miércoles, 12 de octubre de 2011

El reparador



HACÍA un rato largo que la esperaba. Aún no me creía que semejante beldad hubiese aceptado mi invitación, cuando una joven delgada como un espárrago, ojerosa y con un pucho entre los labios, se sentó frente a mí. Llevaba el vestido rojo y el clavel blanco prometidos.
―Se me hizo tarde, nene. ¿Hay drama?
Sólo atisbé a negar con la cabeza. Deduje que la mujer de mis sueños me había engañado. ¿O estaría en algún rincón del local riéndose a mis costillas? La busqué con la mirada.
―¿Pasa algo? ―dijo el espárrago, perdón, la muchacha, tras enterrarme en una bocanada de humo.
―No, no pasa nada ―respondí, y entregado a las circunstancias, agregué―: ¿Ordenamos?
La velada aconteció exigua en palabras, porque la joven tenía sus mandíbulas obscenamente dispuestas a terminar con su delgadez aquella misma noche. No pude probar bocado.
Cuando ella iba por su quinta porción de torta de chocolate con frutillas, un hombre singular ―no sabría decir por qué― se le acercó y le pidió que lo acompañase. A poco descubrí que el mismo tipo le señalaba a la que era mi cita original, la mesa en que me hallaba.
En medio de una animosa conversación, el susodicho, como un mozo más, nos trajo una botella de champaña “cortesía de la casa”.
Desbordado, me excusé un instante con la dama, y fui tras él.
―Los sueños, sueños son ―dijo, y guiñándome un ojo, acotó―: Pero para su fortuna, cuando se estropean, aún persiste gente como yo.
.

11 comentarios:

Rocío Romero dijo...

Jo Gabriel, yo quiero un ángel de la guarda como el tuyo :-)
Abrazos

Verónica Ruscio dijo...

¡Pobre espárrago! Ja, ja, ja.

Enmascarado dijo...

Cita a ciegas, con espárrago y acertada paciencia.
Saludos Gabriel.

Anónimo dijo...

Hola :

Me llamo Roxana Quinteros soy administradora de un sitio web. Tengo que decir que me ha gustado su página y le felicito por hacer un buen trabajo. Por ello me encantaria contar con tu sitio en mi directorio, consiguiendo que mis visitantes entren tambien en su web.

Si estas de acuerdo hazmelo saber enviando un mail a roxana.quinteros@hotmail.com
Roxana Quinteros

Gabriel Bevilaqua dijo...

Rocío, no es mío, es del protagonista. ¡Yo también quiero uno! :)

Pero, Verónica, quién la manda al espárrago a meterse.

Enmascarado, es que el protagonista no podía perder la compostura.

Roxana, lo que me extraña es que no dejes la dirección del sitio web al que te refieres. En todo caso, bienvenida al Elefante.


Saludos cordiales.

Pablo Gonz dijo...

Un relato muy sugerente. ¿De dónde se sacan los argentinos esos ambientes de café o restaurant que hacen pensar en un París decadente mezclado con una Roma neorrealista y una Praga con olor a opio? Me entusiasman esos escenarios.
Abrazos interrogantes,
PABLO GONZ

Gabriel Bevilaqua dijo...

Jaja, Pablo me has hecho sonreír.
Perdido entre las volutas de humo de algún café -quizás imaginado, quizás real-, muchas gracias.

Saludos cordiales.

Alma dijo...

Desconfía de los espárragos,¡siempre!

;)

Besos

Gabriel Bevilaqua dijo...

¡Recomendación apuntada, Almalaire! :)

Besos

Jéssica Andrea Vilardi dijo...

Dios aplaude a las vídeollamadas porque le ahorran el trámite de ángeles.

De esa sensasión de encartado al principio, no se salva cualquiera.


Un abrazo,

Jéssica V.

Gabriel Bevilaqua dijo...

Hola, Jéssica. ¡Muy ocurrente! :)

Saludos

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