viernes, 10 de octubre de 2014

Spoiler



BEATRIZ se halla plenamente metida en la trama de la novela cuando una voz le rezonga:
―Vieja, a ver si aflojamos con la lectura y apagás la luz.
―Ya va, Víctor, cinco minutitos y termino.
―Eso mismo me dijiste hace media hora. No estarás leyendo esa novela para amas de casa… «Cincuenta sombras de Grey». ¡A tu edad! ―dice el anciano y ríe.
―No seas ridículo. Ya sabés que a mí me gustan las de detectives.
―Ah, yo no sé ―dice Víctor, y le arranca el libro de las manos; al devolvérselo, pondera―: Buena historia, pésima resolución…
―¡Si la leíste, no me contés nada! ―protesta Beatriz.
―… mirá vos que esa flacucha y desabrida del ama de llaves iba a ser la asesina del destornillador. ¡Por Dios!
Beatriz dice «¡Ay!», cierra el libro, se levanta. Cuando retorna, Víctor, socarrón, le inquiere:
―Vieja, ¿estás chinchuda?
―Para nada, querido ―le responde la mujer y, mientras deposita algo sobre la mesita de luz, agrega―: Te saqué un destornillador de la caja de herramientas; como vos nunca tenés tiempo para ajustar las bisagras de la ventana del living… ¿Te molesta?
―Al contrario, querida; me ahorrás trabajo ―dice Víctor, y traga saliva, y se emboza, y no duerme.
Safe Creative #1409111950171
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miércoles, 24 de septiembre de 2014

Dimensiones (Edith Wharton)



Se suele decir que un “buen argumento” para un cuento es aquél que, si se lo desarrollara, constituiría una buena novela. Esta idea puede defenderse en determinados casos; pero ciertamente sería errado basar en ella una teoría general. Cada “argumento” (en el sentido que el novelista le da al término) contiene necesariamente en sí sus propias dimensiones; y uno de los dones esenciales de un narrador de ficción es el de discernir si el argumento que se abre ante él se ajusta a las proporciones de un cuento o de una novela. Si aparece adaptable a ambas formas de relato, con toda seguridad será inadecuado para ambas. […] Hay al menos dos razones por las cuales un argumento se ajusta más a la forma de una novela que a la de un cuento; pero ninguna de ellas se basa en el número de lo que llamamos “incidentes” o hechos externos, que luego el texto contendrá. […] Los elementos de un argumento que exigen un desarrollo más prolongado son, por un lado, el despliegue gradual de la vida interior de los personajes, y en segundo lugar, la necesidad de producir en la mente del lector el sentido del paso del tiempo. Muchos hechos externos a los personajes, por variados y excitantes que sean, pueden desarrollarse en unas pocas horas, pero los dramas morales que por lo común tienen hondas raíces en el alma, reinan durante lapsos mucho más prolongados, y la súbita manifestación externa en que culminan sólo pueden presentarse paso a paso de modo que ésta quede explicada y justificada. […] Hay casos, claro, en que el cuento puede dar cuenta de un drama moral, contando precisamente esta culminación. Si los hechos narrados son de tal condición que una simple retrospectiva puede iluminarlos, podrán adecuarse a un cuento; pero si son de naturaleza más compleja, y sus frases lo suficientemente interesantes como para justificar su elaboración, el lapso de tiempo deberá naturalmente reducirse y la forma de la novela se vuelve la adecuada.
Edith Wharton
Instrucciones secretas para empezar a escribir, de Leopoldo Brizuela (compilador).
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jueves, 11 de septiembre de 2014

Tras el accidente



LA NIÑA se sienta en el umbral de la puerta y mira a la gente pasar, lee, se suena la nariz. Su madre seguramente no ha de demorarse. Si tan solo le hubiera confiado la llave de la casa como lo hacen las otras madres con sus hijos. Pero no. «Todavía sos muy pequeña», le ha dicho, en su momento, entre grave y jovial. A veces la niña piensa que su madre la percibe como mucho más chica de lo que ella realmente es. ¡Si ya hace los mandados sola! Y se tiende la cama y se prepara el desayuno… «No es justo», murmura, de a ratos, hasta que se queda dormida. Y sueña que su mamá no la quiere más, que la ha abandonado. Tiembla y llora. Entonces la madre la zamarrea suavemente de los hombros. «¡Mamá!», grita la niña y la abraza. «¡Perdoname, tesoro, no pude seguirte antes; los médicos no me dejaban!», se disculpa la madre, mientras le seca las mejillas, y agrega: «Ésta ya no es nuestra casa». Y tomadas de la mano se pierden por la calle, bajo el círculo de la luna, sin la compañía de sus sombras.
Safe Creative #1409061919013

