BEATRIZ
se halla plenamente metida en la trama de la novela cuando una voz le rezonga:
―Vieja,
a ver si aflojamos con la lectura y apagás la luz.
―Ya
va, Víctor, cinco minutitos y termino.
―Eso
mismo me dijiste hace media hora. No estarás leyendo esa novela para amas de
casa… «Cincuenta sombras de Grey». ¡A tu edad! ―dice el anciano y ríe.
―No
seas ridículo. Ya sabés que a mí me gustan las de detectives.
―Ah,
yo no sé ―dice Víctor, y le arranca el libro de las manos; al devolvérselo,
pondera―: Buena historia, pésima resolución…
―¡Si
la leíste, no me contés nada! ―protesta Beatriz.
―…
mirá vos que esa flacucha y desabrida del ama de llaves iba a ser la asesina
del destornillador. ¡Por Dios!
Beatriz
dice «¡Ay!», cierra el libro, se levanta. Cuando retorna, Víctor, socarrón, le inquiere:
―Vieja,
¿estás chinchuda?
―Para
nada, querido ―le responde la mujer y, mientras deposita algo sobre la mesita
de luz, agrega―: Te saqué un destornillador de la caja de herramientas; como
vos nunca tenés tiempo para ajustar las bisagras de la ventana del living… ¿Te
molesta?
―Al
contrario, querida; me ahorrás trabajo ―dice Víctor, y traga saliva, y se
emboza, y no duerme.
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