Saludos y gracias por haberme acompañado tan generosamente.
Gabriel
En medio del bosque, sobre una piedra de cristal la encontraron.
—Jamás había sido bendecido por la visión de una criatura tan hermosa; ¿será, descuido de Dios, víctima de alguna clase de maleficio? —dijo el joven príncipe.
—He oído, mi Señor, que de ser ese el caso, un beso de alguien como vos es capaz de obrar milagros —le respondió su fiel escudero.
Entonces el joven príncipe, ya desnuda del reluciente yelmo la cabeza, se sentó junto a la beldad para unir sosegadamente sus labios a los de ésta, quien al despertarse, atinó a decirle:
—No puedo creer semejante bellaquería, Caballero; ¡despertarme en medio de tan hermoso sueño! —Y, tras darle la espalda, volvió a dormir.
Exponía una escultura del hombre invisible. Los concurrentes, tras un breve silencio, ovacionaron al artista; quien prefirió —al saborear tan grande éxito— no denunciar el hurto.
—¿Estás chapita, Charlie?
—¿Por qué?
—Las reglas dicen que no debemos aceptar comida de extraños.
—¡Ah! eso, tranquilo; estos maníes me los dio una niña que me visita todos los viernes, no es ninguna extraña.
—Para el caso es lo mismo; tené en cuenta que...
—¡Te trajo bellotas!
—¿Qué? ¿Para mí?
—Claro, como le comenté que a mi mejor amigo le encantan, ha querido obsequiarte; pero si no las querés, se las devuelvo.
—¿Cómo que no las quiero?
—Por las reglas.
—¿Qué reglas?
—Las que mencionaste...
—¡Ah, ésas! y ¿cómo se llama la niña?
—Verónica.
—Y ¿cómo es?
—Menuda, conversadora, simpática; con una sonrisa de porción de sandía; cabello a dos aguas cual cascadas oscuras; ojos zarcos, siempre en vuelo; y...
—¡Ja, viste que no es ninguna extraña! Ahora, dale, pasame las bellotas...

I . Una revista que no para de ascender.
Acabó de pispear el número 3 de «El Descensor», recién salidito del horno virtual. En esta ocasión la temática gira en torno a las «Mitologías». Por mi parte vuelvo a participar con una humilde minificción que espero sea de vuestro agrado (prometo mejorar). Les recuerdo que la iniciativa tiene las puertas abiertas a nuevos colaboradores, y que la revista se puede hojear en línea u optar por bajarse éste o los anteriores números en prolijos archivos PDF.
***
II . La web es un pañuelo.
Navegando por las noticias de Google fui a dar al «Nuevo diario web», de nuestra provincia de Santiago del Estero. Deglutida la nota en cuestión se me dio por echar un vistazo en la sección de cultura donde me he llevado la sorpresa de que una de mis minificciones está allí publicada. No existe en esto ningún problema ya que, como pedimos todos los que subimos material a la web, se me cita adecuadamente como el autor. Lo que sí me ha llamado la atención son dos cosas: primero que la nota se titule «Minificciones de autores argentinos», siendo que de los cinco transcriptos, sólo dos lo son: Juan Romagnoli y un servidor, claro. Diego Muñoz Valenzuela y Juan Armando Epple son chilenos; y Guillermo Bustamante Zamudio, es colombiano.
Lo segundo, es que me hayan colocado en semejante lista: todos los nombrados son reputados autores de microficciones —entre otras vertientes, por supuesto—. En todo caso se agradece que al compilador le haya gustado tanto la mini —suponiendo que ése sea el motivo y no el azar— como para publicarla.
El texto en cuestión «Otro final» es una de las primeras entradas de esta bitácora.
El ratón estaba, mano derecha al mentón, parado ante la ratonera. El gato se acercó sigiloso, como una sombra, por detrás. Un instante antes de que éste le cayera encima, el ratón, al levantar su mano izquierda, lo detuvo en seco:
—No puedo creerlo.
—¿Qué cosa no podés creer? —dijo el gato, arrellanándose a su lado.
—Ve eso que está ahí.
—¿Qué? ¿La trampa?
—¡No, no! Lo que hay en ella.
—¿El queso?
—Por supuesto —dijo el ratón, brazos al cielo—. Jamás había sido tan burdamente insultado en mi vida.
—No entiendo.
—¡El señor no entiende! Eso es queso de rallar, amigo mío, ¡queso de rallar! Acaso se piensan en esta casa que soy un ratón de la plebe. En mi anterior morada, le informo, lo menos que me ponían en estas trampitas era Roquefort.
—Vamos, no puede ser tan malo este queso.
—Señor gato, usted me irrita —y, cruzándose de brazos, agregó—: ¿lo ha probado?
—La verdad que no, yo prefiero…
—Entonces no opine y limítese a compadecerme. ¡Así está el mundo por gente como usted que habla de lo que no sabe!
—Bueno, nunca es demasiado tarde para instruirse…
—¡Adelante!, no pienso impedirle que se suicide el paladar.
Un instante después el gato estaba correteando por toda la estancia perseguido, en pos de librarlo de la trampa, por sus dueños. Casi sobra decir que, en tal confusión, el ratón logró hacerse con ese queso tan indigno de su alcurnia.