El presente texto ha recibido en el mes de agosto próximo pasado una mención en el IV Certamen de relato corto para mesilla de noche que organiza el sitio Esta noche te cuento.
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miércoles, 6 de agosto de 2014

El espectáculo



VIVIMOS en un mundo absurdo. Un día cualquiera acontece una pandemia zombi, sucumbe media humanidad y te encuentras recorriendo las áreas seguras con una zombi como acompañante. La gente al principio se asusta, pero cuando explicas el espectáculo, y les muestras que tu partenaire carece de dientes y que está debidamente encadenada, aceptan de buen grado recibirte. En los tiempos que corren todos necesitamos una alegría. Y que mayor alegría que observar cómo apalean a la peor de tus pesadillas. Poco importan ahora la orden de alejamiento o el hecho de que la zombi fuese antes tu mujer.
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miércoles, 9 de julio de 2014

Compañía



CUANDO LLEGUÉ al centro del laberinto, el Minotauro me aguardaba parado junto a un tablero de ajedrez. Me invitó a tomar asiento y me preguntó si prefería jugar con blancas o con negras. «Blancas», le dije, y, mientras acomodábamos las piezas, me informó que si yo ganaba la partida me dejaría ir sin problemas, pero que si el ganador resultaba ser él, ya podía imaginarme las consecuencias. Asentí con la cabeza e inicié el juego con peón cuatro rey. El Minotauro respondió con peón tres dama… Al cabo de un par de horas, matizadas por la charla amena y culta de la bestia, acordamos tablas. Seguidamente me dijo: «Mañana volveremos a intentarlo».
Desde entonces las partidas y los días se han tornado innumerables, y aunque dada la práctica ya me siento mucho más que un aficionado, es evidente que jamás podré ganarle al Minotauro. Tan evidente como el hecho de que a él jamás lo ha movido la intención de ganarme.
La soledad, sobra decirlo, suele tener estas cosas.
Safe Creative #1406291327335

El presente texto, conjuntamente con los de María, Ginette y Arantza, ha resultado ganador del mes de junio próximo pasado en el IV Certamen de relato corto para mesilla de noche que lleva adelante el sitio Esta noche te cuento.
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viernes, 20 de junio de 2014

Sentirse a gusto



ESTA MAÑANA el espejo del baño me informó que, pegadita a la mía, sobre la mejilla derecha, se me había instalado una segunda nariz. Como si aquel espejo estuviese descompuesto, apelé al resto de los que había en casa para que lo refutasen. Ninguno lo hizo. Furioso me sujeté la nueva nariz y tiré con todas mis fuerzas. No pude contener el grito. «¿Cómo se había incrustado tan firmemente en mi rostro?; ¿de dónde había venido?; ¿por qué tuvo que meterse conmigo?», me acosaban éstas y otras inquisiciones cuando vi que, empujada por la otra, mi nariz se desplazaba hacia la izquierda. A poco revalidé que, en efecto, la nariz foránea estaba desalojando impunemente de su lugar a la mía. Media hora le bastó para conseguirlo; al cabo de la cual la que fuese mi nariz se desprendió como una hoja. Alcancé a manotearla en el aire y, pese a lo vergonzante de su resistencia, la envolví amorosamente en un paño. En ese instante llamaron a la puerta.
La mirilla me reveló a una mujer que cubría su cara con un velo. Sin abrir, le pregunté qué deseaba.
—Vengo para hablar con mi nariz —dijo.
—No sé a qué se refiere —respondí.
—¡Por favor, no mienta; sé que está aquí! Mire —extrajo un papel de su cartera—, me dejó una carta en la que dice que ha hallado un rostro donde sentirse realmente a gusto y que, en caso de ponerme nostálgica, podía visitarla en esta dirección.
Me quedé mudo.
—¿No me diga que no llegó? ¿Y si le pasó algo? La calle es tan insegura para una nariz sola... ¡Ay, Dios mío, me muero!
—No, no se muera frente a mi puerta —dije mientras abría.
Al verme, vociferó:
—¡Ésa es mi nariz!
—Era —repliqué.
Cuando dejó de insultarme, le exigió a su nariz que volviese con ella, pero la susodicha se negó enfáticamente. Tuve miedo de que la mujer se decidiese por métodos violentos. Entonces me acordé de la nariz en el paño y le sugerí que se la probase.
—Siempre me habían dicho que mi exnariz era algo masculina —dijo mientras se estudiaba en el espejo.
—Siempre me habían dicho que mi exnariz era algo femenina —dije casi al mismo tiempo.
Nos reímos largamente y, aunque parezca mentira, en aquel momento recién comenzaba para nosotros la parte más importante de esta historia.
Safe Creative #1406201284307
Lectura en La Voz Silenciosa:

 

 En Google Books como parte de la antología Con un par de narices (edición de La Esfera Cultural).
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