
UN DÍA ANITA, la gallina preferida de doña Hortensia, amaneció cambiada.
—Y no me llame más Anita, que no sé quién es esa —le dijo a don Cleto, y agregó—: mi nombre es madame Gertrudis, águila de estirpe real, para que sepa.
El hombre se había provisto de un garrote para regresarla tiernamente a la cordura, cuando doña Hortensia, sartén en mano, lo frenó en seco.
—¡Cuidado!, ni se te ocurra tocarle la más ínfima de sus plumas a mi querida Anita; si ella dice que es un águila, ¿quién sos vos para contrariarla?
Así pasaron días, meses e incluso años, con la gallináguila pavoneándose por todita la granja, y el Cleto acopiando odio por toditos los rincones.
Pero como nada en este mundo es eterno, una noche doña Hortensia palmó afablemente mientras dormía. Ni bien cumplidos los ritos funerarios de rigor, don Cleto entró al gallinero, cuchilla en mano, dispuesto a saldar cuentas con Anita.
Ignoraba que, esa mañana, la gallina se había despertado como José, el cuervo de agudo pico que le arrancaría los ojos.
Arte © Fernando Correa, «Mi gallina», acuarela