lunes, 9 de febrero de 2009

De la vida misma


El desafío del Cuentacuentos de esta semana era escribir una historia según la fórmula 2-4-6. Lo cual, traducido, significa que aparezcan en el texto, la segunda, cuarta, y sexta palabra del 1º, 2º, y 3º párrafo del post anterior al día 3 de Febrero (¡qué complicado!). En mi caso, dichas palabras resultaron ser: luna, papá, él.

Seguidamente pongo a vuestra consideración el resultado.


El hombre joven, tras sentarse, colocó un revólver sobre la mesa. Frente a él, otro hombre, entrado en canas, leía el diario.

—He venido a matarte, papá —dijo el joven, con voz raída.

El padre le hizo una seña con la mano derecha, indicándole que aguardara. Poco después, cerró el periódico, encendió un cigarrillo y observó, como tras el empañado cristal, una nube velaba la luna. A la tercera pitada, afrontó los ojos del hijo.

—¿Qué me decías, Marcos? —dijo el hombre.

El joven, empuñando el arma, le espetó:

—Me has escuchado bien… No te permitiré que vuelvas a hacerlo. Ésta fue la última vez. Antes no podía hacer nada, pero ahora…

—Pero ahora tenés las agallas para matarme, ¿no? —dijo el hombre, mientras apagaba su cigarrillo, y añadió—: mirá que nada es más detestado que un parricida. Nadie los escucha, por más buenas razones que tengan…

—No me importa el después, pero vos no volvés a tocarla —dijo Marcos.

—¡Ajá!, y ella, ¿sabe lo que has venido a hacer? —dijo el padre, mientras encendía otro cigarrillo.

—No… ¡cómo podría decirle!..., además… no lo consentiría…

—Ves que sólo pensás en vos y no en ella. «No me importa el después», ¡ja! ¿Cómo te creés que se va a poner Beatriz cuando te vea en la cárcel? Si disparás, esa bala no sólo terminara conmigo, ¿entendés?

El joven descansó la punta del cañón sobre la mesa. Había un laberinto de dudas en sus ojos.

—Sos un maldito. ¿Cómo pudo ella, enamorarse de vos?

—Hijo, los espejismos no son exclusivos de los desiertos…

Entonces, un silencio salvaje habitado por la mirada de los dos hombres simuló en un minuto la eternidad.

—Te juro, que si volvés a tocarla…

—Por esta noche está bien, hijo —lo interrumpió el padre, y tras apagar el cigarrillo y volver a encender otro, agregó—: has cumplido… ahora vete.

A poco de andar la calle, el muchacho ancló su espalda a un poste de alumbrado y lloró; nunca llegaría a imaginarse que su progenitor, esa madrugada, antes de ocultar su suicidio en un accidente de tránsito, también, por primera vez, había llorado.


10 comentarios:

Virginia Vadillo dijo...

Te diría que tenía que haber apretado el gatillo, pero supongo que quien no tiene madera de asesino, no lo conseguría. No todo el mundo es capaz de fingir un suicidio. Lo peor es ser capaz de fingirlo y llorar por ello...
Un cuento genial, como siempre!

Dama Blanca dijo...

Yo estoy en parte de acuerdo con Virginia, en lo de que tenía que haber apretado el gatillo. Supongo que si yo lo pensara en caliente también lo haría, pero en frío sé que eso me haría como él -al menos bajo mi punto de vista-.

Un saludo.

*Sechat* dijo...

Me ha gustado más este final aunque no deje de ser injusto.

Me quedo con una frase que me ha gustado especialmente:"(...) los espejismos no son exclusivos de los desiertos".

Gabriel Bevilaqua dijo...

Virginia, exageras al límite con lo de genial, pero, jeje, te lo acepto ;)

Dama Blanca, gracias por tu visita.

Sechat, si el personaje del hijo hubiese disparado, no habría cuento.
Por ello, intuyo, te ha gustado este final.

Saludos y gracias por sus amables visitas.

Miriam dijo...

Puf! El final me ha dejado helada! La verdad es que por desgracia muchas veces la realidad supera a la ficción.

Una vez más, un placer leerte ;)

Gabriel Bevilaqua dijo...

¡Gracias Miriam! Me alegro que el final no te haya dejado indiferente, esa es una buena señal.
Nos seguimos leyendo, Cuentacuentos mediante.

Saludos.

Carlos dijo...

Hola Gabriel,bienvenido a Cuentacuentos!
En el primer relato que leí a un paisano tuyo,Ricardo,un entrañable cuentacuentos,blandían las espadas y reviví aquellos tiempos.
Has tejido entre las tres palabras y en reducido escenario un magnífico momento de tensión,de confrontación y gran desenlace.

Saludos

Gabriel Bevilaqua dijo...

Hola Carlos, gracias por la bienvenida. En cuanto al texto, que bueno que te haya gustado.

Saludos.

Miriam dijo...

La mirada no es mía, aunque tambien es verde :P (ese poema de Becquer es mi favorito)

Gabriel Bevilaqua dijo...

Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar, te quejas;
verdes los tienen las náyades,
verdes los tuvo Minerva,
y verde son las pupilas
de las hurís del Profeta.
..................
Y, sin embargo,
sé que te quejas[...]
..................
Sí, es uno de los más bellos, sin duda.

Saludos, Niña ;)

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