viernes, 16 de agosto de 2013

El arte de leer



Los jóvenes reciben las enseñanzas a que les obligan los programas académicos a través de libros de texto cuya asimilación forma parte de los deberes escolares, por medio del estudio. Enfrentados a los libros de texto, la mayoría de los jóvenes no conceden de entrada ningún crédito a esos otros libros que, aunque contengan poemas o ficciones y constituyan ámbitos verbales susceptibles de generar diversión y placer, se presentan con el mismo aspecto físico que los demás, y también cubiertos de letra impresa. Lejos de la letra impresa, los estimulantes actuales de la imaginación juvenil se encuentran en otros objetos y artificios, encaminados a los efectos y emociones audiovisuales, donde la complejidad y riqueza del discurso escrito ha sido sustituido por otros conceptos de la comunicación. Además, tal como está la relación de la mayoría de las familias con los libros, la iniciación a la lectura de ficciones ha dejado de pertenecer al ámbito de lo doméstico. Hoy corresponde sobre todo al profesorado iniciar a los jóvenes en sus secretos. Si tal instrucción se concibiese como la enseñanza de un arte, debería sustentarse en un sucesivo desvelamiento, y sin duda requeriría una cuidadosa selección de textos, adecuados a cada grupo de futuros lectores, y su presentación óptima para facilitar un análisis mucho más sentimental y estético que gramatical, dirigido a despertar el interés profundo de los iniciados. El camino de seducción podría acarrear técnicas diferentes, pero el objetivo debería ser mostrar que, mientras en los libros de texto comunes las palabras impresas no pretenden transmitir otra cosa que información y conocimientos, en los libros literarios las palabras impresas se transforman en imágenes mentales que revelan los secretos de las conductas, elaboran sucesos extraordinarios e iluminan mundos vigorosos. Así, la iniciación en la lectura de poemas, de ficciones, debería ser afrontada como si se tratase de una sabiduría peculiar, de un grado superior a la simple aptitud lectora precisa para desentrañar cualquier texto ordinario. Como si, en el caso de la lectura literaria, el libro fuese un instrumento musical y el lector el intérprete que reproduce y hace resonar su melodía por la gracia de su destreza.
El asunto es difícil, porque para desempeñar la tutela de ese proceso hay cualidades que están alejadas de la mera pedagogía. En la iniciación al arte de leer hay mucho de contagio. Sólo los buenos lectores pueden transmitir el encantamiento de la lectura y despertar su gusto en los jóvenes. Por eso en la dificultad del caso, que cuenta con la adversidad añadida de esa mezcla de lengua y precaria literatura de que se componen los actuales programas académicos, está ante todo la cuestión de cómo formar a esos profesores que, para la mayoría del alumnado, deben ser el elemento iniciador natural de la afición a la lectura, y que no podrán cumplir medianamente su función sin ser ellos mismos expertos y gozosos lectores.
Quizá las actuales facultades de filología requieran la creación de especialidades en literatura pura, o pura literatura, que traten las ficciones literarias como textos para ser leídos desde la intuición, la fruición y el embeleso, sin tanto énfasis en las estructuras lingüísticas. Unas especialidades académicas destinadas a estudiantes que sean sinceros lectores, y cuyas posibilidades de carrera profesional se orienten, precisamente, a la enseñanza de la literatura. Junto a ello sería conveniente contar con un sistema educativo de nivel medio en que el impulso de la imaginación literaria se estimase por sí mismo, sin instrumentalizar la literatura para otros fines, es decir, donde se valorasen claramente las capacidades que, por el mero hecho de leer, puede avivar la literatura en el joven alumnado. Dar importancia a la lectura de ficciones en sí misma y afrontar su enseñanza como un arte en que es preciso iniciarse como en otro cualquiera, requiere recuperar un sentido de la lectura que, en la actualidad, puede estar siendo mixtificado en todos los órdenes educativos.
José María Merino
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3 comentarios:

Miguelángel Pegarz dijo...

España, como en otras cosas, es una triste excepción en la enseñanza de éstas materias.

Alba (Luz Leira) dijo...

Me encantó el artículo. Soy profe de literatura y sin duda tengo mucho que aprender (nunca se acaba), pero he de decir que tras cinco años de carrera dos de doctorado y demás currículo que aquí no interesa, lo que me ha ayudado a acercar los libros a mis alumnos es ser una lectora incansable. Lo que más. Y bueno, al de arriba, creo que hemos avanzado muchísimo. Quien nos ha visto y quien nos ve, queda mucho camino pero hemos hecho avances importantísimos en formación de lectores.
Besazos Gabriel, me encantó que trajeras esto.

Gabriel Bevilaqua dijo...

Miguelángel, no lo creas. Lo que dice Merino de manera tan lúcida es también aplicable, sin modificar ni siquiera una coma, a la Argentina; y de seguro a muchos otros países.

Quizás algún día se tenga en cuenta el siguiente párrafo del artículo —que suscribo plenamente—:

…sería conveniente contar con un sistema educativo de nivel medio en que el impulso de la imaginación literaria se estimase por sí mismo, sin instrumentalizar la literatura para otros fines, es decir, donde se valorasen claramente las capacidades que, por el mero hecho de leer, puede avivar la literatura en el joven alumnado.


Hola, Luz. Sí, traje este artículo porque es un tema que me interesa. Ojalá que, como dices, se haya avanzado; pero soy algo escéptico al respecto. Hay tanta preocupación de usar la literatura como un medio y no como un fin en sí misma. Pero me alegra mucho que te encuentres entre quienes saben transmitir el encantamiento de la lectura ;)


Saludos cordiales

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