miércoles, 5 de septiembre de 2018

El cuaderno



I

Papá dice que siempre les encuentro defectos a sus novias. Miente. Rocío, por ejemplo, me gustaba mucho. Pero nadie puede afirmar honestamente que su última noviecita no sea una auténtica creída. Cada vez que viene a casa se aparece, sonrisa fingida mediante, con algún regalito para mí. «¿Cómo se dice?», me apura entonces papá. «Gracias», respondo secamente y me refugio en mi cuarto. Para colmo, parece que el noviazgo con esta tipa va en serio.
—Ya te va a aceptar —le decía papá el otro día—. ¡Dale un poco más de tiempo!
—Hace seis meses que salimos… ¿cuánto tiempo más va a requerir la princesita?
Como papá se quedó callado, Victoria, que así se llama, se acurrucó a su lado y le susurró largamente al oído.
Al día siguiente supe que íbamos a pasar un fin de semana los tres juntos en la playa. Claro está que en un principio me rehusé, pero papá dijo que si yo aceptaba no iba a tener que esperar casi un año más, hasta cumplir los quince, para que me entregase el cuaderno que mamá había escrito para mí.

II

El viaje en coche me la pase con los auriculares puestos. Callada. Victoria, en cambio, parloteaba sin cesar, mientras papá sólo intervenía para asentir. Hacían planes, o mejor dicho, ella los hacía. .
A eso de las nueve, cuando la luna se duplicaba sobre la superficie del mar, arribamos a aquella casa solitaria. Lo primero que sentí al salir del auto fue la brisa fresca cargada de salitre. Cerré los ojos y respiré profundo, pero Victoria me zarandeó por un hombro y me dijo que lo ayudara a papá a entrar las valijas. Tras seis viajes al coche, el equipaje de la reina ya estaba en su cuarto. Entonces me mandó a que eligiera un dormitorio para mí… Había sólo uno más y era pequeño como un dedal.
Una hora después, cenamos. Ella no tocó su comida. Juro que si papá no la hubiera comprado en el camino, yo tampoco la habría probado, por más que en lugar de sándwiches de jamón y queso se hubiese tratado de un soberbio pollo con papas al horno.
Papá luego preparó café, pero yo, bostezando, me retiré a mi cuarto.

III

Podía oír el ir y venir de los pasos al ritmo de la música que sonaba en la sala. Por un instante me imaginé a papá bailando con Alejandra… No sé por qué me resulta imposible decirle mamá. Después de todo ella no tuvo la culpa de haberse enfermado.

IV

Como la boca se me puso seca, me desperté. Ya no se oían ni la música ni los pasos de baile. Me calcé las pantuflas y marché hacia la cocina. Desde el pasillo descubrí que Victoria estaba a horcajadas sobre papá, en el suelo. Me dio vergüenza ajena e iba a seguir mi camino rápidamente cuando noté que algo le ocurría a ella. Sus brazos y sus piernas se estaban volviendo más largos, al tiempo de que le nacían otros dos pares de extremidades, y de que sus ojos, ennegrecidos, se multiplicaban.
—¡Papá! —grité, pero él no reaccionó, en cambio, ella me miró, emitió una especie de risa, e inauguró sus colmillos recién paridos en el cuello de papá—. ¡Dejalo, dejalo! —vociferé entonces mientras le arrojaba cuanto objeto contundente hallaba a mano.
—¿Sabés que me dijo tu papá mientras bailábamos? —siseó tras erguir la cabeza—: que habíamos hecho el viaje de gusto, que vos, mocosa, jamás me ibas a aceptar… Pudo haber sido un buen marido, pero por tu culpa no va a pasar de ser una buena comida.
Y cuando se disponía a clavarle nuevamente los colmillos, sentí como si dos navajas me cortasen la espalda desde dentro. De inmediato, sobreponiéndome al dolor y al asombro, batí las alas que ahora poseía. Entonces, Victoria se lanzó, con los ojos encendidos de sombras, sobre mí; pero ágilmente logré volar fuera de su alcance. Furiosa, trepó por las paredes y el techo y comenzó a moverse en círculos. Pronto comprendí que estaba tejiendo a mi alrededor una gigantesca telaraña. Sabía que no podía dejar que terminase, así que tomé la iniciativa y rodamos por el piso hechas un amasijo de patas y alas.
A cada instante, el rigor de sus colmillos se aproximaba peligrosamente a mi cuello. Me sentía exhausta e ignoraba durante cuánto tiempo iba a poder contenerla. Entonces sus ojos se me volvieron espejos y observé que algo más había cambiado en mí. Acto seguido, clavé con certeza mi aguijón en medio de su oscura mirada.

V

Cuando finalmente tuve el cuaderno entre mis manos, aguardé un largo rato antes de abrirlo. Temblaba. Sabía que aquellas palabras iban a cambiarme la vida; iban a revelarme la naturaleza de aquel yo extraño que nos había salvado a papá y a mí; pero, sobre todo, iban a permitirme, por primera vez, estar conectada de mujer a mujer con Alejandra…
Con mamá, desde entonces y para siempre.


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El presente relato ha sido publicado en el número 10 de «La sirena varada» (páginas 108-110), que lleva adelante la Editorial Dreamers, de México. La misma puede descargarse desde la web de dicha editorial.
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4 comentarios:

Ángeles dijo...

Qué bonita la forma en que se establece por fin la conexión de la niña con su madre. Claro, tenía que descubrir su verdadera naturaleza para poder considerarla como tal.

Y Victoria estaba ahí para eso precisamente.
Casi todo en la vida tiene su por qué y su utilidad, aunque tardemos en verlo.

Saludos.

José A. García dijo...

Nadie acepta, nunca, a los reemplazos, sean de la naturaleza que sean.

Excelente relato.

Saludos,

J.

Gabriel Bevilaqua dijo...

Gracias, Ángeles, me alegra que te haya gustado.

Y sí, José, así es. Gracias.

Saludos cordiales

Miguel Ángel Pegarz dijo...

¡Trepidante! Me ha gustado mucho.

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