es el de la escritura.
La valentía también está en probar cosas nuevas, no quedarse con lo que uno ya sabe que funciona sino ir más allá, experimentar es también una buena herramienta.
El problema, claro, es que cuando uno experimenta se arriesga a que lo que salga sea un potaje un tanto soso, pero también se aventura a que sea el mejor potaje de su vida. Experimentar es bueno, es necesario, pero hay que hacerlo con cabeza, sabiendo que uno puede meter la pata y que en esa metedura de pata está el camino para seguir mejorando.

 Inés Arias de Reyna
 (Tomado de su bitácora: Lady Dragón).

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viernes, 25 de noviembre de 2011

No pensar




[RECETAS EXPRESS PARA MEJORAR NUESTROS RELATOS, XLVII]

A la hora de escribir relatos, no hay que permitir que nuestra parte racional, lógica y cartesiana invada las situaciones. Los relatos han de ser congruentes y tener una sólida causalidad interna, pero más vale que no sean ni racionales ni cartesianos. Más vale dejar fluir el inconsciente mientras se escribe (luego ya habrá tiempo de revisar y reparar), soltar el hilo rígido de los pensamientos, flotar en esa nada aparente que es no pensar con el intelecto, y darse cuenta de que en realidad está llenísima de cosas (percepciones, emociones, imágenes...) que se pueden transmitir con palabras.

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viernes, 11 de noviembre de 2011

De la necesidad de la narrativa...



...según Fernando Sorrentino

―Si tuviera que formular un reclamo para argumentar la necesidad de la narrativa en la vida humana, de la literatura que asume como género el cuento o la novela, ¿qué sería lo esencial que expresaría?
No hay nada que argumentar en favor de tal necesidad. Los hechos empíricos están certificando, y con creces, esa necesidad. No diré nada nuevo si afirmo que, como todos vemos, al ser humano le complace que le cuenten historias. Y, sobre todo, que esas historias sean gratuitas, sean porque sí, para pasar el tiempo, para divertirse, para gozar de los laberintos de la imaginación, del placer de la fabulación y del embuste.
En tal sentido, soy el primero en adscribirme a esta inconsciencia y a esta frivolidad.

Fuente: Contemporáneos del mundo, número 15.
Una larga y sustanciosa entrevista que Garzón Céspedes le hiciera al autor.

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lunes, 24 de octubre de 2011

La muerte de la trama



«La novela es más cómoda para el lector. Hablamos de una novela normal, con una trama fácil de seguir. Porque la novela te lo cuenta todo, te da todos los datos. El cuento, al dejarse muchas cosas fuera, precisa de un lector que le preste más atención. Necesita un lector avisado y acostumbrado a ese ritmo. Es más como el lector de poesía. Creo que tiene razón José María Merino que hablaba en un libro de la muerte de la trama. Al lector le cuesta trabajo que una trama comience y termine cada cinco páginas. En un libro de relatos cuando te has hecho a una trama termina y empieza otra y eso necesita un lector diferente. Que sepa leer mejor. La prueba está en que yo no veo a nadie leyendo microrrelatos en el metro. Al contrario la gente lee unos tochos...».
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domingo, 28 de agosto de 2011

El mejor aprendizaje y otros asuntos...



...según Ernest Hemingway
¿Cuál consideraría usted que es el mejor aprendizaje intelectual para el futuro escritor?
Digamos que debería ir y ahorcarse porque descubre que escribir bien es una dificultad intolerable. Entonces habría que cortarle la soga sin piedad y obligarlo por las propias a escribir lo mejor que pueda por el resto de su vida. Por lo menos tendría la historia del ahorcado para comenzar.
[...]
¿Qué pasa con la gente que ha hecho una carrera académica? ¿Cree que gran cantidad de escritores que ocupan cargos en la enseñanza han comprometido su carrera literaria?
Depende de lo que usted llame compromiso. ¿Lo dice en el sentido de una mujer que se ha comprometido? ¿O es el compromiso del estadista? ¿O el compromiso con su almacenero o con su sastre de que les va a pagar un poquito más pero en cuotas? Un escritor que puede escribir y enseñar tendría que hacer las dos cosas. Muchos escritores competentes han probado que podía hacerse. Yo no podría, lo sé, y admiro a los que pueden hacerlo. Me inclino a pensar, sin embargo, que la vida académica pondría punto a la experiencia exterior lo que limitaría posiblemente el conocimiento del mundo. El conocimiento, no obstante, demanda más responsabilidad de un escritor y hace más difícil la escritura. Tratar de escribir algo de valor permanente es una tarea que toma todo el tiempo aunque sólo se usen unas pocas horas en escribir realmente. Un escritor puede compararse a un pozo. Hay muchas clases de pozos como hay de escritores. Lo importante es tener agua buena en el pozo y es mejor sacar una cantidad regular que dejar el pozo seco y esperar que se vuelva a llenar.
[...]
¿Admite que hay simbolismo en sus novelas?
Supongo que hay símbolos ya que los críticos se la pasan encontrándolos. Si no le molesta, no me gusta hablar de ellos ni que me pregunten por ellos. Ya es bastante duro escribir libros y cuentos como para que además uno tenga que explicarlos. También, deja a los explicadores sin trabajo. Si cinco o seis o más buenos explicadores pueden continuar, ¿por qué los interferiría? Lea cualquiera de las cosas que escribo por el placer de leerlas. Cualquier otra cosa que encuentre estará en la medida que usted la haya aportado a la lectura.
[...]
¿Hasta qué punto está completo en su pensamiento la concepción de un cuento? ¿Mientras lo va escribiendo cambia el tema, el argumento o algún personaje?
A veces uno sabe el cuento. A veces lo va haciendo y no tiene la menor idea de cómo terminará. Todo cambia a medida que se mueve. Eso es lo que hace que el movimiento haga el cuento. A veces el movimiento es tan lento que no parece que se estuviera moviendo. Pero siempre hay cambio y siempre movimiento.
[...]
¿Puedo preguntarle hasta qué punto cree usted que el escritor debe preocuparse por los problemas sociopolíticos de su época?
Cada uno tiene su propia conciencia y no deberían existir reglas sobre cómo debe funcionar una conciencia. De una cosa puede estar seguro y es que si la obra de un escritor preocupado por la política debe durar tendrá que saltear lo político cuando lo lea. Muchos de los llamados escritores enrolados políticamente cambian frecuentemente su política. Esto los alegra mucho a ellos y a sus revistas político-literarias. A veces tienen que escribir de apuro sus nuevos puntos de vista… Quizás esto pueda ser respetado como una forma de la búsqueda de la felicidad.
[...]
Se ha dicho que un escritor trata una o dos ideas a través de toda su obra. ¿Diría usted que su obra refleja una o dos ideas?
¿Quién dijo eso? Suena muy tonto. El hombre que lo dijo posiblemente no tenía más que una o dos ideas.

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