sábado, 23 de noviembre de 2013

Mientras leo el diario



CON ENVOLTURAS DE CARAMELOS, mi hijo ha confeccionado una flotilla de aviones que despegan desde una cartulina y lanzan, entre la mesa ratona y mi sofá, un sinnúmero de estruendosas bombas que interpreta fielmente con los labios. Poco después escucho una nueva explosión, mayor que las anteriores, y enseguida mi hijo se dirige hacia la puerta con los avioncitos. «¿Ya terminaste de jugar?», le pregunto, y me dice que le han torpedeado el portaaviones y que debe llevar sus F-18 Super Hornet a la base más cercana antes de que se les acabe el combustible. «¡Mirá vos! —exclamo, ya solo—; y yo que pensaba que la cartulina era una pista de aterrizaje en tierra». Entonces, envuelta en una densa columna de humo, la cartulina se hunde. Dejo el diario sobre mis rodillas, me restriego los ojos, y vuelvo a mirar; pero ya no quedan rastros del portaaviones. En su lugar descubro, cinco o seis baldosas más allá, lo que parece un diminuto periscopio. Al instante, un torpedo se aproxima raudamente hacia mi sofá; y lo único que atino es a levantar los pies antes del impacto.
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5 comentarios:

Anita Dinamita dijo...

Los niños, esos grandes inspiradores. A mi hija se le ocurrió el otro día una cosa que estoy dándole vueltas para un microrrelato.
Un abrazo

Francisco Espada dijo...

Entre la fantasía infantil y la cruda realidad del diario, me quedo con la primera.
Un abrazo.

Gabriel Bevilaqua dijo...

Sí, Anita: inspiradores y dadores de esa mirada que redescubre el mundo y le otorga nuevos significados… ¡No dejes de escribir ese micro! :)

Yo también, Francisco.


Saludos cordiales

Miguelángel Pegarz dijo...

Me sumo también a las fantasías infantiles. Me parece que la presunta realidad es igual de fantasiosa, pero menos agradable.

Gabriel Bevilaqua dijo...

Totalmente de acuerdo, Miguelángel.

Saludos cordiales

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