


(31/05/12): La sirenita
(06/09/12): Sueño de una noche de verano
SUEÑA desde hace años que recupera el estado corpóreo. Una noche, su viuda abandona precipitadamente la alcoba al grito de ¡Fuego! Él, aún adormilado, se arroja hacia la pared más próxima y cae, aturdido, entre las llamas.
Desde que Borges y Bioy lo dieron a conocer en su famoso «Cuentos breves y extraordinarios» (1953), el microrrelato de Jean Cocteau «El gesto de la muerte» es un clásico a la hora de citar ejemplos del género:
EL GESTO DE
Jean Cocteau
UN JOVEN JARDINERO persa dice a su príncipe:
—¡Sálvame! Encontré a
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a
—Esta mañana, ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
—No fue un gesto de amenaza —le responde— sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.
Y son muchos los escritores que no han podido aguantar la sana tentación de hacer su propia versión:
Gabriel García Márquez
EL CRIADO llega aterrorizado a casa de su amo.
—Señor —dice— he visto a
El amo le da un caballo y dinero, y le dice:
—Huye a Samarra.
El criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra
—Esta mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza —dice.
—No era de amenaza —responde
Sin embargo, la de Cocteau no es la versión original:
SALOMÓN Y AZRAEL
Yalal Al-Din Rumi
UN HOMBRE vino muy temprano a presentarse en el palacio del profeta Salomón, con el rostro pálido y los labios descoloridos.
Salomón le preguntó:
—¿Por qué estás en ese estado?
Y el hombre le respondió:
—Azrael, el ángel de la muerte, me ha dirigido una mirada impresionante, llena de cólera. ¡Manda al viento, por favor te lo suplico, que me lleve a
Salomón mandó, pues, al viento que hiciera lo que pedía el hombre. Y, al día siguiente, el profeta preguntó a Azrael:
—¿Por qué has echado una mirada tan inquietante a ese hombre, que es un fiel? Le has causado tanto miedo que ha abandonado su patria.
Azrael respondió:
—Ha interpretado mal mi mirada. No lo miré con cólera, sino con asombro. Dios, en efecto, me había ordenado que fuese a tomar su vida en
Pero volviendo al texto de Cocteau, hay quiénes aducen que en la última línea la repetición de «Ispahan» afea un tanto la forma. Un simple, por ejemplo, «allí» hubiese solucionado el asunto:
«Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche allí».
Nótese en este punto la versión de García Márquez:
«Porque lo veía ahí, tan lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá».
Remitámonos ahora al texto de Rumi:
«Dios, en efecto, me había ordenado que fuese a tomar su vida en
Como en el texto de Cocteau, repite el nombre del sitio a huir dos veces en lugar de evitarlo con un «hasta allá». No sé el porqué pero aventuro que en esa repetición hay algo de belleza que se pierde en la correcta adaptación de García Márquez.
En todo caso, mi preferida es la versión de Cocteau. Y a ustedes, amables lectores, ¿cuál les gusta más?
SE SENTÓ junto a la fogata con el Winchester 66 calado entre los brazos. Pasaría la noche en vela. Si la bestia se atrevía a manifestarse, la llenaría de agujeros. A medianoche, el frío lo obligó a liberar una de sus manos del «Yellow Boy» para poner un poco de agua a hervir. Cuando su garganta acogía el primer sorbo de café, los arbustos se agitaron. Antes que la taza tocara el suelo, disparó. Una mano emergió entre el sotobosque acompañada de una súplica. Sin dejar de apuntar, le ordenó a la voz que se mostrase. Al ver a la chica, bajó el rifle. Entre sollozos, aquélla le contó que tras arrojarla, su caballo había huido. Hacía horas que deambulaba a merced de la bestia. El hombre no supo cómo disculparse por lo acontecido, pero «treinta descuartizados en seis meses le meten miedo a cualquiera», dijo, mientras dejaba el Winchester a un lado para vendarle el brazo. «Treintiuno», replicó la joven en el justo instante en que las nubes desvelaban la blanca redondez de la luna…
«Desgraciadamente yo no tuve quién me contara cuentos; en nuestro pueblo la gente es cerrada, sí, completamente, uno es un extranjero ahí.
Están ellos platicando; se sientan en sus equipajes en las tardes a contarse historias y esas cosas; pero en cuanto uno llega, se quedan callados o empiezan a hablar del tiempo: "hoy parece que por ahí vienen las nubes..." En fin, yo no tuve esa fortuna de oír a los mayores contar historias: por ello me vi obligado a inventarlas y creo yo que, precisamente, uno de los principios de la creación literaria es la invención, la imaginación. Somos mentirosos; todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación».
Juan Rulfo
«La mitad de los cuentos con que inicié mi formación se los escuché a mi madre. Ella tiene ahora ochenta y siete años y nunca oyó hablar de discursos literarios, ni de técnicas narrativas, ni de nada de eso, pero sabía preparar un golpe de efecto, guardarse un as en la manga mejor que los magos que sacan pañuelitos y conejos del sombrero. Recuerdo cierta vez que estaba contándonos algo, y después de mencionar a un tipo que no tenía nada que ver con el asunto, prosiguió su cuento tan campante, sin volver a hablar de él, hasta que casi llegando al final, ¡paff!, de nuevo el tipo —ahora en primer plano, por decirlo así—, y todo el mundo boquiabierto, y yo preguntándome, ¿dónde habrá aprendido mi madre esa técnica, que a uno le toma toda una vida aprender?»
Gabriel García Márquez
CUANDO UNO DE LOS CABALLOS se elevó por encima del tablero hacia el cielo raso, los jugadores —de inmediato— atribuyeron el hecho a las correrías de un fantasma. De ninguna manera ese vistoso par de alas a lomos del trebejo les haría aceptar que se hallaban ante un Pegaso.
Arte © José Luis Muñoz: «Eqvitatvs»