LEÍA plácidamente cuando un ruido me interrumpió. Al levantarme de la cama, junto al espejo del armario, hallé el cuerpo de una mujer apuñalada. De pronto unos guardias y un muchacho entraron a la habitación, o, mejor dicho, entraron a la habitación que se veía en el espejo. El muchacho señaló al ocupante del cuarto y dijo:
―Éste ha sido.
Tras esposar al acusado, los guardias revisaron la habitación. Pero como no había rastro del cadáver ni había gozado el hombre del tiempo suficiente, dijeron, para una ocultación esmerada, lo soltaron y le pidieron disculpas por el equívoco. Mientras los guardias se retiraban, el muchacho, de espaldas ante el espejo y girando sobre sí mismo, aún insistió con una última mirada meticulosa. Entonces agarré el cadáver de la mujer y lo corrí.
―¿Por qué no se llevan a este mocoso de una buena vez? ―dijo el hombre, al tiempo que el joven pasaba su mirada por el azogue.
Al quedarse solo, el asesino se asomó al espejo.
―Me debes una ―le dije, y se asustó bastante al comprobar que su propia imagen le hablaba.

Arte: René Magritte, Homenaje a Mack Sennett, 1937
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El presente microrrelato tiene como hipotexto al clásico de Ramón Gómez de la Serna, Yo vi matar a aquella mujer.
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